Joaquín Lavado causó histeria de la buena cuando pasó por aquí en 1999.

Por: Víctor Fernández G. 30 julio
“Yo quiero que me ponga una firma en el corazón”, le dijo Carolina Hovenga a un sorprendido Quino. Él, con la misma mano con la que creó el mundo de Mafalda, no tuvo más remedio que complacer el capricho.
“Yo quiero que me ponga una firma en el corazón”, le dijo Carolina Hovenga a un sorprendido Quino. Él, con la misma mano con la que creó el mundo de Mafalda, no tuvo más remedio que complacer el capricho.

El 3 de junio de 1999, Quino firmó de todo, no siempre sonriente, pero sin quejarse: como en maquila, estampó cientos de “Quino 99” en libros de Mafalda, recortes de periódico, servilletas, papelitos de todos los pedigrís. La única que lo sacó de su trance repetitivo fue la admiradora que le pidió un autógrafo en “el corazón”.

Joaquín Salvador Lavado Tejón –el más universal de los caricaturistas latinoamericanos– mostró algo de sorpresa y/o resistencia antes de ceder al capricho de aquella tica que se descubrió parte del pecho ante él. Irónicamente, es muy posible que ese sea el único autógrafo de los que Quino dio en Costa Rica que ya no existe.

La primera semana de junio de 1999, Quino estuvo entre nosotros, causando los mismos estragos e histeria que las mejores (o peores) estrellas de rock: entradas agotadas para su presentación; asedio de la prensa; largas filas para gozar de unos segundos en su presencia. La diferencia es que el dibujante siempre se mostró incómodo con tanta atención.

En el Auditorio Nacional lo ovacionamos y él evidenció que aquel tsunami de admiración lo abrumaba. Ahí llegué con una compañera de la carrera de Comunicación de la UCR y su novio, que estudiaba Artes Plásticas. No recuerdo cómo conseguimos entradas para el coloquio, pues las mismas se agotaron en cuestión de horas, pero sí que los tres estábamos desbordados de emoción: veríamos y oiríamos a Quino explicar, en sus propias palabras, el universo de humor gráfico que moldeó el pensamiento de varias generaciones de costarricenses, siempre desde las páginas de este periódico.

El conversatorio se quedó cortó para nuestras expectativas (las mías, al menos), no por Quino, sino por la extraña dinámica que se dio entre él y algunos de los invitados nacionales. Un sociólogo le leyó un mensaje que le llegó al beeper (sí, muy 1999) sobre una admiradora que quería subir al escenario a pedirle un autógrafo (¿?), y una catedrática de comunicación que había estudiado a profundidad su obra hizo una interpretación profundísima de una caricatura específica, cuyos orígenes luego Quino explicó del modo más cotidiano y sencillo. Su mundo no tiene tantas vueltas.

La visita de Quino fue una rareza, no solo porque nunca antes había pasado por Centroamérica, sino porque sabida es su reticencia a exponerse a las multitudes. Fue Hans Venier, dueño de la Librería Internacional, quien le convenció de venir al país. Aquí el argentino, en compañía de su esposa y su editor, dedicó la mayor parte del tiempo a hacer turismo. Sus actos públicos fueron contados, pero suficientes para arrastrar las masas que tanto lo asustan.

La visita de Quino fue una rareza, no solo porque nunca antes había pasado por Centroamérica, sino porque sabida es su reticencia a exponerse a las multitudes.
La visita de Quino fue una rareza, no solo porque nunca antes había pasado por Centroamérica, sino porque sabida es su reticencia a exponerse a las multitudes.

Quino bien pudo no haber firmado cientos de autógrafos aquella tarde en Multiplaza (solo había una, por lo que no había que agregarle el “Escazú”). Quino bien pudo no haber contestado una y otra vez las mismas preguntas cansonas sobre Mafalda (“¿por qué dejó de dibujarla?”, “¿cuál es su personaje favorito?”, “¿le gusta la sopa?”). Quino bien pudo no haber venido a Costa Rica pero por dicha sí hizo todo eso, pues aquella sería la única oportunidad de declararle nuestra admiración de frente, e incomodarlo con nuestros aplausos y extrañas peticiones de groupies .