Sin diseño editorial no hay contenido capaz de vencer el olvido. Es así. El fin principal de la creación del libro, como plataforma de comunicación de textos fue justo el mismo afán de proteger la historia.

 10 abril, 2016
La familia de las bodoni.
La familia de las bodoni.

Si Johannes Gutenberg, creador de la imprenta moderna, tuviera que responder por sus actos en el 2016, resultaría culpable. La imprenta es quizá la herramienta o uno de los inventos más democráticos y defensores de sociedades más informadas. Con la imprenta se aceleró la sofisticación del pensamiento y el extendido intercambio de conocimientos, un proyecto que, lejos de ser estético, parecía más político.

El diseño tipográfico arranca con la imprenta. La gran era de Gutenberg dio el primer paso hacia la digitalización que vivimos hoy. El motor de estos cambios fue el contenido. Nunca podrían pensarse por separado. Las editoriales con más años de publicación no incumplen la paradoja de que la forma y el contenido son lo mismo.

Esos símbolos a los que llamamos letras, iniciaron su vida como dibujos o ilustraciones que representaban sonidos y se convirtieron en letras. Letras que en conjunto significan palabras, y esas palabras son maneras de describir imágenes. Y la comprensión de esas ideas en dibujos fueron las armas más sofisticadas que aprendimos a utilizar para salir del oscurantismo.

La dicotomía forma y contenido se instaló en la teoría del arte. El aterrizaje más sensato, para que fuera desarticulada y entendida, fue del filósofo alemán Walter Benjamin, que teorizaba acerca de las representaciones del pensamiento: “forma y contenido son lo mismo en la obra de arte: son sustancia”.

La buena bodoni

Giambattista Bodoni, uno de los tipógrafos a quienes se le agradece una de las mejor pensadas familias tipográficas, la bodoni, supo eliminar el exceso de decoraciones en las letras, para crear propuestas más limpias y claras.

Esa diferencia le permitió a Bodoni promover una lectura más fluida, en la que se podía, por la claridad de sus tipos, hacer lecturas no solo horizontales, sino que el lector podía seguir el texto en vertical, leer entre líneas o dar hojeadas.

Y como la bodoni, hay infinidad de variaciones de tipografías, miles de serifas también y nuevas ramificaciones que cumplen finalidades distintas de acuerdo con los textos y discursos, que, a la vez, son parte de ellos.

Así, las partes que forman los productos editoriales; es decir, tipografía, ilustración, fotografía, tonalidades y texturas de papel, pigmentos de tinta; en fin, toda la maravillosa precisión detrás del libro, la revista, el fanzine , el diario impreso o sus aplicaciones al digital, conforman también el contenido.

Tipografía, ilustración, fotografía, tonalidades y texturas de papel, pigmentos de tinta; en fin, toda la maravillosa precisión detrás del libro, la revista, el fanzine, el diario impreso o sus aplicaciones en lo digital, conforman también el contenido.

Todos hemos sufrido la diferencia entre leer un texto en una edición comprimida de bolsillo y una propuesta gráfica de edición especial. Aunque sea el mismo texto, si la experiencia de lectura considera el tamaño de la letra, el contraste con la superficie en la que viaja y los espacios entre líneas, el resultado es totalmente distinto.

Quizá, esos caminos de especialización en diseño editorial, nos llevaron al engaño de ver la forma separada del contenido. Y luego, diseñadores más contemporáneos, como el ilustrador mexicano Alejandro Magallanes, nos regresan para que veamos ese planteamiento de manera diferente, proponiendo, mediante su producción, que aunque una imagen hable más que mil palabras, también una palabra es capaz de apelar a mil imágenes. No se deben dividir.

Los libros que más recordamos, que coleccionamos, que casi logramos memorizar por párrafo, son precisamente esas ediciones en las que la regularidad de las letras, la nitidez, el gusto en la elección de las formas y el encanto supieron contener la obra literaria.