La artista nacida en México celebra su trayectoria con una exposición en el Costa Rica Country Club, un libro recopilatorio y una colección de vajilla en Cemaco

Por: Fernando Chaves Espinach 20 agosto
Melissa Fernádez Silva
Melissa Fernádez Silva

“¿Qué puedo decir? Soy muy feliz aquí y quiero compartir parte de esto. Esto es lo que soy”, dice Ana Broennimann , en su casa de Guachipelín de Escazú.

Se refiere al jardín, poblado de crotos, que rodea su casa; al yigüirro que interrumpe nuestra conversación, canturreando desde su nido en una lámpara; al viento que sacude el verdor del patio.

“¿Cómo no sentirte agradecida con la vida? ¿Cómo no sentirte feliz de poder hacer arte y vivir en un lugar así? Soy una persona, pienso, simple, como las cosas que pinto”, afirma la artista, de voz suave y conversación serena. Sus cuadros, casi todos de gran formato, florecen sin pudor. Celebran su energía.

A lo largo de 25 años, la entrega a la representación de flores y hojas le ha dado a Broennimann un oficio que no cesa.

Lo celebra con una exposición en el el Art Café de Galeria Valanti en el Costa Rica Country Club (Escazú), una línea de vajilla en Cemaco en la serie de proyectos con artistas Trazos criollos , titulada Sonrisas de la tierra , y un libro, Costa Rica color , poblado de flores, hojas y mariposas (en venta en Cemaco y Librería Internacional). Fue un año de trabajo: una fiesta prolongada y alegre.

Crotos , obra de Broennimann. Cortesía Ana Broennimann.
Crotos , obra de Broennimann. Cortesía Ana Broennimann.

Jardines. Ana Broennimann proviene de México y desde hace más de 25 años reside en Costa Rica. Aquí dejó su carrera de arquitecta para dedicarse al arte, pues le permitía quedarse en casa trabajando y cuidar a su familia. El hobby se hizo su trabajo.

“Quiero que sea un arte para todos. Es algo bien sencillo: me encanta la idea de que alguien pueda llevarse a su casa una cosa pequeñita que tenga plasmado mi trabajo”, dice la pintora.

“No todos los artistas van por esa línea. Mi idea siempre ha sido tratar de plasmar mi trabajo en objetos que puedan llegar más fácilmente a todos”, explica Broennimann, quien aparte de lienzos también ha creado chales, blusas, esculturas, vajilla y piezas en otros formatos.

Para Broennimann, esta diversidad es importante porque le permite hacer que su trabajo sea más accesible económicamente y que su visión de la naturaleza, extasiada y transparente, pueda difundirse más.

“(Deseo) dar a conocer mi trabajo para todos, que esté en las casas, en la mesa, en una esquina… Tal vez es muy ambicioso de mi parte. Pero, ¿por qué es así? Porque pienso que mi trabajo es un trabajo alegre. Porque quiero infundir entusiasmo en los detalles, y creo que con los colores llevas alegría a un hogar”, afirma.

Menciona que es algo que le trae alegría, y leo en el libro que su trabajo tiene ese enfoque positivo. Dice que quiere que su arte reconforte.

Un rincón de su estudio en Escazú. Albert Marín.
Un rincón de su estudio en Escazú. Albert Marín.

Que alguien se sienta bien después de haberlo visto, que lleve esta sensación de bienestar, sobre todo en una época tan difícil como la que vivimos ahora, cuando hay tantas malas noticias y se convierte todo en algo un poco gris.

”Se tiene que rescatar un poco esto de que a través del arte te sientas confortable como en un sillón (eso decía Matisse). Que te sientas bien con este arte, que lo tengas en tu casa. Yo no aspiro a un museo, sino a lo sencillo, a la mesa de trabajo de alguien, a la casa de una persona, a todos, sin distinción”.

Como una forma de hacerlo más abierto a que la gente se pueda relacionar de muchas maneras distintas con las obras…

Además porque mis temas son simples. Una de las primeras cosas que pinté aquí fueron los crotos, que me fascinan. Pienso que son unas de las plantas más humildes, son poco apreciadas por comunes. ¡Pero son increíbles! Alegran en todas. Así, quisiera que mi trabajo fuera como estas plantas: sencillo, no pretencioso, que alegre.

El poeta Ralph Waldo Emerson escribió que la tierra sonríe en flores. El plácido jardín de Broennimann, en los montes de Escazú, recoge docenas de esas sonrisas y las pone a las puertas de su taller, un sótano silencioso y abierto.

Fue en Costa Rica donde nación su amor por las flores y las hojas. “Cuando te mudas a un lugar, yo creo que tienes la oblgiación de extraer lo mejor que tiene y la naturaleza de aquí, pues bueno, ¡qué más puedo decir!”, explica.

Lirios , pintura de la artista. Cortesía Ana Broennimann.
Lirios , pintura de la artista. Cortesía Ana Broennimann.

Los cuadros de Broennimann se aprecian mejor de cerca. La artista trabaja sobre lienzo, cuya superficie cubre con un collage de papeles orientales. Al dibujar y pintar sobre ellos, los pliegues de papel sobresalen en relieve: parece que imitan las nervaduras de las hojas. Los vívidos colores corren de las flores al lienzo. El detalle es minucioso y hasta cariñoso.

“Quiero que esa visión lleve a una apreciación de lo más simple y a la reflexión de lo pequeños que somos ante la grandeza del universo, que se encierra en la más diminuta flor”, escribe Broennimann en el libro Costa Rica Color (donde aparecen más de 50 reproducciones de sus obras).

Volcarse a la naturaleza es transformarse, en cierto modo. “Cuando vas a hacer algo que habla sobre ti, te tienes que conocer. Trabajar en algo tan bello de alguna manera me ha llevado, quizá, a ser una mejor persona”, afirma la artista.