Por: Víctor Hurtado Oviedo 2 noviembre, 2014

Algunos escritores se meten en nuestras vidas como si uno no pudiera aburrirse solo. No irrita su tedio, sino su falta de confianza, su vano intento de llenar nuestro vacío con el suyo. El aburridor es otro Moisés porque, tras dedicarle cuarenta años a la lectura de uno de sus libros, nos abandona en medio de un desierto. El desierto es el microondas del Sol.

No hay cómo salir de un desierto pues carece de puertas; ni siquiera han puesto esquinas por las que podamos orientarnos. Además, preguntar una dirección a un camello no lleva a ninguna parte debido al problema del lenguaje, y sería raro que, por nosotros, el camello se saltara la barrera del idioma.

El problema del tedio nos lleva de la mano hacia el estilo, y el estilo hacia Monsieur Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon (1707-1788), porque se le atribuye esta célebre sentencia: “El estilo es el hombre”.

El apellido Buffon es algo que no tiene nombre, pero, en verdad, Buffon se llama una villa francesa situada en una de las largas haciendas de Georges-Louis, y el rey Luis XV le inventó el condado de Buffon. El invento de títulos nobiliarios es el creacionismo de los reyes.

En 1753, en su Discurso sobre el estilo –de admisión en la Academia Francesa–, el conde pronunció la sentencia “Le style est l’homme même”, que equivale a “El estilo es el hombre mismo”.

Sin embargo, aquella resulta ser una idea estéril pues no define nada. Obviamente, el estilo es el producto de la persona que tiene ese estilo: esto se llama “tautología”.

En 1911, el traductor mexicano Manuel Gustavo Revilla (1863-1924) postuló otra hipótesis. Según él, hay tres versiones del mismo discurso francés, y en una se lee (traducido): “El fondo [de un escrito] está fuera de la personalidad, mientras que el estilo es del hombre”.

Para Revilla, ello tiene más sentido; no obstante, eso es otra obviedad porque el estilo siempre es del autor, salvo que sea un plagiario.

El plagiario es quien se da cuenta de que otro tiene mucho que decir y que habría que ayudarlo.

Es irónico que Buffon sea recordado más por una sentencia equívoca que por su obra de naturalista, presa e impresa en los 44 volúmenes de su Historia natural , monumento de papel que resiste todo.

En su libro Los descubridores, el historiador Daniel Boorstin dibuja otro Buffon: audaz newtoniano, ansioso por refutar una tesis del obispo James Ussher, quien había calculado bíblicamente cuándo se había creado la Tierra: en el 4004 a. C., el 26 de octubre, a las 9 a. m., con las justas para llegar a la oficina.

Midiendo el tiempo que tardaban en enfriarse unas esferas de hierro, Buffon proyectó ese tiempo al que habría tardado la Tierra en enfriarse, y supuso que tomó 74.832 años: enorme error, sin duda, pero error glorioso pues significó romper el miedo a lanzarse al abismo del pasado con la luz de la razón.

La audacia del iluminista invitó a pensar en la evolución de la Tierra y en la de las especies. “Buffon abrió las puertas del tiempo”, escribe Boorstin. La curiosidad es el estilo del hombre, del ser humano.