Por: William Venegas 21 febrero, 2016

Dicen los numerólogos que el ocho es número de poder y, en algunos casos, de pérdida de escrúpulos. Parece que los personajes del más reciente filme de Quentin Tarantino se comportan por ahí: la película se titula Los ocho más odiados (2015).

También es el filme número ocho de Tarantino, quien anunció su retiro a la cuenta de diez películas, mientras se esfuerza por redondear su carrera dentro de la condición de autor, lo que ya tiene conseguido.

Se le llama “cine de autor” a aquel cine de constantes que, al paso del tiempo, definen e identifican a un cineasta; a veces, este propone un estilo que algunos siguen por certeza y otros imitan a falta de imaginación.

Del cine de Tarantino se pueden escribir muchas páginas. Empero, uno puede resumir sin temor y decir que Los ocho más odiados es la película más autorreferencial que, hasta el momento, nos ha dado el director.

Esto, que podría ser un desatino de la vanidad, tampoco le hace mella al filme.

De hecho, lo confieso, de las películas de este director nacido en Knoxville, Tennessee, en 1963, Los ocho más odiados es la que más fácilmente me lleva al filme que, creo, es el mejor de Tarantino, el primero: Perros de reserva (1992). Para decir eso, espero contar con la clemencia de aquellos críticos que piensan otra cosa.

No hay duda que Tarantino sabe escribir buenos guiones. No hay duda que los sabe resolver: lo visual. Es narrador atrevido y es lo mejor de él, aunque peque de excesivo en muchas secuencias de violencia: un hito en su estilo.

El problema de Los ocho más odiados es el tránsito que Tarantino le da a su propio guion: dura un tanto más de la cuenta para decir lo que se podía decir en menos tiempo. Si esta película vaqueril fuese de John Ford, este gran director la habría resuelto en menos tiempo y con idéntica tensión dramática.

Eso sí, la semejanza entre el paisaje de una naturaleza brutal (tormenta) y la brutalidad de los personajes metidos en una casa en la montaña, donde se muestra lo más espurio de la condición humana, resulta una formidable alegoría o metáfora, aunque haya abuso de sangre con las imágenes (a lo “ gore ”).

Para reproducir esa metáfora, el equipo actoral es bueno, pero no tanto la dirección de actores: todos ahí metidos en una cabaña, hace fácil ver los desniveles histriónicos. Ojo, la actuación de Jennifer Jason Leigh es simplemente magistral.

No hay duda que los seguidores del culto tarantiniano han de frotarse las manos. Sobre todo por el humor negro que se mete, de manera aguda, entre la tensión dramática de un texto fascinado por la violencia, especie de tragedia clásica.

Aplaudo este filme del profeta Quentin; sin embargo, aunque les parezca hereje y me quemen vivo en las páginas de Facebook, no logra ser el gran cine “wes tern ” firmado por John Ford, Sam Peckinpah o Clint Eastwood. ¡Y eso que Tarantino cuenta con el apoyo de la música al punto de Ennio Morricone!

Dicho género es dialéctico entre intimismo y epopeya, violencia y vitalidad, paisaje y personajes, lo que se fue perdiendo –poco a poco– en el dilatado metraje que Quentin Tarantino le dio a Los ocho más odiados . Que es película valiosa, es. No se la pierdan.