Lectores y deudores. Una modalidad de lectura nos dice mucho de nuestro pasado cultural

 18 mayo, 2014

Las investigaciones sobre la historia del libro, efectuadas en las últimas décadas, han constatado el importante papel que desempeñó el alquiler de obras impresas como medio para ampliar el mercado, expandir el consumo y diversificar las opciones que tenían librerías y bibliotecas para captar recursos.

Ilustración incluida en la primera edición de Nuestra Señora de París (1831) de Víctor Hugo, una de las obras alquiladas por El Álbum.
Ilustración incluida en la primera edición de Nuestra Señora de París (1831) de Víctor Hugo, una de las obras alquiladas por El Álbum.

En Costa Rica, la primera experiencia de ese tipo que se conoce fue puesta en práctica por El Álbum, una división de la imprenta homónima, abierta en el San José de 1856 por el costarricense J. Carranza y el inmigrante inglés G. F. Cauty. Antes de El Álbum, el comercio del libro en el país se ajustaba a la siguiente descripción, publicada en septiembre de 1848 en el periódico El Costarricense :

“[...] no hai en Costarica bibliotecas, libreros i escritores... [pero] hoi abundan en los mercados de Europa los libros elementales i nuestro comercio es sin comparación mas activo que lo fue en las epocas pasadas, i ademas que la Universidad [de Santo Tomás, creada en 1843] ha establecido una Biblioteca pública, cada uno puede pedir las obras que necesite i obtenerlas á un precio bastante bajo. Los catálogos y los avisos de los periódicos extranjeros llegan á nuestras manos con mucha velocidad i frecuencia i por este medio pueden todos saber los libros que se publican”.

No me olvides. Se desconoce cuándo empezó El Álbum a alquilar libros, pero esta estrategia comercial parece haber sido puesta en práctica entre finales de 1868 e inicios de 1869, cuando el establecimiento estaba a cargo del impresor cartaginés Guillermo Molina, una relevante figura de la cultura impresa costarricense del siglo XIX aún poco conocida.

El 6 de marzo de 1869, en la Gaceta Oficial , El Álbum publicó un anunció en el que suplicó “á los clientes de la biblioteca de lectura, se sirvan devolver lo más pronto posible las obras que han llevado, y cuyo término de alquiler se haya cumplido ya”. De seguido, el establecimiento dio a conocer una primera lista de los textos debidos.

Casi un mes después, la librería volvió a publicar el mismo anuncio, pero ahora poéticamente titulado “No me olvides”. Avisos similares circularon en las semanas siguientes.

El llamado a los prestatarios para que cumplieran con sus obligaciones parece haber sido poco exitoso ya que, el 4 de diciembre de 1869, El Álbum dio a conocer una lista más amplia de las obras que no habían sido devueltas y amenazó directamente a sus incumplidos lectores.

Red. Gracias a ese anuncio decembrino puede conocerse parcialmente cómo operaba el préstamo de libros. Los clientes de El Álbum eran personas avecindadas no solo en San José, sino también en Cartago, Heredia y Alajuela, por lo que el establecimiento indicó, a quienes habitaban en estas tres últimas ciudades, que “pueden mandar los libros por las Diligencias que parten diariamente de esos puntos para la Capital”; en contraste, los josefinos debían remitirlos “por Expresos para evitar costos a la Librería además del atraso”.

La concentración de los prestatarios en las ciudades referidas no era casual ya que en ellas habitaba la mayoría de las personas alfabetizadas, quienes pertenecían predominantemente a sectores medios y acaudalados. Sólo en San José, la alfabetización empezaba a extenderse de manera significativa a los sectores populares.

Al igual que los impresores y libreros en otros países, El Álbum parece haber sido el primer establecimiento de su tipo que, basado en el sistema de transportes entre San José y las otras poblaciones, desarrolló una red para para enviar los libros que alquilaba y recibirlos de vuelta una vez vencido el plazo.

Lamentablemente, en la fuente consultada no se indican las condiciones en las que los libros eran alquilados, en particular, el costo y el tiempo del que se disponía para leerlos y retornarlos. Tampoco se especifica si El Álbum tenía clientes fuera del Valle Central, en especial en Liberia (Guanacaste), el puerto de Puntarenas y ciudades menores, como San Ramón y Guadalupe.

A su vez, el incumplimiento de los lectores quizá haya obedecido a que, una vez alquilado, el libro circulaba entre los distintos miembros de la familia del prestatario, sus amigos e incluso sus vecinos.

En ese contexto se entiende que El Álbum advirtiera en diciembre de 1869: “Á los que no comparezcan con las obras en el término de ocho días, se les cobrará su valor, los costos, daños y perjuicios”. Además, manifestó: “si así fuere necesario, se pondrá [en el periódico] la [lista] de las personas que han retenido las obras por más tiempo que el convenido”.

Gustos. Pese a los dolores de cabeza que el alquiler de libros podía provocar a los establecimientos que incursionaban en este negocio, el inventario de obras no devueltas tiene la ventaja de que permite aproximarse a los gustos de los lectores. El listado de títulos alquilados posibilita conocer las preferencias del público, en contraste con los catálogos de las librerías, que únicamente informan de las obras que estaban a la venta.

Entre marzo y diciembre de 1869, El Álbum publicó los títulos de 115 obras retenidas, correspondientes a 59 autores. Del total de libros, el 79 % eran novelas, en su mayor parte de costumbres o de carácter histórico. La proporción restante se distribuía entre recopilaciones de cuentos, poemas, crónicas, textos históricos y filosóficos, y antologías como la Biblioteca de la risa y el Arte de conservar la hermosura y la salud, y de corregir los defectos físicos.

No se consignaron libros religiosos. Esto quizá haya influido en que, en el mes de septiembre, la librería pusiera su sección de obras de religión en baratillo.

Ciertamente, entre las obras alquiladas destacaban clásicos como Las mil y una noches, Julia o la nueva Heloísa, de Rousseau, y Las amistades peligrosas, de Laclos; sin embargo, predominaban los libros publicados en el siglo XIX y especialmente a partir de la década de 1840.

De los 59 autores mencionados, únicamente 24 eran españoles, 25 eran franceses y el resto correspondía a otros países, principalmente europeos. De América había sólo dos autores: el estadounidense James Fenimore Cooper (1789-1851), con La pradera (1827), y Luis Benjamín Cisneros, peruano residente en París (1837-1904), con Edgardo o un joven de mi generación (1864).

Apenas tres mujeres figuraban en la lista publicada por El Álbum: la francesa Laure Junot, duquesa de Abrantes, (1784-1838); la irlandesa Regina María Roche (1764-1845), y la española Cecilia Francisca Josefa Böhl de Faber (1796-1877), quien firmaba con el pseudónimo de “Fernán Caballero”.

En el caso de los varones, el autor más popular era el francés Alejandro Dumas (padre, 1802-1870), quien concentraba 23 de los 115 títulos, seguido de lejos por el escocés Walter Scott (1771-1832) y por Fernán Caballero.

Ausencias. Dominada por autores que alcanzaron la celebridad en la primera mitad del siglo XIX o antes, en la lista de El Álbum sobresalen las ausencias de las obras de Charles Dickens (1812-1870), ampliamente reconocido desde el decenio de 1840, y, en menor medida, las de Julio Verne (1828-1905), cuyo éxito se ubica a inicios del decenio de 1860. A este resultado quizá contribuyó también el rezago en las traducciones al español de las obras de esos autores.

La librería publicó nuevamente sus amenazas y la lista de obras no devueltas en el resto del mes de diciembre de 1869, pero no está claro si todas las personas devolvieron los libros que habían alquilado.

Una nueva iniciativa de alquiler de obras fue llevada a cabo por los comunistas en la Costa Rica de 1946 y, como era de esperarse, experimentaron problemas parecidos a los que enfrentó El Álbum casi ochenta años antes.

El autor es historiador y miembro del Centro de Investigación en Identidad y Cultura Latinoamericanas de la Universidad de Costa Rica.

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