Por: Víctor Hurtado Oviedo 15 marzo, 2015

Cuando éramos más simples que una corchea, nos llamábamos “last eukaryotic common ancestor” (LECA) o, lo que es lo mismo –pero sin inglés–, “último antepasado común eucariota”.

Eso ocurrió hace algún tiempo –unos 1.500 millones de años–, cuando había tan poca gente que no había nadie. LECA fue la primera bacteria que tuvo núcleo (eucariota): un enorme avance –y eso que, en aquella época, se decía “¡Ya no saben qué inventar!”–.

El nombre de LECA confirma que, entonces, las cosas también se llamaban en inglés, de modo que es un gusto ver cuán adelantada estaba la antigüedad. Hacia atrás, los años no pasan en vano.

Imagen sin titulo - GN
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En aquel tiempo, nadie había inventado los vegetales ni los animales: solo estaban las miríadas de bacterias en el mar, cual gotas que lloviesen bajo el agua.

In illo tempore, en aquel tiempo, el mundo salía a dar vueltas por si encontraba a alguien: a un voceador de periódicos que le anunciase que ya venía el Génesis ; a un lechero que pasara montando el buey de la constelación de Tauro; a un náufrago que hubiese puesto las barbas en remojo; a un niño que corriese tras el tornasol caramelo del arco iris; pero no había nadie, y el día retornaba a la casa de la noche para colgar sus ilusiones de la percha de la Luna hasta el día siguiente.

Solamente existían las bacterias, girando, estilo libre, en la piscina del océano porque trabajar da pereza. El océano era uno solo, y los continentes también eran uno pues –como ignoraban la política– aún no sabían cómo dividirse. El paraíso terrenal de las bacterias era el mar.

Las bacterias se dejaban llevar por la marea como si fuesen precursoras del electorado; pero las bacterias siempre fueron prudentes pues, si hubiesen dicho “¡Que gane el mejor!”, se habrían quedado sin gobierno. De haber tenido cabeza, tal pensamiento no se les hubiera pasado por ella.

¿Qué nos enseñan hoy las bacterias, cuando ya no están fuera, sino dentro de nosotros (nos regalan la digestión: es decir, la vida)? Nos enseñan que existe la evolución de las especies.

En vez de irse a las islas Galápagos –donde la evolución va a paso de tortuga–, el biólogo Richard Lenski cultivó bacterias durante 25 años por si hallaba un cambio importante en ellas; y así ocurrió en la generación 33.100 (Richard Dawkins: El mayor espectáculo sobre la Tierra, cap. V).

Un solo grupo de células comenzó a multiplicarse con desmesura: había sufrido un cambio genético que le permitió alimentarse de citrato, un ingrediente de su caldo de cultivo. Fue como almorzar siempre dos veces, y fue un salto cual si pasara del Homo erectus al Homo sapiens.

En su experimento de relojero loco que dio demasiada cuerda al tiempo, el metódico Richard Lenski había visto aparecer una nueva especie de un día para otro: lo que al ser humano le tomó más de un millón de años. En verdad, “lo pequeño es hermoso”.