Teatro político: Sueño de unos reyes tomó Gráfica Génesis.

 5 febrero, 2015

Sueño de unos reyes constituye un claro ejemplo del teatro performático. Esta modalidad se caracteriza por la presencia en escena de diversos lenguajes artísticos (música, danza, artes visuales, audiovisuales, etc.) y por el interés de generar emociones tan genuinas como las que provoca la realidad. Ya no es tan relevante el texto dramatúrgico, sino la vivencia de un "ahora" que construyen –en conjunto y en complicidad– espectadores e intérpretes.

La obra explora las vivencias de los chilenos expatriados por la dictadura militar de Pinochet (1973-90). Además, reflexiona sobre las transformaciones que ocurren en la identidad de quienes terminan conviviendo como resultado de este éxodo forzado. En el caso de Costa Rica, la llegada de exiliados chilenos incidió de manera profunda y positiva en el desarrollo de nuestra cultura.

Gráfica Génesis fue tomada en su totalidad por la obra. Tarimas ubicadas en los extremos del edificio establecieron los puntos cardinales de una geografía escénica que también aprovechó los espacios restantes. Cada acontecimiento planteó un foco de atención que obligó a los espectadores a desplazarse de un lugar a otro. En procesión incómoda –metáfora del viaje hacia el exilio– el público tuvo que agenciárselas para observar como mejor pudiera.

En esta circunstancia –alejada del confort que se le pide a las salas de teatro–, Sueño de unos reyes depositó la aspereza del tema principal en el cuerpo y en la sensibilidad del público. El espectáculo no dio tregua ni margen para la comodidad. La saturación de estímulos y el movimiento constante por todo el espacio borraron la frontera que suele ubicar en planos diferentes al elenco (ficción) y a la audiencia (realidad).

La temática del exilio se expresó a través de múltiples recursos. Las instalaciones de video ayudaron a contextualizar la época de la represión militar con imágenes del bombardeo de La Moneda, en 1973. Destacan, además, retratos de familia y programas televisivos antiguos.

Por otra parte, el equipo actoral presentó escenas de alta intensidad dramática. Por ejemplo, vimos, entre otras, una “quema” de libros o la detención colectiva de unos jóvenes. A un cantante acompañado por una chelista le correspondió interpretar una canción con sabor a lamento y un bailarín parodió –con sus movimientos estilizados– a un soldado y a un político corrupto. ¡Artes distintas al servicio de un mismo concepto!

En uno de los pasajes más emotivos de la noche, un actor grita el nombre de varias personas desaparecidas o asesinadas por la dictadura. Las caras de las víctimas están frente a nosotros, impresas en carteles, retando al olvido, que es una variante del exilio. Los sentimientos emergen. Nadie –aparte del pregón– se atreve a hablar. Cada nombre resuena con la fuerza de una letanía. De ese modo, la emoción compartida le da unidad a este espectáculo hecho de fragmentos.

En Sueño de unos reyes no hay anécdota, pero sí hay Historia. Así –con mayúscula– porque el exilio forzó encuentros que reconfiguraron el devenir de América Latina. Constancia de lo anterior es el video de cierre con imágenes de artistas chilenos que llegaron a este país durante la década de los setenta. Sus apellidos son hitos del teatro costarricense: Astica, Gaete, Katevas, Rojas, Perucci y Barahona. También, Venegas, Bunster, Durán, Sieveking, Castro y Zúñiga. Exiliados para nuestra fortuna. ¡Vaya paradoja! Y es que cuando los seres humanos tienden puentes –obligados o voluntarios– la historia del origen se convierte en la historia del destino.