El espectáculo asume, con inteligencia, el tema de la diversidad sexual

 8 abril
La comedia lleva al público a meditar sobre las diferencias y la tolerancia. Cortesía de Juan José Flores
La comedia lleva al público a meditar sobre las diferencias y la tolerancia. Cortesía de Juan José Flores

Nadia y Allan se han establecido juntos, en San José, a fin de seguir sus estudios universitarios. Oriundos de un pueblo conservador y amigos desde la infancia, encuentran, en la capital, un espacio donde vivir su sexualidad a plenitud, pues ella es lesbiana y él es gay . A pesar de ello, insisten en esconder su orientación para evitar problemas con sus familias.

La llegada repentina de Lizbeth –madre de Nadia– y Rómel –padre de Allan– trastorna la vida de los jóvenes y la de sus respectivas parejas. Para encubrir sus preferencias, Allan y Nadia se inventan falsas relaciones amorosas. Sin embargo, esta simulación desata una serie de peripecias que terminarán por destapar las mentiras de los muchachos y, de paso, varios secretos de sus progenitores.

El espectáculo recurre a la estructura básica de la comedia de enredo o de equívocos (un ocultamiento rompe el equilibrio vital de los personajes; surge el conflicto; la verdad se impone; se regresa a un nuevo equilibrio). Esto permite el desarrollo de una comicidad trepidante, aunque el mayor logro del director y dramaturgo, Walter Fernández, consiste en intercalar una línea discursiva que valida las identidades alejadas de la heterosexualidad.

Fernández abre paréntesis en la trama para darle margen a segmentos dramáticos.

Son muy claros los “apagones cómicos” en los cuales la hilaridad de la platea es sustituida por silencios reflexivos. Las confesiones de los personajes y las respuestas de sus más cercanos se vuelven ejemplo de una respetuosa aceptación de las diferencias.

Si bien es cierto que el público aplaudió la propuesta, es evidente que la obra tiene muchas oportunidades de crecimiento. Apreciamos numerosos tropiezos en la emisión de los diálogos, intérpretes desconcentrados y baches (pausas innecesarias) en algunas entradas y salidas de escena.

Aún falta trabajo en la precisión, el ritmo y el diseño de personajes. Sobre este último punto, no entendí si la ausencia de expresividad de Nadia era parte de su temperamento o una estrategia actoral basada en la renuncia a la caracterización para enfatizar el discurso del personaje. En cualquier caso, la actriz estuvo en un registro interpretativo diferente al resto de sus pares.

Mentiras añejas presenta un tema serio revestido de comicidad sin que, por ello, se trivialice la línea ideológica del montaje. Al contrario de lo que me ha tocado sufrir en otras salas donde se estigmatiza la diversidad, valoro, positivamente, este proyecto.

Aquí se ejemplifica la gran distancia que hay entre reírse de un conflicto bien planteado o burlarse de alguien por su preferencia sexual y su forma de exteriorizarla.

El Teatro entretiene, genera emociones y promueve valores, pero también puede normalizar prejuicios y estereotipos. En Costa Rica, las dos vertientes conviven en todos los sectores de las Artes dramáticas. Por este motivo, aprovecho mi reseña para afirmar que el talento o la pericia –sin inteligencia y responsabilidad– no bastan para sustentar una labor escénica que aspire a trascender.

FICHA ARTÍSTICA

Dirección y dramaturgia: Walter José Fernández

Actuación: Ana Lucía Rodríguez, Carmen Arias, Leo Ocampo, Alberto Murillo, Wendy Campos

Voz en off: José Arceyuth

Escenografía: Ronal Villar “Chumi”

Técnico de luces y sonido: Diego Mora

Coproducción: Teatro Coluche / Walter José Fernández

Espacio: Teatro Coluche

Fecha: 25 de marzo del 2017