Por: Víctor Hurtado Oviedo 31 agosto, 2014

Víctor Hurtado Oviedo, editor vhurtado@nacion.com

Los años bisiestos se hacen de rogar como ese chico del barrio que era el dueño de la pelota y sin el cual ni la cual no podía jugarse al futbol ni romper los vidrios de los vecinos pues ambas cosas venían juntas, y uno no sabía qué era más emocionante pues, aunque nuestro equipo siempre perdía –mas recordemos que, en la Historia, los perdedores suelen tener razón–, era el primero en bajarse un vidrio, acto incivil y vitando que todos celebrábamos a la carrera pues no era cosa de quedarse a recibir el premio.

A los años bisiestos hay que tenerles cariño, aunque lleguen solo cada cuatro años y miren por encima del calendario a los demás años por el solo hecho de tener un día más (el 28 de febrero), lo que tampoco es mucho mérito que digamos.

Un día más tenemos todos siempre que no hayamos incurrido en la precisión de morirnos. En todo caso, los años bisiestos son bienvenidos pues nos alargan la vida.

Es una pena que el año 1953 no haya sido bisiesto, pero igualmente es memorable pues, el 28 de febrero de 1953, James Watson y su socio Francis Crick entraron en el Eagle Pub (bar) de Cambridge (Inglaterra) y anunciaron a los bebedores allí activos (no muy interesados en la doble hélice de nucleótidos, fosfatos e hidrógeno del ácido desoxirribonucleico, ADN): “¡Hemos descubierto el secreto de la vida!”. El Eagle Pub nunca fue igual que la revista Science , pero todo bar es un sitio adecuado para confiar secretos y para pasar las páginas de la vida.

Todo ello lo cuenta Watson en su libro La doble hélice, un thriller de la ciencia y una de las varias memorias que él escribió sobre sí mismo. Cuando uno escribe las memorias de otro con un nombre ajeno, el libro se llama biografía.

Semanas antes, a James Watson se le había ocurrido que la cadena invisible del ADN debía incorporar dos “varillas”, no tres, como otros investigadores suponían, incluido el gran químico Linus Pauling.

El prestigio de Linus era asaz andariego pues había dado la vuelta al mundo varias veces. Pauling recibió el Premio Nobel de Química y el Nobel de la Paz, y es la única persona a la que se le concedió en dos categorías. De esto estamos seguros, salvo que nos equivoquemos.

El gran error de Linus consistió en suponer que el ADN incluía tres largas hélices (“varillas”). ¿Quién sabe si había sido hechizado por la magia de las tríadas?

El historiador W. D. Dunlap creó la palabra triposis para llamar la manía de dividir la historia en tres; así lo cuenta Peter Watson en Ideas, tocho de 1.500 páginas, tan pesado que, si lo alzara un sargento, cometería un levantamiento militar.

Así, James Frazer creyó que hubo tres eras humanas: mágica, religiosa y científica (nada original). Isaiah Berlin dijo que los tres grandes momentos humanos fueron el aristotelismo, la obra de Maquiavelo y el romanticismo. Este es válido siempre que incluya al bolero.

En realidad, no hay cartabones en la historia. La explicación más verosímil suele ser la más simple. El mismo Jimmy Watson escribió: “Las estructuras biológicas importantes se presentan por parejas”.