Fines del siglo XIX. Ruedas y equinos disputaban espacios con vagones ferroviarios en el paisaje josefino, mezcla de un mundo rural con elementos de modernidad

 25 septiembre, 2016
Anuncio aparecido en La República el 13 de noviembre de 1887.
Anuncio aparecido en La República el 13 de noviembre de 1887.

"El coche N.° 24, viniendo antier tarde de la estación del ferrocarril con pasajeros, se quebró: no hubo desgracias personales; pero es preciso que los empresarios de esos vehículos, den garantías de seguridad, quitando del servicio los carruajes que no sirvan” ( Diario de Costa Rica , 30/01/1885).

Esta cita muestra la pervivencia de medios de transporte coloniales, como los carretones y las volantas, junto con el surgimiento y difusión de sistemas modernos como los ferrocarriles. Hacia fines del siglo XIX, la ciudad de San José recibía el influjo de la inserción al mercado mundial, resultado de la consolidación de una economía de naturaleza agroexportadora.

La revisión de anuncios y avisos comerciales en la prensa escrita de la época denota la presencia de un dinámico mercado asociado al negocio del transporte urbano y rural, instalado en la capital costarricense. La venta de coches y volantas surge como un primer elemento que muestra lo antes dicho.

Algunos anuncios en los periódicos ofrecen notables evidencias del tipo de transacciones mercantiles que se promovían: “VENDO una volanta muy fuerte para viajes con su correspondiente caballo de tiro; un carretón para transportar carga con otro caballo de tiro; calzado de Nicaragua y dos barriles de vino de Navarra de 150 botellas cada uno” ( El Heraldo , 20/12/1890). Otros medios ofrecían ventas de coches de dos y cuatro ruedas, con arneses y en muy buenas condiciones ( La República , 13/11/1887).

Salió en La Prensa Libre el 25 de diciembre de 1898.
Salió en La Prensa Libre el 25 de diciembre de 1898.

Se lograron identificar diversos negociantes de volantas y carretones de carga como Carlos Durán, Francisco Carranza, J. L. Maduro y Alfred Heunt, quienes vendían coches nuevos y usados, livianos y fuertes, para traslados dentro de la ciudad, así como para viajes a zonas distantes de la capital, situación que hace suponer la existencia de un negocio ciertamente rentable.

El segundo elemento que da respaldo a esta presunción es la difusión de avisos comerciales de caballerizas en pleno corazón josefino.

Las caballerizas en la urbe

Estos establecimientos, vitales para el transporte urbano de la época, brindaban tres tipos de servicios básicos. En primer lugar destaca la venta de heno fresco, así como la disponibilidad de magníficos pastos y granos en solares vecinales “para el cuido de las bestias” ( La Patria , 26/09/1896). La localización de anuncios de al menos 6 caballerías en la capital costarricense evidencia la trascendencia de dicho negocio.

Un segundo aspecto por el cual la actividad resultaba lucrativa era por el comercio de repuestos y la reparación de los carruajes. Algunas publicaciones destacaban la venta de “resortes fuertes y buenos para carretones de familias; horcones de madera negra; cortes de eje y timones para carretas” ( La República , 21710/1890).

El tipo de accidentes –como el descrito al inicio– revelan que el mantenimiento de los coches y carretones era un asunto que debía tomarse con toda la seriedad del caso, pues, para entonces, estos eran un medio de transporte de uso público, que debía resguardar normas esenciales en cuanto a su seguridad.

Por último, las caballerizas josefinas dedicaban una parte importante de su actividad, tanto al alquiler de carruajes, ya fuese para paseos familiares, viajes dentro de la capital o traslados a poblados aledaños, como a la venta de volantas y carretones a familias con cierto poder adquisitivo.

También son visibles los servicios de caballos ensillados de buena estampa, así como el rentar los servicios de carruajes funerarios, con los requerimientos que la ocasión demandara.

Este es el escenario pintoresco de una capital que tenía entre sus importaciones habituales pianos alemanes, vinos y perfumería franceses, así como casimires ingleses, pero que encuentra entre sus calles la singular mezcla de líneas ferroviarias, con volantas, carretones y caballos alimentados en solares vecinales.

En cuanto a dueños de caballerizas se refiere, en la página de la prensa se destacan nombres como los de Rudesindo Guardia, Estalisnao Beltetón, Jacinto Roig y Manuel A. Gutiérrez. Algunos de ellos también incursionaron en el negocio de traslado de personas a sitios alejados de la capital.

El pintoresco San José de fines del siglo XIX: coches, carretones y caballos
El pintoresco San José de fines del siglo XIX: coches, carretones y caballos

Viajando fuera de San José

Dentro de los destinos que sobresalen en los periódicos de fin de siglo se encuentran Esparta, Puntarenas y Carrillo. De forma predominante los anuncios de prensa que promueven los viajes a estos lugares lo hacen en la época de inicios de cada año, el período seco, de escasas lluvias, donde carretones y coches pueden desplazarse sin tener que luchar en medio de lodazales y condiciones adversas propiciadas por la presencia de precipitaciones. En La República (10/01/1891), por ejemplo, se anunciaba lo siguiente: “Durante la presente temporada de verano pongo a la disposición de las familias, dos buenos carretones bien aperados que pueden hacer viajes a Esparta y regreso”.

En otros avisos comerciales identificados se señalaba a Puntarenas como un destino turístico para paseos familiares en coches desde la capital o para disfrutar de la luna de miel, una vez efectuado el casamiento de rigor. La proximidad de estos poblados con San José, sumado al acceso a las playas del pacífico central, resultaba un atractivo para algunas familias capitalinas que podían pagar el costo del traslado y estadía respectivos.

En medio de viajes en carrozas fastuosas, carretones con hielo, volantas de dos y cuatros ruedas y equinos de muy buen ver, San José de fines de siglo XIX, pugnaba por dar un salto a la pretendida modernidad que vino con el arribo del capitalismo a tierras centroamericanas.

El autor es coordinador del Programa de Estudios Generales de la Universidad Estatal a Distancia y profesor asociado de la Universidad de Costa Rica.