Selección Plantas y paisajes del bosque nuboso recorren los senderos del museo gracias al pincel de Gerardo González

Por: Fernando Chaves Espinach 16 febrero, 2014
Vivo. Botones reventando es obra de Gerardo González.MAC para La Nación.
Vivo. Botones reventando es obra de Gerardo González.MAC para La Nación.

Una visión del bosque nuboso de Tapantí florece en la sala de exposiciones temporales del Museo de Arte Costarricense. El viajero que ha traído las imágenes es el pintor Gerardo González, residente de la zona y tan apasionado del lienzo como de la naturaleza.

Bosque adentro es su tributo a un paisaje con el que se ha familiarizado día tras día. Son 10 acrílicos sobre lienzo inspirados en la flora y la fauna de la zona, casi toda ella protegida.

“Me fijo en la interrelación que hay entre flores e insectos a la hora en que están polinizando, los cambios de temperatura, los vientos, los ciclos lunares...”, cuenta González sobre esta serie.

Magia natural. Para el pintor, estos procesos naturales son una fuente de asombro. Su resultado es una colección que alcanza casi 400 obras.

Algunos de los cuadros exploran la exuberancia de los árboles y el “asombro de la fuerza germinal de una semillita”. “Tiene una programación genética, y una fuerza poderosa para construir un edificio enorme: empieza a movilizar moléculas, partículas subatómicas que componen el interior de esa planta. Para mí, es un asombro cómo construyen, de lo más pequeño, algo poderoso como el tronco y la planta se convierte en un laboratorio químico”, describe el artista.

A un lado de la casa de González, se aprecia el volcán Irazú; del otro, el Turrialba. “Vivo al día con los elementos de la naturaleza: el día, la caída de la llovizna, la neblina, los cambios de temperatura...”, relata González.

“Tiene un ritmo de vida muy especial el bosque nuboso, que solo viviendo ahí puede conocerse”, reflexiona.

González afirma que para adentrarse en los senderos de la montaña hay que conocerlos; asimismo, para no sentirse perdido entre la multitud de árboles, hay que saber sus nombres.

“Al conocer los nombres de los árboles, uno ya no se siente solo, no se siente extraño. Ya conoce la familia de ese árbol. Al conocer el tipo de animales que hay allí, ya no hay tanto temor de estar solo en el bosque”, argumenta.

“Casi todo está interactuando todo el tiempo”, señala el pintor. Ese flujo de vida entre los elementos del bosque se convierte en el principal lienzo en el cual plasma su derroche de color.