Celebrar el cuerpo. Durante su vida, que ya acumula 71 años, su amante perenne ha sido la poesía, a la cual no deja de escribirle. A sus otros amores, cuerpos de carne y hueso, y a los cambios les ha dedicado todos sus versos

Por: Doriam Díaz 14 agosto, 2016
Alfonso Chase nació en Cartago en 1944. La casa que el escritor tiene en Hatillo está llena de objetos y hasta de un cuarto para la cábala.
Alfonso Chase nació en Cartago en 1944. La casa que el escritor tiene en Hatillo está llena de objetos y hasta de un cuarto para la cábala.

1633. Casa de madera de alto en el centro josefino, junto a un taller. Gradas con poca luz, dos cucarachas muertas en la entrada. Bastones aguardando al inicio del pasamanos. Arriba, una figura conocida lanza un manojo de llaves. Es la llave larga.

Con una mirada dispuesta a no guardarse ninguna irreverencia y un verbo afilado por una vida dedicada al arte y a no callarse nada, Alfonso Chase vuelve constantemente a aquel 11 de octubre de 1963 cuando escribió su primer poema –bueno, cinco poemas de un tirón– en una mesa de cemento del parque Nacional, en San José. “Ese parque era diferente, era más bonito antes”, recuerda.

Venía de Alguien Más, taller de apreciación literaria de Lenín Garrido en la Universidad de Costa Rica. Se bajó del bus aún golpeado por la imagen de una persona que lo cautivó, pero no sabía exactamente por qué... “Boca que fuera sangre/ dulcemente sorbida” fueron los primeros versos de un torrente que aún no para.

Han pasado una decena de poemarios, tres novelas, seis libros de cuentos y dos de ensayo y cinco compilaciones, sin contar reconocimientos, entre los que sobresale el Premio Magón 1999.

Y el amor por la poesía, a sus 71 años, sigue allí, intacto, fiel. En sus versos, este escritor costarricense arma una especie de bitácora de sus cambios: de amantes, de ciudades, de lenguajes, de causas, de intereses y de vida.

Publicó su primer libro en 1965 y, desde entonces, transitó de la poesía intimista a la coloquial o exteriorista, nutrido por la influencia de los trascendentalistas de Nueva Inglaterra, los poeta beat , los nadaístas y los autores cubanos de la década de los años 60, detalla Chase en sus apuntes.

Sus versos de amor, inagotable veta de su obra, son, a su vez, muestras de valentía y ejercicios de lucidez y riqueza formal.

En Secretos perfectos , primera selección de estos textos amorosos editado por Gustavo Solórzano-Alfaro con la EUNED, seguimos a Alfonso al rememorar a sus amantes, recorrer sus cuerpos, revelar experimentaciones y perversiones visuales, explorar el ocultismo y dejar claro su interés en lo homoerótico –deja el falsón “ella” al hablar de sus parejas y lo sustituye por “él”–.

“El amor para mí es físico; es descubrir el cuerpo ajeno y el mío, por supuesto. No existe nada más allá del cuerpo; yo no me enamoro del alma de nadie... No me di cuenta hasta 1972 con Cuerpos –poemario–, ‘sí, qué interesante, nada existe fuera del cuerpo’; eso te lleva a gran promiscuidad espiritual: persona bella que exista le echás el ruco y uno relaciona belleza con inteligencia y otras cosas . En esa época, uno descubre una gente muy rara que aparece en mi poesía: los ‘feos eléctricos’, feos que tienen una energía que emana del cuerpo ”, explica el autor de la novela El pavo real y la mariposa (1996) y el libro de cuentos Fábula de fábulas (1979).

Encuentra belleza en un variopinto repertorio de imágenes. Se trata, por supuesto, de ideas de belleza profundamente subjetivas y muy cambiantes. “Yo era platónico y aristotélico; luego, me volví heraclitiano: todo fluye, nada permanece”, detalla.

La sala. Armoniosos sonidos de las piezas de metal de un móvil chocando entre sí. Libros apilados. Sillones y una silla, su asiento favorito, que le heredó Chavela Vargas. Relojes, portarretratos, adornos, matas, figuras de colección... tantos chunches.

Todas las personas a las que Chase ha amado se parecen; son sustituciones de un mismo ejemplar: el venezolano Jack Gerardi. En su casa josefina, guarda una pequeña foto suya en un reloj, quizá para exorcizar el paso del tiempo; aquel hombre ya murió.

A Gerardi le dedicó su conocido poema A quien buscare el corazón de los lugares , repleto de confesiones. “Tú solo eres mi patria. A ti te conozco desde la infancia y transcurro por tus brazos y me hundo en tu vientre buscando algún fragmento de mi propio nacimiento. Tú solo me contienes. Me llevas desde siempre en la memoria con un trozo de palabra y te expandes sobre el aire para recorrerme. Tú me das lo esencial. La palabra para hacer del silencio un recuerdo antiguo y de mis párpados algo semejante a la nostalgia” clama la décima de las 20 partes del texto escrito en Bogotá, en octubre de 1969.

Cada amor que se acaba produce un libro. “Para que sea productivo y todo eso, tiene que acabarse; dura de cinco a siete años y luego, ya no más. No hay amores eternos... A mí siempre me ha parecido que las parejas son camaradas, al estilo Whitman. No creo en el matrimonio gay. El matrimonio me parece asqueroso porque es un contrato; el matrimonio, de todo tipo, es 70% hipocresía y conveniencia. Sin embargo, respeto porque sé que hay gente que piensa otra cosa. El amor no necesita nada de eso y lo que más me gusta es que se acaba y viene otro”, asegura a sabiendas de que esto puede parecer algo cínico.

La casa de Chase en Hatillo está llena de recuerdos familiares.
La casa de Chase en Hatillo está llena de recuerdos familiares.

Afronta la vida con cinismo y una actitud romántica. “Hay que ser, más que todo, sardónico, tener un distanciamiento para que uno pueda entender las cosas... Uno se casa con la literatura, con la palabra. Y romántico porque detrás de todo hay una actitud romántica, que es tener el arrojo de no quedarse sentado, de ir a luchar por lo que uno cree”, agrega.

Entre amores, escribe libros; es un momento en el que el dolor no es lo más importante, sino el recuerdo; “cada relación tiene momentos maravillosos aún con las personas más difíciles”.

“(...) La ausencia/ no es ya una cicatriz sino un humo lento/ que se levanta del asfalto. Un sueño/ temblando en las naranjas, un círculo/ adentro de la música de todas las guitarras”, puntualizó en el poema Desencuentro.

Su interés en el ocultismo lo llevó a conocer más acerca de los signos del zodiaco, de la cábala, de los símbolos. Todas estas imágenes e influencias convergen en su poesía.

Chase publicó su último poemario en 1995 con Jardines de asfalto . Sin embargo, no ha parado de escribir –tiene varias obras listas– ni de consumir versos.

Su habitación. Una cama sencilla. Pilas de libros, estantes repletos de publicaciones. Fotos de hombres musculosos en el espejo. Un afiche en blanco y negro de un Arnold Schwarzenegger jovencísimo dedicado al fisicoculturismo.

En el 2010 estuvo muy mal en el Hospital Calderón Guardia a causa de una infección y le amputaron un pie. “Cualquier otro escribiría un epitafio, yo escribí un libro de poemas”. Así surgió su último trabajo, Piélagos, en que se decanta por el amor a la vida.

Con permiso. Uno de los bastones de Chase y dos de sus libros. El escritor, amante de los viajes, ya visitó Nueva York sin lazarillo; los aeropuertos son complicados, pero nada dramático.
Con permiso. Uno de los bastones de Chase y dos de sus libros. El escritor, amante de los viajes, ya visitó Nueva York sin lazarillo; los aeropuertos son complicados, pero nada dramático.

“Yo no creo en cielo, infierno ni purgatorio; yo soy feliz porque cuando muera me integraré a las galaxias o a la tierra. No espero premio por vivir mi vida, pero tampoco que me den mucho palo”, declara el diabético.

La amputación cambió al poeta: dejó de creerse “el rey del mundo”, se volvió más agradecido y se convirtió en una especie de activista para que la Caja Costarricense del Seguro Social mejore lo relacionado con amputaciones, las medicinas de los diabéticos y los espacios de rehabilitación.

“Soy un bendecido. Esto me sirvió para descubrir nuevas capacidades, en especial servir. No me morí, eso es lo importante. Escribo para estar vivo. Cualquier cosita que le den a uno o a la que lo inviten, hay que agradecerla; así no era antes: no iba a nada, me escondía. Ahora agradezco hasta el fresco de chan. Entendí que la gente es bella; lástima que fue ya roquillo”.

Cerca de su cama tiene libros a los que acude cuando se despierta de madrugada: lee a Paul Éluard, Apollinaire, Alejandra Pizarnik, Olga Orozco, Marianne Moore... “Imaginate lo que es levantarse en la noche en una pata... Entonces me compré un chunchito que agarra libros”.

Chase ha cambiado; su literatura también. Solo un amor ha permanecido intacto ante tantos naufragios y mutaciones: la poesía, siempre fiel e implacable.

Una voz sale de un reloj recordando la hora: 5 p. m. Fotos, estatuillas, reconocimientos. La puerta adornada con Transformer se abre. Escaleras entre sombras. Abajo, San José, bullicioso, en plena hora pico. Arriba, la figura del poeta se despide.

Algunos poemas

Boca que fuera sangre

dulcemente sorbida.

Perfecto e íntimo horizonte

de dos cuerpos

tendiendo su figura impenetrable,

viven de amor que luego de nacido

se consume en el pecho como un lirio.

Amor que cuaja en las pupilas

serenas de su inmenso cielo;

estremece belleza de sus manos

y tiende círculo engañoso:

verdad vivida, otoño concedido

al febril desnudo de su cuerpo.

Es el amor de claridad difícil

grave y gimiente y enturbiado

por la mirada fiera de los otros,

y sin embargo, amor de céfiro invisible.

Del libro El enemigo fiel (1965)

XX

¿Con qué lenguaje sonarte, palparte, saberte? ¿Con el de las

palabras o con el de los signos?

Quizá con el del silencio.

Extracto del poema A quien buscare el corazón de los lugares (1969)

Cuando dos que se han amado se separan

–para siempre–

algo se quiebra en el orden interno

de la noche,

Una mano llama al guante ya perdido

y un hálito

se posa tibiamente en la heredad

del árbol.

Del poema Elegía (I)