Material plástico. La ciencia demuestra que usamos todo el cerebro y que este siempre cambia

Por: Víctor Hurtado Oviedo 14 septiembre, 2014

El victoriano y probo doctor Jekyll toma un compuesto químico y, ante el horror complacido del público, se transforma en un sujeto sin ley, capaz de todo por satisfacer sus horrendas ambiciones. Obviamente, estos cambios solo se ven en el cine y la política, de modo que provocan justificadas dudas. Así, Jorge Luis Borges denunció que una cinta El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde difama a la novela ya que muestra pronto que Jekyll y Hyde son la misma persona, cuando esto solo se conoce en el final de la novela.

Como fuere, Hollywood ha frecuentado el argumento de que una persona puede exacerbar sus facultades mentales gracias a una droga: lo vemos en Lucy, de Luc Besson, típica cinta de acción en la que el argumento consiste en el diálogo menos los balazos.

Scarlett Johanssonprotagoniza Lucy , la reciente película del director francés Luc Besson.
Scarlett Johanssonprotagoniza Lucy , la reciente película del director francés Luc Besson.

El escritor de ciencia-ficción Iván Molina recuerda un antecedente de Lucy: Limitless, cinta basada en la novela The Dark Fields, de Alan Glynn, en la que una droga aumenta la capacidad cerebral. Molina añade que en la misma línea está Charly (1968), película basada en la novela Flowers for Algernon, de Daniel Keyes.

En algunos relatos, una droga, una operación o un rayo otorgan poderes como la telequinesis o cambian la personalidad; así ocurre en The experiment of Doctor Nevill (1900), de Emeric Hulme-Beaman, y El fabricante de honradez (1906), de Santiago Ramón y Cajal, dice David Díaz Arias, autor de ciencia-ficción.

El estreno de Lucy ha puesto de moda el mito de que solamente usamos el 10 % de nuestro cerebro. “Esa creencia es falsa”, afirma Jaime Fornaguera Trías, director del Centro de Investigaciones en Neurociencias de la UCR.

Es difícil precisar cuál fue el origen del mito del “10 %”. El microbiólogo Edgardo Moreno Robles supone que tal vez se haya debido al uso de métodos de examen del cerebro empleados en el siglo XIX. Entonces se abría el cráneo de una persona viva y se estimulaban zonas del cerebro con electricidad. Se lograban así reacciones (mover una mano), pero se creía que el resto del cerebro (“90 %”) “no funcionaba”.

Edgardo Moreno agrega: “Hoy, la resonancia magnética confirma que todo el cerebro se ‘prende’ y se ‘apaga’, pero por secciones y de acuerdo a la función y al momento. Es como un piano: se tocan todas las teclas para crear una melodía, pero no al mismo tiempo pues entonces saldría ruido. La activación conjunta ocurre en un ataque epiléptico’”.

La mala noticia es que ya usamos nuestro cerebro al 100 %; la buena es que podemos mejorar en muchos aspectos porque el cerebro es “plástico”, modificable.

Plasticidad. En 1890, el psicólogo estadounidense William James formuló la idea de la “plasticidad cerebral”. En 1893, el médico español Santiago Ramón y Cajal se refirió a la “plasticidad neuronal”, que permite fijar recuerdos infantiles. La idea de la “plasticidad cerebral” propone que el cerebro cambia y aprende siempre.

En cierto modo, la “plasticidad cerebral” es obvia: cuando usted lea la palabra en , su cerebro habrá cambiado del microinstante en el que interpretó la e al momento en el que interpretó la n . El cerebro nunca para: ni cuando nos duerme. Sin embargo, los neurólogos reservan la idea de “plasticidad cerebral” a experiencias más complejas, como el aprendizaje del violín y la adaptación a una prótesis manual.

Así, los taxistas de Londres recuerdan unos 18.000 nombres y ubicaciones de calles. El ejercicio de recordar hizo que les crecieran nuevas neuronas en el hipocampo (una “pieza” del cerebro vinculada con la memoria). Esas neuronas nacen de “células-madre” presentes en el hipocampo; esta aparición se llama “ neurogénesis”.

Nacemos con el doble de neuronas que tenemos de adultos; se pierden debido a “podas” ocurridas en la infancia y la adolescencia.

Esas son las primeras grandes modificaciones naturales; otras se producen durante la adolescencia, cuando el cerebro es una confusión que se nota. Las menstruaciones cambian cíclicamente el cerebro y, por tanto, el carácter.

En los adultos, la neurogénesis ocurre en el bulbo olfativo, en la zona subventricular de los ventrículos laterales y en la zona subgranular del hipocampo. Con los otros mamíferos compartimos la creación de células en la piel, el hígado y el sistema inmunitario (glóbulos blancos, anticuerpos, etcétera).

Imagen sin titulo - GN
Imagen sin titulo - GN

El neurólogo costarricense Andrey Sequeira expresa: “La neurogénesis es solo una de las posibilidades, y la más restringida espacialmente. Ocurren otros procesos igualmente importantes, que pueden tener efectos en una amplia variedad de regiones cerebrales”.

Sequeira alude a los cambios en las ramificaciones dendríticas (las “ramas” que integran las neuronas), a la formación o la eliminación de espinas dendríticas (“tomacorrientes” que reciben moléculas neurotransmisoras de otras neuronas), y a la formación o la eliminación de sinapsis. La sinapsis es el envío de neurotransmisores de una neurona a otra. El envío y el reenvío seguidos crean los pensamientos.

Límites. La plasticidad tiene límites. Miles de futbolistas son notables, pero solamente Pelé jugó como Pelé. No todos podemos tener la memoria de Ramón Campayo, aunque leamos los libros que Ramón Campayo ha escrito para que tengamos la memoria memoriosa de Ramón Campayo. ¿Cuáles son esos límites?, ¿son precisos?

Los científicos no trazan líneas claras pues es imposible hacerlo. En general, postulan que hay 1) una base cerebral innata y parcialmente diferente entre las personas, y 2) una historia personal (familia, estudios, aficiones...) que cambia a lo largo de la vida de cada uno.

Nacemos con una dotación cerebral propia aunque modificable hasta cierto punto. Así, María puede tener más neuronas y más conectadas en la zona A que Juan, lo que le dará ventaja para aprender matemáticas, para hablar mucho o para bailar como Ginger Rogers. En ciertos casos (deportes), el cuerpo adecuado es otro requisito.

Ninguna práctica nos llevará a la perfección si nos falta el entramado neuronal necesario. Si somos zurdos, con mucha práctica podremos usar bien la mano derecha, pero nunca dejaremos de ser zurdos –diestros con la mano izquierda–.

Si somos homosexuales hombres, podremos mantener una vida heterosexual, pero nunca dejaremos de sentirnos atraídos por hombres. Nuestra inclinación no cambiará pues tendremos, desde el nacimiento, menos desarrollado el hipotálamo (que no presenta neurogénesis). Por esto es imposible “curar” (¿de qué?) a los homosexuales, y es absurdo predicar que la orientación sexual es una “opción” y una “construcción social”.

Natura + cultura. En su libro Tú cerebro mañana ( passim ), el neurólogo Steven Rose formula esta oposición: especificidad-plasticidad del cerebro. La especificidad es “el desarrollo invariable en un entorno fluctuante” (cap. I); la plasticidad consiste en las variaciones suscitadas por la necesidad de adaptarse al ambiente cambiante.

La especificidad hace que todos los seres humanos “normales” nos parezcamos esencialmente: todos tenemos la zona de la visión detrás del cerebro, pero la de los pintores presenta más sinapsis. Los cerebros de las mujeres y los hombres son iguales en inteligencias (en plural), a la vez que son órganos sexuales opuestos (el cerebro es uno de los órganos sexuales internos).

A su vez, la plasticidad nos ayuda a vivir en el entorno. “El cerebro solo procura sobrevivir”, suele afirmar el neurólogo Michael Gazzaniga (vide su libro ¿Quién manda aquí?). De nada nos serviría tener el área de Broca (del lenguaje) si no aprendemos las palabras debidas.

Andrey Sequeira resume: “Tener el talento o el biotipo facilita las cosas; y, de desarrollarse, quizás lleve mucho más allá de lo que puede llegar aquel que no lo tiene. Sin embargo, cuánto desarrolle un adulto ciertas habilidades depende de numerosas variables”. Esto es: natura + cultura.

Volviendo a Lucy y similares, ¿puede una droga desarrollar la inteligencia, la comprensión? Podría hacerlo si estimulase la creación de sinapsis más complejas y duraderas, pero esto no se ha logrado aún. Ciertas drogas “iluminan” la percepción, mas brevemente.

Hemos entrado en el campo de la neuroética: ¿es lícito forzar a la naturaleza para salir del promedio?, ¿es la normalidad una tara?, ¿se beneficiarán más quienes tengan dinero para comprar las drogas “de la inteligencia”? Cada uno debe responder por sí mismo pues son preguntas éticas, no científicas.

Usamos el 100 % del cerebro, pero lo desperdiciamos si carecemos de curiosidad intelectual..., y esta no tiene límites.

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