El estilo clásico de Clint Eastwood da un filme más generador de prejuicios que de justo análisis

Por: William Venegas 25 febrero, 2015

Una y otra vez hay que lamentarse de la películas que se basan en hechos reales, esto porque son las menos convincentes. Sin embargo, cuando un director capaz es quien narra, la historia no solo es creíble, sino, además, controvertida. Eso último sucede con ese buen filme titulado El francotirador (2014), dirigido por Clint Eastwood, eslabón entre el cine clásico de gran peso narrativo a lo John Ford, Howard Hawks y el propio Don Siegel, entre otros, y el megacine que abarrota pantallas en estos tiempos.

Aunque nominado, se sabía que Clint Eastwood no ganaría el Óscar, pero ya había conseguido hacer una buena película, además taquillera. | ROMALY PARA LN.
Aunque nominado, se sabía que Clint Eastwood no ganaría el Óscar, pero ya había conseguido hacer una buena película, además taquillera. | ROMALY PARA LN.

Sí, cierto, los tiempos míticos del sétimo arte ya han pasado. Eastwood nos lo recuerda a cada momento con su manera excepcional de hacer cine, coincidamos o no con sus conceptos. No sé si llegará algún renacer fílmico en algún momento; si es así, no parece que sea en Hollywood.

También yo recuerdo con pena a Clint Eastwood en la campaña electoral republicana, ahí, “basureando” al candidato demócrata, el señor Obama. El problema es que, aún, en Estados Unidos, hay sectores de la industria y, peor, de la crítica cinematográfica que no le perdonan a Eastwood esa tontera babilónica.

Por eso, ahora, con sectarismo, lo acusan de fascista por una película magistralmente hecha, narrada con coherencia espléndida y sentida por el director con honradez: su honradez. Es lo que sucede con El francotirador .

Hay mucho de sepulcro blanqueado en esos ataques. Clint Eastwood nunca defiende la invasión a Irak con su filme. La muestra y toma distancia frente al hecho, la exhibe con magníficas imágenes: la guerra es crueldad y hace de un soldado un asesino, aunque este dude antes de jalar el gatillo.

Con la figura de un francotirador, por su propia dinámica, por su propia dialéctica, Clint Eastwood establece que la crueldad se anida no solo en un soldado, sino que este es la figura retórica de la barbarie.

Cuando el francotirador regresa a su hogar es un tipo inestable, destruido o alienado por su inculcado patriotismo. El filme es claro con eso: ese hombre es producto de una sociedad patriarcal, armada y de superhéroes (modelo que el francotirador repite con su hijo: determinismo histórico).

Durante la guerra, con maña, Eastwood nos deviene cómplices, porque somos más que mirones o fisgones al ver al francotirador acomodar la mirilla de su rifle: nosotros igual vemos desde ahí, apuntamos igual e igual disparamos (más que ejemplar manejo de la cámara).

Es cuando se luce Bradley Cooper, mientras la actriz Sienna Miller es la mujer que humaniza los acontecimientos. Se me ocurre que si este director quiso hacer una elegía de la guerra, se lo impidió su propia sinceridad. Más bien, logra darle espacio a algo absurdo: el destino humano está en manos de francotiradores, ¡terrible! Con diferencia de tono, Clint Eastwood nos acerca a la tragedia griega.

Como escribió alguien, El francotirador es “una mirada al horror del hombre contra el hombre”. Esto narrado con arte visual: ¡vaya manejo de planos abiertos en relación con los más cerrados, ni qué decir de la secuencia de acción durante una tormenta de arena! (ejemplos del total).

Quienes cuestionan esta película, tal vez pequen de no haberla entendido o de haberse dejado dominar por el prejuicio político. De mi parte: alta recomendación.