¡Que no se acabe! Miles de personas vivieron el domingo en el festival, con el deseo de poder repetir la experiencia todos los días de la vida

Por: Alessandro Solís Lerici 14 abril, 2014
Cristobal Torres, de dos años, disfrutaba de los juegos infantiles, en La Sabana. Al mismo tiempo que decenas de niños jugaban, varios músicos tocaban en una tarima cercana. Fotografía: Gesline Anrango.
Cristobal Torres, de dos años, disfrutaba de los juegos infantiles, en La Sabana. Al mismo tiempo que decenas de niños jugaban, varios músicos tocaban en una tarima cercana. Fotografía: Gesline Anrango.

Ayer pudo haber sido un domingo cualquiera, o por lo menos son muchos los que no se quejarían si esa fuera la realidad. Una vuelta por La Sabana, almuerzo sentados sobre un par de tucas, descanso bajo la sombra del árbol, bailada empapados de polvo. Todos pletóricos; un día que ni soñado sería mejor.

Por undécimo y último día, el Parque Metropolitano La Sabana acogió la variada oferta del Festival Internacional de las Artes. Familias, grupos de amigos y asistentes solitarios le sacaron todo el jugo a su domingo para aprovechar todo aquello que no les ofrece ningún bar, centro comercial, cine de mall o cualquiera de los recintos dedicados al entretenimiento en el país.

La fila para entrar al Luminarium, en La Sabana, parecía infinita. La gente tuvo que esperar entre tres y cinco horas para ingresar. Fotografía: Gesline Anrango.
La fila para entrar al Luminarium, en La Sabana, parecía infinita. La gente tuvo que esperar entre tres y cinco horas para ingresar. Fotografía: Gesline Anrango.

Pasado el mediodía, ingresar al parque desde la entrada donde descansa la estatua de León Cortés adelantaba que –desde muy temprano– el lugar fue visitado por una multitud incalculable. La música del grupo de fusión latina Dogandul llegaba a los oídos de los miles presentes en esa parte del lugar.

Dogandul gozó de una movida presentación en la tarima del Banco Nacional, y el público dirigía los movimientos del polvo con sus pasos de baile. El calor y la rumba de la banda se sedujeron el uno al otro.

Atrás y a los lados de la tarima, todos los escenarios posibles: pintacaritas robando inocentes sonrisas; jóvenes en patineta, bicicleta o patines adueñándose de cuanto espacio de concreto hubiera; algunos arriesgados escondiendo latas de cerveza y cigarros; y grupos de familias disfrutando de un picnic.

Al lado, se formaba una fila que no parecía terminar nunca, una hilera humana de quienes llegaron al lugar convocados por la fantástica escultura llamada Luminarium, una atracción de plástico inflable cuyos colores cambian conforme avanzan las horas de la jornada.

Al ser uno de los atractivos principales del FIA, y siendo ayer el último día del festival, era obvio que las filas para ingresar al Luminarium le robarían tiempo de vida a los interesados. De hecho, quienes vivieron esa experiencia desde adentro tuvieron que gastar entre tres y cinco horas de lenta procesión.

Zòpilot! ofreció la banda sonora de una tarde de domingo en La Sabana. La banda costarricense llevó su música a públicos desconocidos. Fotografía: Gesline Anrango.
Zòpilot! ofreció la banda sonora de una tarde de domingo en La Sabana. La banda costarricense llevó su música a públicos desconocidos. Fotografía: Gesline Anrango.

La tarde en La Sabana transcurrió llena de colores, en una paleta encanto, ya fuera en el área de juegos infantiles, en el laberinto, en el taller de tango flamenco o en la tarima del Banco Nacional, donde también tocó el grupo Zòpilot!.

El rock sorpresivo –como lo describen ellos– de Zòpilot! –al igual que sucedió con muchos artistas locales en el festival– casi nunca tiene oportunidades como las que da el FIA, al llevar las expresiones artísticas a públicos que normalmente no irían a los recintos culturales a disfrutar de esas propuestas.

Sede al este. Otro de los puntos del FIA que conglomeró a mucho público fue el de la Antigua Aduana, en San José, donde la fila para ver la exposición de Mafalda alcanzó niveles kilométricos.

Al otro lado, en la Casa del Cuño, el diseño local atraía a muchos curiosos, quienes compraban desde camisetas y vestidos de baño, hasta suplementos para el hogar. Marcas de todo tipo, llevadas a cabo mediante esfuerzos independientes, ofrecieron opciones novedosas.

La Casa del Cuño de la Antigua Aduana fue intervenida por varios artistas durante el FIA 2014. Este fue el resultado: un montón de ventanales con nueva vestimenta. Fotografía: Gesline Anrango.
La Casa del Cuño de la Antigua Aduana fue intervenida por varios artistas durante el FIA 2014. Este fue el resultado: un montón de ventanales con nueva vestimenta. Fotografía: Gesline Anrango.

La Casa del Cuño se vistió diferente durante el día, puesto que se realizaron variadas intervenciones artísticas en sus paredes, dándole nueva vida a un edificio que ya de por sí se caracteriza por albergar una gran porción del arte local.

Afuera del lugar, en la explanada de la Aduana, las ventas de libros de diferentes editoriales se movieron a buen ritmo, mientras que otras intervenciones artísticas un tanto más abstractas dejaban sin aliento a algunos presentes.

Una vez más, el FIA fue de ensueño, sin duda alguna. Así, como para que existiera todos los días.