Aunque murió hace un siglo, Rubén Darío es un rey inmortal. Murió y es millones. Es el Príncipe de las Letras Castellanas.

 7 febrero, 2016
Un chileno utiliza la imagen de Rubén Darío en la conmemoración del centenario de la muerte del poeta nicaragüense.
Un chileno utiliza la imagen de Rubén Darío en la conmemoración del centenario de la muerte del poeta nicaragüense.

Este era un rey, el bardo rey. En sus dominios no se ponía el sol. Nunca se ha puesto. Nunca se pondrá. Aunque murió hace un siglo, es un rey inmortal. Murió y es millones. La constitución política de su reino es la poesía y en mayor o menor medida todos somos sus súbditos. Conocía todas las palabras y compuso con ellas los acordes más divinos y sensuales del idioma castellano.

* * *

La suerte está echada y Rubén Darío lo sabe. Desde hace bastante tiempo ya la Parca descarga dolorosos avisos desde el maltrecho hígado hasta el magnífico cerebro.

Es demasiado tarde para no tomar más.

La vida bohemia, las obligaciones diplomáticas, la melancolía, los trabajos de seducción femenina, las insufribles frustraciones económicas, las presiones familiares y literarias, la fama mundial, el miedo a la muerte: todo ha sido pretexto para beber en cantidades borrascosas.

Lo bebido nadie se lo quita. Pero sobrio o beodo, él es el Príncipe de las Letras Castellanas, el más romántico de los modernistas y el más moderno de los románticos, el renovador de la prosa y el verso en castellano, el que soltó los pájaros de la belleza, la libertad y la sexualidad, llenándolos de músicas nunca antes oídas en español. No de esa manera. De esa manera no.

Siempre había tenido la vocación de inmortalidad pero, además de entregarse a la poesía para ganarse el alma y al periodismo para ganarse la vida, se había dado también a los “placeres fugaces”.

Trataba con ellos de evitar “la tortura de ser hombre”, “el mal de pensar” y buscó por medio de la gula y la lujuria un estado de gracia que desaparecía con la resaca.

A veces el estado de gracia se trocaba en bajada a los infiernos. Darío entendía muy bien que la bebida lo hacía pasar por tres estados que él mismo enumeró: el de mono, el del gallo y el del cerdo. En El oro de Mallorca, su novela inconclusa, se había autorretratado muy bien:

“Si un bebedizo diabólico o un manjar apetecible o un cuerpo bello y pecador me anticipan, al contado, un poco de paraíso, ¿voy a dejar pasar esa seguridad por algo de que no tengo una segura idea?”

Darío vivió para la escritura, vivió con el alcohol y vivió para la mujer. Según las cuentas de Edelberto Torres, su biógrafo magnífico, Darío fue el cantor de la mujer y en sus versos aparecen 93 nombres femeninos, excluyendo diosas mitológicas, y 234 poemas de clara inspiración femenina.

Rubén Darío
La única seguridad del divino Rubén Darío en esos momentos de principios de 1916 es que va a morir. Y pronto.

Está acostado en un catre incómodo, en una casa modesta, calurosa y sucia en su querido León, la Atenas centroamericana, pero muy lejos de los goces de Madrid, de París, de Nueva York, de Buenos Aires, de Santiago, de La Habana, de Montevideo, de Río de Janeiro y de numerosas paradas más donde fue recibido y halagado como un dios viviente y, a veces, incomprendido, despreciado, ridiculizado.

Se prepara para morir bajo un mosquitero lila y viste pijama de seda. Sus facciones han perdido el orgullo y han perdido el color, el vientre está hinchado, pero mantiene la dignidad de un magnífico chorotega.

“Tenía una extraña fealdad que era casi belleza sublime”, dijo de él Francisco Contreras, un joven chileno que le ofreció sincera amistad y luego escribió una cariñosa semblanza.

Uno no se explica cómo es que en un pequeño caserío llamado Metapan, hoy Ciudad Darío, haya nacido un genio cuya luz poética y sufrimiento humano nos tocan profundamente un siglo después de su muerte.

Sin embargo, hubo señales en las alturas.

De acuerdo con Sergio Ramírez, en su edición del 23 de febrero de 1867, cinco semanas después del nacimiento de Darío, el periódico La Gaceta dio cuenta del hallazgo extraordinario de un águila real en una agreste montaña de Nicaragua. Y el 3 de febrero de 1916, tres días antes de la muerte del poeta, ocurre un eclipse de sol, y se desprenden del cielo fragmentos de asteroides. Ya cerca de la agonía sus manos, afiladas y expresivas, hechas para acariciar y escribir, siguen siendo las de un marqués, como él las había descrito en sus Prosas Profanas.

Amado Nervo, el poeta mexicano compañero de juerga en París, lo describió así y confirma:

“Alto, robusto, inexpresivos ojos oscuros, pequeños y vivos; nariz ancha de alas sensualmente abiertas, barba y cabello ligeramente rizados, manos de marqués”.

Nervo le había obsequiado un bello crucifijo de marfil que ahora, en esta casita deshabitada y asfixiante donde ve fantasmas repetidamente, reposa sobre su pecho como un talismán. Hace las paces con la Iglesia Católica, dicta su testamento, comulga y pide que el arzobispo Siméon Pereira y Castellón le dé la extremaunción. Monseñor organiza una procesión por todo lo alto mientras que las autoridades disponen un regio y multitudinario funeral solo comparable al de Víctor Hugo, su admiradísimo escritor francés.

El campanero de la Catedral de León se frota las manos. Esta noche del 6 de febrero de 1916 y toda la semana siguiente tendrá que desplegar su talento en honor de Rubén.

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