Por: Víctor Hurtado Oviedo 3 mayo, 2015
Los eclipses trabajan en favor de la ciencia: tres demostraron que es cierta la teoría general de la relatividad.
Los eclipses trabajan en favor de la ciencia: tres demostraron que es cierta la teoría general de la relatividad.

Los astrónomos son los spoilers de los eclipses de Sol: sin que se lo preguntemos, se pasan la vida revelando cuándo y dónde se producirá un eclipse, así que nos matan la sorpresa de asustarnos y la divertida experiencia de escuchar a los vecinos cómo gritan públicamente sus pecados para que Satanás no se los cargue como almas que lleva el diablo cuando se acaba el universo.

Como suele ocurrir, el mundo no se ha acabado nunca, pero ya se profirieron tales confesiones, el mal está hecho, y el vecindario tiene materia prima para comentar hasta el próximo eclipse.

Los astrónomos siguen a la Luna porque ella tiene el hábito de salir de noche: quieren saber qué hace, con cuáles satélites se junta. Antes, esto no preocupaba tanto, pero todo cambió porque hoy se sabe que la Luna se aleja de la Tierra 3,8 centímetros por año. Así, llegará el día en la noche en la que nos quedaremos sin enamorados pues, como se sabe, los enamorados viven en la Luna.

La Luna es un ser muy superficial pues carece de atmósfera, y sus cadenas de montañas nos hacen recordar las de Mercurio, lo cual es un mérito porque nunca hemos estado en Mercurio.

La Luna es famosa por los eclipses de Sol. En la mitología de la retórica, la Luna es el astro patrono del espontáneo-eclipsador de las conferencias porque, después de que el expositor ha agotado su tiempo y nuestra paciencia; luego de que ha terminado con su discurso y con nosotros, el charlista lanza esta pregunta-suicidio: “¿Hay preguntas?”.

En tal momento, el espontáneo surge de entre el bosque dormido del público para eclipsar al conferenciante con una pregunta-discurso que se cronometra con calendario. El espontáneo conquista así sus cuatro quince minutos de fama que nos garantizó Andy Warhol a los desconocidos de siempre. Cómo seremos de desconocidos, que nadie sabe que ya tuvimos nuestros quince minutos de fama.

Aunque haya sido a obscuras, los eclipses han trabajado en favor de la ciencia, y tres de ellos demostraron que es cierta la teoría general de la relatividad.

Albert Einstein había postulado que, aunque la luz parece volar en línea recta, se curva como un arco si roza un objeto de gran masa, como el Sol; pero ¿cómo podía demostrarse esto?: durante un eclipse de Sol. Las estrellas más cercanas a él parecerían fuera del lugar que presentan normalmente en la noche, y así ocurrió.

De los tres experimentos, uno fue especialmente ejemplar pues quien lo realizó, el británico Arthur Eddington, era como Einstein en algo más que en el amor por la ciencia: siendo pacifistas, habían soportado el odio patriotero en sus propios países (Gran Bretaña, Alemania) durante la Primera Guerra Mundial.

Arthur Eddington fue cuáquero y, por tanto, objetor de conciencia y se negó a combatir. Durante la Gran Guerra, Eddington planeó la expedición que probaría el acierto de un “enemigo”, y lo logró.

Años después, en su libro Mi visión del mundo , Einstein escribió: “Matar en una guerra no es mejor que un vulgar asesinato”.