Relato “tranquilizante”. Tras una operación en la cabeza, el notable escritor argentino escribió Pierre Menard, autor del Quijote

 5 marzo
El relato El Sur (1953) fue considerado por Borges uno de sus mejores cuentos.
El relato El Sur (1953) fue considerado por Borges uno de sus mejores cuentos.

Hasta 1938, Jorge Luis Borges (1899-1986) seguía siendo un escritor solo conocido en poco más que reducidos círculos literarios argentinos. Su obra se había limitado a la poesía –su vocación desde muy joven–, la crítica y pequeños ensayos que, ciertamente, lo proyectaban, por su erudición, como un agudo observador del mundo de las letras. Él mismo reconoce que no había incursionado en la narrativa de ficción, aunque uno de sus principales biógrafos, el uruguayo Emir Rodríguez Monegal, tiende a contradecirlo.

Para diciembre de ese año, con 39 años, un terrible accidente le dio un giro a su vida de escritor. “Fue su punto de inflexión”, según el crítico estadounidense Harold Bloom. Ya empezaba a sufrir problemas de la vista, deficiencia visual que heredaría de su padre, Jorge Guillermo Borges (1874-1939, abogado anarquista y escritor), junto con una vasta biblioteca, fundamental en la formación del célebre autor argentino.

En esa ocasión, Borges, cuya ceguera aumentó hasta perder la vista después de los 50 años, resbaló en una escalera mal iluminada y cayó. Se golpeó brutalmente la cabeza.

Estuvo grave en el hospital durante dos semanas, sufriendo horribles pesadillas. Luego tuvo una lenta y dolorosa convalecencia.

Pierre Menard

Mientras se recuperaba de la operación de la cabeza, Borges “comenzó a dudar de su estado mental y de su capacidad para escribir (…). Intentó escribir un relato para tranquilizarse. El hilarante resultado fue Pierre Menard, autor del Quijote (mayo, 1939).

Este relato, uno de los más notables de Borges, fue incluido después en su volumen de cuentos Ficciones (1944), junto con otros internacionalmente reconocidos textos: Tlön, Uqbar, Orbis Tertuis , Las ruinas circulares , La biblioteca de Babel y El jardín de los senderos que se bifurcan . Con este último texto comenzó su sólida reputación como narrador.

En su biografía, Rodríguez Monegal recuerda que Borges “ha descrito el accidente casi mortal” que tuvo en la Nochebuena de 1938, imagen que utilizó “parcialmente” el cuento El Sur (1953), luego incorporado a una nueva edición de Ficciones . “Libros y cuchillos aparecen simétricamente opuestos aquí, como antagonistas de un drama simbólico” que, como el “viejo gaucho”, representa “la figura de la pampa en su forma más literaria”. “Trata de un tema que es favorito suyo: la nostalgia del intelectual por una vida de acción”, detalla Rodríguez.

El Sur

En un breve prólogo a Ficciones , el escritor argentino afirma que El Sur “es acaso mi mejor cuento” y, enigmáticamente, añade: “básteme prevenir que es posible leerlo como directa narración de hechos novelescos y también de otro modo”.

En el corto relato, describe el accidente que sufre Juan Dahlmann, cuando ejercía como secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba (Buenos Aires), cargo similar al que también desempeñaría Borges hasta el ascenso de Juan Domingo Perón a la Presidencia (1946). “En los últimos días de febrero de 1939, algo le aconteció “ a Dahlmann, relata el narrador.

Este personaje había conseguido, esa tarde, un ejemplar “descabalado” de las Mil y unas noches , una de las obras preferidas de Borges.

“Ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente (…). La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó cerrar le habría hecho esa herida”. Juan Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y desde aquella hora “el sabor de todas las cosas fue atroz”.

“La fiebre lo gastó y las ilustraciones de las Mil y unas noches sirvieron para decorar pesadillas –apunta–. Amigos y parientes lo visitaban y con exagerada sonrisa le repetían que lo hallaban muy bien. Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y lo maravillaba que no supieran que estaba en el infierno. Ocho días pasaron como ocho siglos. Una tarde, el médico habitual se presentó con un médico nuevo y lo condujeron a un sanatorio de la calle Ecuador porque era indispensable sacarle una radiografía (…). En cuanto llegó, lo desvistieron, le raparon la cabeza, lo sujetaron con metales a la camilla, la iluminaron hasta la ceguera y el vértigo, lo auscultaron y un hombre enmascarado le clavó una aguja en el brazo.

”Se despertó con náuseas, vendado, en una celda que tenía algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la operación, pudo entender que apenas había estado, hasta entonces, en un arrabal del infierno (…). En esos días, Dahlmann minuciosamente se odió. Odió su identidad, sus necesidades corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de morir de una septicemia, Dahlmann se echó a llorar, condolido de su destino”.

Según el relato, “las miserias físicas y la incesante previsión de las malas noches”, no le habían dejado pensar “en algo tan abstracto como la muerte”. Otro día el cirujano le dijo que se estaba reponiendo y que podía ir a convalecer a su estancia. El día prometido llegó. Una mañana, aún cuando la ciudad “no ha perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche”, un automóvil lo llevó a la estación. De camino, el personaje va registrando las esquinas, las carteleras y “los modestas diferencias de Buenos Aires”, como si fuera una despedida definitiva de la ciudad. Ese día retomaría el camino, en el tren, hacia el trágico destino que lo esperaba, contrario a su sueño: “mañana me despertaré en la estancia”, a donde se dirigía.

Rodríguez Monegal, a la vez, aventura una segunda lectura de El Sur . En vez de morir peleando en absurdo duelo, con clara desventaja, con unos cuchilleros borrachos que lo provocan en un bar a donde ha parado a descansar, Dahlmann muere antes: “Realmente, en la sala de operaciones, mientras delira con el imposible retorno a sus raíces”.

A pesar de la “simplicidad de la escritura y de la aparente unilateralidad del argumento, este cuento es uno de los más complejos de Borges”.

El primer cuento

Ahí el biógrafo también refuta en parte al autor. Asegura que Borges erraba al afirmar que Pierre Menard, autor del Quijote , sería su primer cuento, pero no se equivocaba en otro aspecto: nunca había intentado “un texto tan complejo” como ese que le daría renombre internacional.

“Como parodia de la vida literaria –añade el crítico–, (Pierre Menard) es uno de los textos más brillantes que haya practicado Borges”, con rasgos de Mallarmé, Valéry y Miguel de Unamuno y “ecos de reconocidas mecenas de la vida literaria rioplatense”.

Como antecedente narrativo de Pierre Menard , el crítico uruguayo cita Hombre de la esquina rosada (1933), que publicó con el seudónimo de F. Bustos, tercera versión de un duelo a cuchillo en la última década de 1800. La primera versión de este relato es Historia policial (1927) y la segunda Hombres pelearon (1928). La primera publicada en el periódico Martín Fierro y la segunda en su libro de ensayos E l idioma de los argentinos .

No obstante la popularidad de la tercera versión, “Borges ha declarado que no le gusta por sus excesos de jerga y color local”, “una de sus pocas narraciones de asunto explícitamente sexual”, afirma Rodríguez Monegal.

Es posible que esa fuera de una de las razones por las que prefiriera ignorar ese texto y poner como referencia a Pierre Menard para el arranque de su vida de narrador. Añade que “años más tarde escribió un cuento muy superior sobre una mujer disputada por dos hermanos” ( La intrusa , 1966), una temática parecida a Hombre de la esquina rosada .

“El uso de seudónimo en la primera publicación de Hombre de la esquina rosada , permitió a Borges ocultar a sus padres no solo el hecho de que escribía sobre temas obscenos y arrabaleros, sino que estaban contando cuentos”, especula el crítico. Hay que recordar la intimidante timidez que padeció Borges durante buena parte de su vida y que tuvo que afrontar cuando quedó desempleado y, para sobrevivir, se vio obligado a dar conferencias, que ensayaba repetidamente con su madre, Leonor Acevedo (1876-1975), hasta memorizarlas.

Vale la ocasión para destacar también la huella de su vida, de sus sueños, de sus pesadillas y de sus obsesiones, que deja el escritor en cada uno de los protagonistas y de sus obras, como este Borges caso en Juan Dahlmann y El Sur . En mayor o menor grado, en cada uno de esos personajes inevitablemente está el ADN del autor.