‘Breaking Bad’. La notable serie de televisión previene sobre la banalidad de la ambición sin control

 13 abril, 2014

El 29 de setiembre de 2013, más de diez millones de personas se sentaron frente a su televisor a ver el episodio final de la serie televisiva norteamericana Breaking Bad, batiendo varios records de sintonía. Tras ese episodio final, muchos medios y críticosconsideraron que Breaking Bad es la mejor serie de televisión jamás creada.

Breaking Bad es una transfusión de la contemporánea narconovela mexicana al tradicional western gringo, adaptada para la televisión, que narra la transforma-ción de Walter White, un tímido profesor de química de colegio que enferma de cáncer, en “Heisenberg”, un narcotraficante sociópata multimillonario que destruye todo lo que toca.

La serie ha sido elogiada extensamente por su atención al detalle, su atmósfera y su ritmo, su fotografía, su construcción de personajes, por la descripción minuciosa del declive moral de su protagonista y por sus técnicas narrativas; pero la trama –la cadena causal impecable de eventos y acciones– que lleva a Walter White, padre amoroso, a ser Heisenberg, capo asesino, es la razón última por la cual tanta gente terminó enganchada de la serie, esperando el terrible final.

Bryan Cranston interpreta al protagonista: Walter White, un profesor de química de colegio que enferma de cáncer y que incursiona en el narcotráfico.
Bryan Cranston interpreta al protagonista: Walter White, un profesor de química de colegio que enferma de cáncer y que incursiona en el narcotráfico.

La soberbia. Una de las virtudes menos alabadas de Breaking Bad es su insistencia en teñir de significado todo lo que sucede haciendo alusión o referencia a otras obras.

En particular, el significado y el simbolismo de la serie como un todo descansa sobre tres poemas que en diversos momentos iluminan los verdaderos temas de la producción: “Escuché zumbar a una mosca”, de Emily Dickinson; “El sabio astrónomo”, de Walt Whitman, y “Ozimandias”, de Percy Bysshe Shelley.

No es fortuito “Heisenberg”, el apodo que Walter White escoge para sí mismo como alter ego. El principio de incertidumbre de Werner Heisenberg postula la imposibilidad de tener certeza en ciertas mediciones de partículas subatómicas, y ha sido utilizado para refutar la idea del determinismo.

En la cultura popular, tal y como sucede en Breaking Bad, es usual que se utilice como explicación que, ante una realidad inherentemente incierta, no puede haber un marco de referencia suficiente para determinar qué está bien y qué está mal.

En el caso de White (o Heisenberg), la necesidad inicial de proveer de cuidados a su familia ante la muerte inminente, aporta la certeza moral necesaria para incursionar en la producción y la venta de drogas. Sin embargo, esta certeza pronto desaparece ante el surgimiento de una avidez incontrolable de dinero y poder que crecen dentro de White como el cáncer que inicialmente pone en movimiento la trama de la serie.

El cáncer de Walter White, entonces, no es una invención casual. Representa finalmente esa multiplicación incontrolable y destructiva del deseo de crecimiento, de tener siempre más, de lograr más, de ir más allá.

En ese contexto de ambición de dinero y poder, Walter White incurre en lo que se podría ver como la clásica falla del héroe trágico: la arrogancia –la griega “hybris”–. A Walter White no lo alarma su avidez porque cree que tiene todo bajo control.

La caída. El poema “El astrónomo sabio”, que un asistente le recita a su mentor White con admiración –sin saber que este pronto mandará a matarlo–, describe a un astrónomo sabio que, envuelto en los aplausos del público y sus resmas de mediciones, no se da cuenta de que se encuentra lejos de lo que supuestamente cree comprender.

White es precisamente ese “astrónomo sabio” que insiste constantemente en que todo puede ser calculado y controlado, a contrapelo de la incerteza a la que alude su propio apodo: “Heisenberg”.

Uno de los momentos de lucidez introspectiva de White ocurre en el capítulo que es el menos popular según los espectadores: “La mosca”. Este capítulo, de corte dramatúrgico, se desarrolla dentro del laboratorio, y en él solo están presentes White, su asistente Jesse y una mosca que amenaza con contaminar la pureza del proceso de producción de la droga puesta al cuidado de White.

Durante un monólogo shakespeareano, White se pregunta si ha vivido demasiado, si el momento de tener una buena muerte ha pasado. Llega a la conclusión de que será excesivo todo lo que sucederá después de que hubo dejado morir deliberadamente a la novia inocente de Jesse. En efecto, este es el comienzo de la precipitación moral de White hacia Heisenberg.

En el poema de Dickinson, la mosca representa la muerte. La mosca reaparece en la temporada final para recordar que ningún imperio es más poderoso que el de la muerte, ante quien cualquier trabajo humano es inútil.

La fugacidad del poder. El poema “Ozymandias”, de Shelley, describe una gran estatua situada en medio de un desierto; su inscripción reza irónicamente: “Yo soy Ozimandias, rey de reyes. ¡Contemplen mis obras, oh, poderosos, y desesperen!”.

Luego se viene abajo el gran imperio soñado por White, quien ha olvidado su preocupación inicial por sus seres amados. Matan a su cuñado, le roban el dinero, esclavizan a su subalterno y él termina en el exilio.

En un giro irónico, lo único que White logra rescatar para su familia es lo que originalmente había calculado que era “necesario” cuando empezó a producir la droga con el cáncer como excusa. Predicha por la mosca, su muerte ocurre por su propia mano en un fallo de cálculo de uno de los planes “geniales” de White.

Ese es un momento de justicia poética, en el que la incerteza de la realidad se convierte en la némesis de White y le otorga la retribución que ha venido cortejando durante toda la serie.

Todo huye. Los poemas que soportan la estructura mayor de la serie nunca son el centro de atención del relato. Igual que White, la serie no se detiene a sopesar con seriedad el significado de sus actos y los eventos que lo rodean. No es casual que el episodio preferido sea el de Ozymandias, lleno de acciones que atan cabos sueltos.

En cambio, el episodio menos popular es “La mosca”, una meditación notoriamente oscura y carente de trama sobre la banalidad de la vida ante la muerte. La preocupación del público espectador ha sido siempre la solución de la incerteza de la historia narrada.

La grandeza de la serie Breaking Bad reside en ser la paradoja de una serie narrada con una cadena de causalidad impecable que da certeza total al espectador, pero que a la vez se basa en la incerteza y lo que esa carencia de marco moral produce. Es una historia que se contradice a sí misma a cada paso.

Breaking Bad es una historia que previene sobre la banalidad de la ambición sin control y sobre la destrucción que esta puede acarrear.

Durante los años que se produjo la serie, la economía mundial sufrió una aguda crisis. Este tipo de historias parece surgir en los tiempos de incertidumbre, como lo hizo El gran Gatsby durante los años 30. No es casual que Gatsby haya sido reelaborada para el cine en el 2013.

El hombre, enamorado de su intelecto, cree que la ciencia explica el universo y que le da poder sobre él, pero la ciencia no es más que una descripción pasajera de la mecánica universal.

Las arenas del tiempo se mueven bajo las bases de los imperios humanos. Todo es transitorio. La muerte, niveladora, hace iguales a todos los hombres y los devuelve a la nada de donde provienen, con las manos vacías.

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Traducción de los poemas aludidos:

Escuché zumbar a una mosca

Escuché zumbar una mosca. Al morir la quietud del cuarto, era como la quietud del aire entre los sobresaltos de la tormenta.

Los ojos que me rodeaban se habían vaciado, las respiraciones se unían firmes para la última ceremonia en la que el Rey aparecería en el cuarto.

Yo había legado mis recuerdos, legado todo lo que podía transferir de mí. En ese momento fue cuando se interpuso una mosca: azul, zumbaba; indecisa, tropezaba entre la luz y yo, y luego las ventanas declinaron, y luego no pude ver para ver.

Emily Dickinson

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Ozymandias

Conocí a un viajero de una tierra antigua que dijo: “Dos enormes piernas pétreas, sin su tronco, se yerguen en el desierto. A su lado, en la arena, semihundido, yace un rostro hecho pedazos, cuyo ceño y cuya mueca en la boca, y desdén de frío dominio, cuentan que su escultor comprendió bien esas pasiones, las cuales aún sobreviven –grabadas en estos inertes objetos– a la mano que se mofó de ellas y al corazón que las alimentó.

En el pedestal se leen estas palabras: “Yo soy Ozymandias, rey de reyes: ¡Contemplen mis obras, oh, poderosos, y desesperen!”.

No queda nada a su lado. Alrededor de las ruinas de ese colosal naufragio, infinitas y desnudas se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas.

Percy Bysshe Shelley

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El sabio astrónomo

Cuando escuché al sabio astrónomo; cuando las pruebas, las figuras, se alinearon frente a mí; cuando me mostraron los mapas celestes y las tablas para sumar, dividir y medir; cuando, sentado, escuchaba al astrónomo hablar con gran éxito en el salón de conferencias, de repente, sin motivo, me sentí cansado y enfermo, hasta que me levanté y me deslicé hacia la salida, para caminar solo, en el místico aire húmedo de la noche, y de cuando en cuando, mirar en silencio perfecto las estrellas.

Walt Whitman

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