Con la designación de Bob Dylan como premio Nobel de Literatura, la Academia Sueca nos hace preguntarnos qué hace que un texto sea literario.

 23 octubre, 2016
Bob Dylan (sombrero) se presentó en Costa Rica el 5 de mayo del 2012. | FOTO: MAYELA LÓPEZ
Bob Dylan (sombrero) se presentó en Costa Rica el 5 de mayo del 2012. | FOTO: MAYELA LÓPEZ

La controversia suscitada por la concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan es característica de lo que el crítico Harold Bloom llamó la edad caótica, el periodo que cierra su igualmente polémico ensayo El canon occidental . La decisión de la Academia Sueca nos enfrenta una vez más a la pregunta que se ha hecho la modernidad de modo incesante: ¿qué hace que un texto sea literario? ¿La intención del autor –a menudo traicionada por la obra–? ¿El lenguaje? ¿El soporte físico o virtual? ¿La capacidad de concitar lecturas críticas? ¿El poder institucional de esas interpretaciones?

El Nobel de Bob Dylan: ¿algo huele podrido en Estocolmo?
El Nobel de Bob Dylan: ¿algo huele podrido en Estocolmo?

Si las canciones de Dylan se hubieran impreso antes en libro, ¿tendrían estatuto de poesía? ¿Estaríamos en esta discusión o plantearíamos la controversia en otros términos? ¿Por qué es más “literario” un poema que una canción?

La hiper-ciber-modernidad –como la llamó Umberto Eco–, que trastorna lo que hemos entendido como espacio, tiempo, cultura escrita, visual y multimedia, tradición e innovación, producción y consumo, multiplica estas preguntas y las vuelve aún más ambiguas e inciertas.

El eslogan que utiliza el canal Film and Arts para anunciar The Hollow Crown es el mejor ejemplo: “La única serie escrita por Shakespeare”. El crítico catalán Jorge Carrión le dedicó un magistral estudio, Teleshakespeare (Ed. Germinal, 2013), a un fenómeno que modifica lo que hasta el siglo pasado entendíamos por separado como literatura, cine, teatro y televisión y que ahora está imbricado.

Y para terminar el saqueo del monte Parnaso –morada de las musas y los poetas– está el tema explosivo del valor. Rotos los vasos sagrados de la belleza clásica, abierta la caja de Pandora de la interpretación sin fin, ¿cómo definir la calidad? ¡ Gulp ! Para la inmensa mayoría de lectores, Mario Benedetti es el último gran poeta iberoamericano del siglo XX, mientras que para una parte de la crítica su obra poética es irrelevante –aunque la irrelevancia es significativa en los tiempos que corren–.

Un golpe de dados jamás abolirá la confusión. La poesía moderna surgió de Stéphane Mallarmé y de su poema “Un golpe de dados jamás abolirá el azar”, que es ya un texto visual. El siglo XX restituyó el carácter espacial de la creación poética y otro francés, Guillaume Apollinaire, concibió el caligrama, que practicaron escritores como el mexicano Octavio Paz, premio Nobel de Literatura en 1990, y el brasileño Haroldo de Campos.

Negar la espacialidad de la poesía sería como negar su música. Pero así como la poesía se volvió visible, en la página en blanco, también se volcó sobre sí misma, hacia el lenguaje, y se hizo autorreferencial. Paz lo dice en ¿ Águila o sol? (1951) con su lucidez habitual: “Cortar el cordón umbilical, matar bien a la Madre: crimen que el poeta/moderno cometió por todos, en nombre de todos”.

Con pocas excepciones, la escritura poética contemporánea se alejó de la tradición popular y de la canción y se centró en los intersticios de lo decible. Muchos de los grandes poetas del siglo pasado (Eliot, Montale, Saint-John Perse, Char, Pound, Celan) fueron herméticos para el lector común y el espacio social de la lírica fue ocupado por trovadores como Bob Dylan, en Estados Unidos; Léo Ferré, Georges Brassens y Jacques Brel, en Francia; Leonard Cohen, en Canadá; Vinicius de Moraes, Chico Buarque y la Nueva Trova Cubana, en Latinoamérica, entre muchos otros.

Facciones y ficciones. En narrativa, los límites también son difusos, en especial cuando se trata de la hibridación, siempre sospechosa, entre lo popular y lo culto.

Mario Vargas Llosa ha señalado como light a frecuentes candidatos al premio Nobel como Haruki Murakami, Paul Auster, Milan Kundera y Julian Barnes, aunque añade con ironía: “No condeno ni mucho menos a los autores de esa literatura entretenida pues hay, entre ellos, pese a la levedad de sus textos, verdaderos talentos” ( La civilización del espectáculo , 2012).

La dimensión transgenérica en el mundo actual no solo tiene que ver con el sexo. De hecho, la hibridación mayor no se da en el terreno de la poesía –que nació bajo el signo de la confusión– sino en lo que el escritor mexicano Juan Villoro denomina el ornitorrinco de los géneros, la crónica –aludiendo a la definición de Alfonso Reyes, que llamó, al ensayo, el centauro de la prosa–.

Antes de ganar el premio Nobel de Literatura, en 2015, Svetlana Alexiévich había recibido algunos de los más importantes reconocimientos mundiales en el periodismo, el ensayo y la investigación, justamente porque sus libros son textos impuros –como impuro es el tiempo actual–, con elementos dispares que ella reúne como una “novela de voces”.

Una técnica similar aplicó la mexicana Elena Poniatowska en su clásico La noche de Tlatelolco (1971). Vasos comunicantes, voces comunicantes.

Bob Dylan en concierto, en 1984.
Bob Dylan en concierto, en 1984.

En el 2005, dos años antes de su muerte, había estado a punto de ganarlo el polaco Ryszard Kapuscinski, otro estilista del periodismo. El reconocimiento internacional de su obra puso de manifiesto las ricas y a menudo ambivalentes y hasta contradictorias relaciones entre literatura y periodismo. Durante la década transcurrida, entre la candidatura malograda del primero y el premio para la segunda, los géneros –o transgéneros- de no ficción se impusieron como el laboratorio de experimentación narrativa más innovador de la literatura, especialmente en Latinoamérica y Francia.

Obras como Anatomía de un instante (2009) del español Javier Cercas, El arte del asesinato político. ¿Quién mató al obispo? del estadounidense de origen guatemalteco Francisco Goldman (2009), el ciclo de novelas del francés Patrick Deville –a partir de Pura vida. Vida y muerte de William Walker , reeditada por Uruk el año pasado–, centradas en el siglo XIX, o las seis novelas que conforman Mi lucha del noruego Karl Ove Knausgård, serían impensables en otra época. Esta indisoluble mezcla entre ficción y realidad, que caracteriza el siglo XXI, se hace explícita desde el prólogo del extraordinario libro Limónov (2011) del francés Emmanuel Carrère: “Limónov no es un personaje de ficción. Existe y yo lo conozco”.

Las factions –fact + fiction – también disfrutan de un periodo de efervescencia en América Latina porque nuestra realidad alucinante no puede agotarse en la narrativa convencional. Martín Caparrós, Alma Guillermoprieto, Pedro Lemebel, Juan Villoro, Sergio González Rodríguez, Leila Guerriero, Alberto Salcedo Ramos, Julio Villanueva Chang y Selva Almada, por mencionar solo unos cuantos, todos ellos cronistas, escritores de ficción real tanto como narradores, son indispensables para acercarse a la literatura contemporánea.

García Márquez ya lo había dicho en una de sus crónicas inolvidables, ¿Quién cree a Janet Cook? : “En periodismo hay que apegarse a la verdad, aunque nadie la crea, y en cambio en literatura se puede inventar todo, siempre que el autor sea capaz de hacerlo creer como si fuera cierto. John Hersey, que era un buen novelista, escribió un reportaje sobre la ciudad de Hiroshima devastada por la bomba atómica, y es un relato tan apasionante que parece una novela. Daniel Defoe, que era también un gran periodista, escribió una novela sobre la ciudad de Londres devastada por la peste, y es un relato tan sobrecogedor que parece un reportaje…”.

Podría argumentarse que la ficción documental, que va desde los géneros periodísticos clásicos hasta la biografía novelada y el nonfiction novel , representa lo que significó la novela europea hace un siglo, si no fuera porque los lectores se inclinan cada vez más hacia otras formas de ficcionalización y de plataformas mediáticas como las series televisivas y las redes sociales. ¿Un post en Facebook llegará a ser un género literario o ya lo es? Bienvenida, entonces, la confusión.