Expertos en el recorrido que ha trazado la caricatura mordaz en Costa Rica aseguran que aquí cada vez son menos los espacios para pasar trazos filosos

Por: Arturo Pardo V. 18 enero, 2015
Ilutración: Manuel Canales
Ilutración: Manuel Canales

Son días aciagos para los caricaturistas... O más bien no. Por el contrario, hace pocos días, las plumas, pinceles y lápices alrededor del mundo se manifestaron sobre el papel, los lienzos y las tabletas digitales, con trazos en respaldo a los caricaturistas asesinados en París el pasado 7 de enero.

“Vienen nuevos aires para la caricatura”, se han dejado decir los que conocen, refiriéndose a la masiva reacción artística que brotó a borbollones ante la tragedia.

El humor se puso serio para contrarrestar un acto de terror con dibujos solidarios y respondones. Con velocidad, los caricaturistas del mundo entero cerraron filas y se tomaron como una afrenta personal el ataque fatal a la redacción de la controvertida publicación Charlie Hebdo .

Desde Costa Rica, también hubo reacciones airadas para la ocasión, aunque este es un país en el que la caricatura crítica en los medios locales se está borrando con el tiempo, según coinciden los profesionales en la materia consultados para este reportaje.

El artista plástico Carlos Arroyo, cofundador de la agrupación nacional de caricaturistas La Zarigüeya (nacida en 1988), no necesita pensar dos veces antes de aseverar que, en Costa Rica, en los medios escritos ya no se toma en serio el papel del caricaturista crítico.

¿Y por qué debería valorarse como tal? “La labor que tenemos es mantener la idea de que el humor y la caricatura son parte de la crítica natural del mundo”, responde Arroyo.

Con él coincide el dibujante Arcadio Esquivel en cuanto a la baja en la presencia de caricaturas en la prensa tica. En su opinión, hay editores que tienen miedo a darle alas a alguien que piense de forma gráfica y que se pueda convertir en una voz paralela al periódico.

ILustración: Daniel Solano
ILustración: Daniel Solano

Aquí, el panorama no siempre ha sido el mismo pues no muchos años atrás pululaban las opciones en la línea mordaz: La Zompopa , La Machaca , Libertad ... se llamaban tan solo algunas de esas ventanas abiertas en función de los ilustradores críticos.

Ana Sánchez, historiadora y colaboradora del suplemento Áncora, ha publicado dos libros que ahondan en la materia: Historia del humor gráfico en Costa Rica ( Editorial Milenio, 2008) y Caricatura y prensa nacional ( EUNA, 2002).

De su mano, el pasado de la ilustración de este tipo en la prensa local se ha registrado con justicia. El material de archivo evidencia que el recorrido de la fisga local comenzó a dibujarse muchos años atrás, en un espacio que hoy es más chico.

Los primeros esbozos de caricatura en Costa Rica estaban ligados a la crítica política, incluso con publicaciones que bullían al calor de las campañas electorales y desaparecían poco después. El humor era muy fuerte en aquel entonces, pues la época lo permitía, asegura la historiadora.

La primera caricatura reproducida en prensa fue en El padre español a finales del siglo XIX (en 1892) y, con humor, hacía alusión al gobierno de entonces.

Más tarde, el álbum de José María Figueroa se presentó como una colección de obras (la mayoría del periodo 1860-1890) en las que gran parte del contenido era de índole político y crítico. El álbum se mantuvo oculto por casi 100 años, además de que llevó al autor varias veces a la cárcel por exhibir sus obras en plazas públicas.

“Con los gobiernos liberales y la imprenta, empezaron a hacerse más publicaciones. Era un periodo convulso en el que la caricatura jugaba un papel muy importante”, comenta Sánchez.

En la primera parte del siglo pasado aparecieron otros nombres grandes en la escena local, como Paco Hernández y Noé Solano. Un poco después vino Alcides Méndez, cuyo tema principal iba dirigido a criticar la forma de ser del tico, sin dejar por fuera a personajes nacionales.

A mediados del siglo, aparece Kokín (Jorge Chavarría Garita); su presencia solitaria evidenció una baja de la producción nacional, porque muchos medios cerraron. La temporada significó una depresión de la caricatura.

Ilustración: William Sánchez
Ilustración: William Sánchez

En la década de los años setenta, la historia cambió y comenzó un capítulo prolijo con Fernando Zeledón y Hugo Díaz. Este segundo es citado, por varios de los consultados, como un estandarte en la producción nacional de caricatura crítica. Afuera, incluso se le atribuye el título de padre de la caricatura costarricense.

“Sus publicaciones con humor generaron un realce del tema político. Tomaba posición en todo tipo de campañas: educativas, de salud y propiamente políticas”, opina Sánchez.

Díaz tuvo presencia en una etapa inestable para Centroamérica, y llegó a publicar en tres medios diferentes de forma simultánea: La República , Semanario Ocho Días y en Universidad . Su influencia era tal que “la caída de la caricatura crítica tuvo mucho que ver con la muerte de don Hugo, en el 2001”, agrega la historiadora.

Nuevos aires

Luis Demetrio Calvo Solís, q uien firma como “Mecho” , entró en el mapa local dos años después del fallecimiento de Díaz, a quien él llama “maestro”.

Sus dibujos fueron portada del Semanario Universidad durante 12 años, hasta que el artista pasó a las filas del medio electrónico CRHoy , hace casi dos años, donde tiene un espacio diario de lunes a sábado.

“Siento que habiendo tomado el trecho de la caricatura editorial, crítica política y crítica ambiental, puedo aportar conciencia a la sociedad, tratando de despertar en el lector un sentido de cuestionamiento a lo que pasa en el día a día”, comenta.

Para Mecho, su trabajo tiene un sentido informativo y, al mantenerse en la línea del humor, se ofrece como catarsis sobre las preocupaciones del pueblo: que si sube la gasolina, que si se destapó un caso de corrupción…

“Yo trabajo con la problemática de todos los días y comunicar con la caricatura es una responsabilidad.

Ilustración: Dominick Baltodano
Ilustración: Dominick Baltodano

”La faceta crítica no se ha mantenido tan fuerte como fue en otro momento. Los medios digitales lo están intentando pero se van por otra línea; ahora se define la caricatura según las notas más fuertes y los temas de los que habla la gente en redes sociales. Uno responde a notas y argumentos que ya se publicaron y sobre eso uno presenta su propuesta gráfica”, explica.

Carlos Arroyo, (quien firma como “Arroyo”) también aprovecha los espacios electrónicos con su trabajo personal y con el contenido generado por quienes actualmente integran La Zarigüeya , pero está seguro de que el alcance no es el mismo que en la prensa escrita.

“En la red, el espacio está libre para exponer lo que queramos, pero siento que en los periódicos nacionales, exponer como caricaturista ha sido un trabajo de segunda o de tercera, a diferencia de otros periódicos latinoamericanos, donde hay caricaturistas en el staff ”, dice.

En su opinión, aquí sobra el material para hacer crítica fuerte: la corrupción, la destrucción de Calero, la construcción de la trocha en el norte del país, los maltratos a los parques nacionales y la entrada masiva de hoteles en las costas, el desempleo y la lucha de minorías, solo por citar algunos ejemplos.

Además, si bien considera que el humor por humor no es desdeñable, sí cree que el caricaturista debe colaborar con la realidad del país con una visión del acontecer diario y local.

“Nuestra labor es una muestra de compromiso con la condición actual. Nosotros tenemos una historia más cómoda, más relajada, nos ha costado menos la lucha. Hemos encontrado un país en paz y somos el reflejo de nuestra nación y nuestra realidad”, opina Arroyo.