Los malditos es una denuncia calculada en el FIA 2017

 9 julio
Los malditos se enfoca en un periodista que debe esclarecer una muerte. Cortesía de Prensa CEPAC
Los malditos se enfoca en un periodista que debe esclarecer una muerte. Cortesía de Prensa CEPAC

Cuando un actor le traslada la totalidad de su ser a un personaje, emerge la verdad escénica. Sin embargo, ni el compromiso, ni la técnica, ni la inventiva pueden suplir lo que el cuerpo del intérprete no tiene. Por ejemplo, no hay verdad en el histrión veinteañero que hace de adulto mayor o viceversa. En otras palabras, lo que no está en el cuerpo de un actor no puede fabricarse sin ser percibido como artificial.

Menciono lo anterior porque este montaje no logra balancear sus buenas intenciones con su honestidad artística. En Los malditos, seguimos a Armando, un periodista que se une a los inmigrantes Malika y Dieudonné para esclarecer el homicidio de Aida, una africana atrapada en las redes de la trata de personas. Mientras tanto, Armando realiza un documental que condena las injusticias del poder económico y político contra los oprimidos del mundo.

La posición ideológica del espectáculo es loable, pero no pasa de ser un reconfortante discurso sobre la necesidad de visibilizar a los menos favorecidos. Aparte de esto, no hay indicios en el cuerpo de los intérpretes que nos remitan al dolor de esos a quienes Armando llama "los malditos". Lo que uno ve son actores instalados en la comodidad de sus personajes, soltando floridos parlamentos con fachada de denuncia.

Esta brecha entre cuerpo y discurso se acrecienta con la utilización de una enorme estructura cuadriculada que gira sobre su eje horizontal para posibilitar diversas configuraciones espaciales. Por momentos, facilita la proyección de dibujos animados; luego se transforma en una red aérea a través de la cual circulan los intérpretes y además funciona como soporte para generar sombras.

El dispositivo es un medio eficaz a la hora de crear atmósferas, pero demanda la constante atención del elenco para reposicionarlo. De esa manera, la estructura se convierte en un fin en sí mismo o, peor aún, en un recurso productor de imágenes efectistas que terminan por edulcorar la brutalidad de los temas tratados.

En una escena climática, el congoleño Dieudonné le dice a Armando que nunca tocará el corazón de su público si no abandona la palabrería hueca. De inmediato, uno se hunde en la butaca debido a que la frase describe con exactitud lo que está sucediendo en el escenario. A los malditos no solo los torturan, violan o mutilan. Ahora, también los invocan para ofrecer cátedra de consciencia social.

Después de noventa minutos sufridos, los malditos no terminaron de aparecer. No estuvieron en la mirada de Armando, ni en la piel prostituida de Malika y menos en la saludable anatomía de Dieudonné. Eso sí, los vimos naufragar en las frases rimbombantes, en las buenas intenciones que siguen empedrando infiernos y en la denuncia calculada para no incomodar más de lo necesario.

Finalmente, los malditos se quedaron donde siempre han estado, a saber, muy lejos de los buenos parroquianos que vamos al teatro y aplaudimos estas obras por permitirnos hacer catarsis burguesa. Sin duda, no hay nada mejor que sentirnos en sintonía con los artistas y sus preocupaciones humanitarias de escala global. Si a veces algunos espectáculos decepcionan es porque se les ha olvidado ser verdad.

FICHA ARTÍSTICA

Dirección: Mario VegaTexto: Antonio Lozano

Elenco: Gustavo Saffores, Emilio Buale, Soraya G. Del Rosario, Quique Fernández Dirección de animación: Juan Carlos Cruz

Iluminación: Ibán NegrínEspacio escénico: Mario Vega

Vestuario y caracterización: Nauzet Afonso

Dirección de producción: Ana Belén Santiago

Dirección y composición músical: José BritoInterpretación musical: Orquesta Universitaria Maestro Valle de la

ULPGG Producción: Unahoramenos Producciones (España)

Espacio: Teatro Popular Melico SalazarFecha: 6 de julio de 2017

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