Objetor. La imagen de ‘Don Pepe’ como redentor fue rechazada por un historiador norteamericano

 3 agosto, 2014
Ravi Shankar dio a conoce la música de la India en occidente. El legendario sitarista falleció a los 92 años el 11 de diciembre de 2012.
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En mayo de 1948, bajo el seudónimo Barnaby (Alberto Cañas), La Nación publicó una serie de reportajes que se enfocaron en describir la Guerra Civil de 1948 con base en el testimonio de algunos soldados figueristas. Barnaby presentó la Guerra Civil como una lucha heroica peleada por un “puñado de muchachos” que habían sido guiados por un “hombre de fe”: José Figueres. Describió varias fases de la guerra y enfatizó en el coraje y la determinación de los figueristas.

Casi al mismo tiempo, Óscar Cordero, un soldado figuerista, publicó el diario que escribió durante su participación en la Guerra Civil. Cordero presenta la Guerra Civil como el alzamiento del pueblo costarricense en contra de la tiranía de Calderón Guardia. Los figueristas son reconocidos como héroes que habían derrotado a las “fuerzas malignas del demonio”.

Para finales de 1948, cosas parecidas aparecieron en un panfleto que describía la guerra como una lucha entre el bien (los revolucionarios) y el mal (los calderocomunistas), dicotomía analizada por Manuel Solís en múltiples testimonios del 48 (como los citados).

Se aseguraba que la violencia había sido perpetrada por los seguidores de Calderón Guardia, y la revolución se presentaba como la última oportunidad para restaurar la democracia en Costa Rica.

Las narraciones publicadas en los meses inmediatos a la Guerra Civil crearon la base sobre la que se levantó la versión oficial de los ganadores del conflicto bélico, pero la figura de Figueres recibió más atención en la década de 1950.

Don Pepe. Esa mayor atención se produjo como consecuencia de la creación del Partido Liberación Nacional (PLN) en 1951. Figueres se lanzó como candidato del PLN a las elecciones de 1953 y gobernó el país hasta 1958 (también entre 1970 y 1974).

Durante ese periodo se consolidó oficialmente la figura de Figueres como un caudillo-héroe que había salvado a la nación. En 1953, el PLN publicó un panfleto con el formato de historieta de superhéroes con el objetivo de presentar a Don Pepe como el libertador de Costa Rica.

José Figueres aparece en la inaugu ce en la inaugu ce en la inauguassjda asjdb 56.
José Figueres aparece en la inaugu ce en la inaugu ce en la inauguassjda asjdb 56.

En ese mismo año, Hugo Navarro Bolandi publicó en México un libro (José Figueres en la evolución de Costa Rica) que presentó a Figueres como el productor de una de las más grandes transformaciones de Costa Rica.

Ese culto a Figueres se fortificó con tres libros publicados en la década de 1950, escritos por colaboradores, familiares o seguidores del líder: Alberto Cañas (Los 8 años), Arturo Castro Esquivel (José Figueres: el hombre y su obra) y Hugo Navarro Bolandi (La generación del 48. Juicio histórico sobre la democracia costarricense).

La interpretación reseñada se convirtió en la versión oficial del PLN para explicar la década de 1940 y para establecer el lugar de ese periodo en la historia de Costa Rica.

A medida que el PLN ganaba poder electoral, sus seguidores continuaron presentándolo y defendiéndolo como un partido ideológico fundado sobre la base de elecciones libres y en contra de la corrupción. Ni Figueres ni muchos de sus seguidores aceptaron una versión diferente de la Guerra Civil de 1948.

Crítica. José Figueres fue deportado en 1942 luego de leer un fuerte discurso contra el gobierno de Calderón Guardia. Después de vivir su exilio en México, regresó a Costa Rica en mayo de 1944.

En 1955 Castro Esquivel describió el retorno de Figueres como el de un “héroe”. Para él, los años que Figueres vivió en México habían constituido un tiempo para meditar sobre el país.

Castro dice que, una vez que Don Pepe se enteró del resultado de las elecciones de 1944, se puso furioso “como un león”, así que decidió dejar México para cumplir su gran meta. Así, Castro Esquivel presenta el regreso de Figueres como el de un salvador y un héroe que redimiría al país.

Para finales de la década de 1960, en sus tesis, los historiadores Óscar Aguilar Bulgarelli y John Patrick Bell pusieron en duda aquella perspectiva y demostraron los vínculos que Figueres había desarrollado con otros centroamericanos que se encontraban en México y sus planes de derrocar algunos gobiernos del istmo.

Bell detectó una dimensión fundamental presente en el regreso de Figueres al país. Durante su exilio, Figueres llegó a convertirse en un símbolo de la resistencia a la “tiranía de Calderón Guardia”.

En efecto, los grupos que se oponían al gobierno de Teodoro Picado transformaron el regreso de Figueres en un hecho que marcaría la historia de Costa Rica. Al apuntar la dimensión simbólica de la llegada de Figueres, Bell también se percató del fuerte vínculo que había entre la violencia y el discurso de Don Pepe.

Bell indicó: “Figueres regresó del exilio el 23 [sic: 21] de mayo de 1944… hizo un discurso desde el balcón del Diario de Costa Rica… en el cual atacó a Calderón Guardia y se lamentó del estado de ‘deshonra y pobreza’ en que había encontrado a Costa Rica.”

”A la violencia había que responder con la violencia… Pidió a los costarricenses que recordaran las glorias de 1856 y 1918… Dijo que había valor en las discusiones políticas, pero mantuvo que la acción política no llevaría a una transferencia del poder. Creía que el único veredicto que las fuerzas gubernamentales reconocerían era de naturaleza militar”.

Conspirador. Además, Bell detectó el intento de difundir la imagen de Figueres como la de un salvador, acción llevada adelante por sus amigos que habían fundado el periódico Acción Demócrata y un partido político con el mismo nombre. Según Bell, el objetivo del periódico y del partido era respaldar y justificar el plan de insurrección de Figueres.

Así, Bell fue el primer investigador que reconoció un proceso fundamental en la construcción de la violencia que llevó a la Guerra Civil de 1948: la fortificación de un grupo que estaba dispuesto a rechazar la política y a cambiarla por armas que permitieran llevar adelante una revolución.

Bell añadió que el plan de Figueres era trabajar en varios niveles, entre ellos: mantener la actividad política, pero en “toda ocasión oportuna, se debía adoctrinar a la Oposición sobre la futilidad de las elecciones, y orientarla a asociar la idea de revolución con la figura de Figueres”. Además: “Hacia oDavid Díaz Ariasctubre de 1946, Acción Demócrata sugirió un nuevo lema: Elecciones no, Rebelión sí”.

El resultado de esos hallazgos es que Bell no creyó en la imagen de Figueres acentuada durante la década de 1950 por sus seguidores, y más bien trató de inspeccionarla en los documentos, para lo cual quizás lo haya ayudado algo que Iván Molina ha destacado con respecto al análisis de Bell sobre la reforma social: Bell prescindió de testimonios orales en su trabajo. En ese sentido, los protagonistas que estaban vivos cuando escribía, no influyeron en su interpretación.

Para Bell, Figueres “fue primero que todo un conspirador y, como tal, trabajó en varios niveles. Sus metas básicas eran simples: él se convertiría en el árbitro de los destinos de la nación, y Calderón Guardia y el calderonismo serían eliminados como factores en la vida nacional”. ¿Cómo recibieron los figueristas esos hallazgos? Eso será tema de otro artículo.

El autor es profesor catedrático de Historia de la UCR

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Aclaración

Agradezco al historiador Iván Molina la llamada de atención que publicó en la sección de opinión de La Nación el 12 de junio sobre mi artículo “Los Mariachis y la Huelga de 1947” incluido en Áncora el 1 de junio.

Molina indicó que mi artículo no citó los principales trabajos existentes sobre la Huelga de Brazos Caídos y que no se veía la diferencia entre esos aportes y lo que mi artículo relataba.

Es importante aclarar que al preparar el artículo para Áncora y darle un sentido periodístico, borré las referencias que tenía al pie de página de los autores que Molina citó (especialmente John Patrick Bell) y no me preocupé por incluirlas en el texto.

El artículo intentaba ser divulgativo más que novedoso en términos historiográficos y en mi intento por sintetizar lo encontrado en La Tribuna y el Diario de Costa Rica dejé los hechos principales que ya habían sido señalados por aquellos autores.

Como parte de la Escuela de Historia de la Universidad de Costa Rica, comprometida con la originalidad y el desarrollo de la historiografía centroamericana y en donde diariamente se les insiste a los estudiantes y tesiarios sobre la necesidad de citar sus fuentes y sus antecesores e identificar correctamente sus hallazgos frente a lo conocido, reconozco que debí preocuparme más por la referencia y el crédito a esos autores aunque fuese un artículo de periódico.

Es un asunto que no debe ocurrir más. Ojalá, como indica Molina, que los artículos de divulgación siempre tomen en cuenta la referencia a autores y a obras que resulten relevantes para la interpretación historiográfica.

David Díaz Arias