‘Corazón de leona’ es un drama familiar cercano –en su moraleja– a la parábola del hijo pródigo. La trama se desarrolla en la sala de la humilde casa de Maritza. Un sofá y dos mamparas en diagonal circunscriben el espacio.

 27 febrero, 2016
Adriana Zúñiga y Caterina Ariza protagonizan Corazón de leona en el Teatro Atahualpa del Cioppo. Isaac Talavera para La Nación
Adriana Zúñiga y Caterina Ariza protagonizan Corazón de leona en el Teatro Atahualpa del Cioppo. Isaac Talavera para La Nación

Maritza –una madre y jefa de hogar– debe operarse a raíz de una grave enfermedad. Carmen –su hija quinceañera– la apoya, pero complica la situación al quedar embarazada. La gravidez de la adolescente genera tensiones entre ambas por lo que Carmen abandona su hogar. Meses después, regresará luego de negarse a abortar, tal y como se lo ha sugerido su pareja.

Este es el nudo de Corazón de leona , un drama familiar cercano –en su moraleja– a la parábola del hijo pródigo. La trama se desarrolla en la sala de la humilde casa de Maritza. Un sofá y dos mamparas en diagonal circunscriben el espacio. Al fondo, una tela blanca funciona a modo de ciclorama para la proyección de sombras chinescas.

Este recurso abre el espectáculo y anticipa una escena cercana al clímax: el diálogo esperanzado de madre e hija antes de la operación. Este juego de saltos temporales resulta interesante, pero no tiene desarrollo posterior pues el resto del montaje avanza de manera lineal. Por otra parte, la elección de una tela traslúcida hace que, además de las sombras, veamos a las actrices en el contraluz. Esto limita el efecto buscado.

La música opera en dos niveles. En el fuera de campo (incidental), acompaña y subraya los sentimientos de los personajes. En escena, emerge de una radiograbadora que las mujeres usan para alegrarse, rememorar vivencias o expresar sus estados de ánimo. El íntimo ligamen entre los temas musicales y el mundo interno de Maritza y Carmen nos remonta a los orígenes del melodrama, entendido como un drama musicalizado.

El desempeño de las actrices es notable por su habilidad para sostener un conflicto teñido de emociones fluctuantes. Zúñiga y Ariza no empujan su trabajo hacia el sentimentalismo obvio. Sin embargo, hay un problema en el hecho de que ambas intérpretes reflejan una edad parecida. Los espectadores se ven obligados a aceptar como verosímil un vínculo de madre e hija que para nada lo es.

Debe señalarse que toda propuesta escénica supone un contrato tácito entre elenco y público. Este pacto permite asumir como verosímil o no la ficción representada. Dependiendo del estilo o género en el que se enmarca la obra, así varían las expectativas y concesiones de la audiencia. Por ejemplo, de un espectáculo realista se espera la mayor fidelidad (mímesis) con la realidad fáctica.

Al contrario, en un montaje del absurdo se esperaría la ruptura o perversión de esa realidad. En el caso de esta obra, forzar la edad de la madre debilita el contrato ficcional. El espectador acepta la propuesta porque no tiene más remedio, pero eso no implica que logre ver a una hija y a su progenitora. Lo que termina viendo es a las actrices y no a sus personajes.

A partir de ese punto, el espectador se distancia y no logra identificarse con lo sucedido. La ilusión se resquebraja y se nota forzada. Donde había un universo de ficción solo quedan los ecos de diálogos enunciados, pero no encarnados. Si uno va al teatro para ser voluntariamente inducido a engaño, más valdría que el truco sea eficaz. A fin de cuentas, cuando un engaño es sólido, acaba convertido en verdad.

Y la verdad siempre se agradece.

FICHA ARTÍSTICA

Libreto, dirección y plástica escénica: Carlos PaniaguaElenco: Adriana Zúñiga, Caterina ArizaProducción: Teatro AvellanaEspacio: Teatro Atahualpa del Cioppo (Universidad Nacional)Función: 19 de febrero de 2016