Cuando uno más espera de un filme, este se descascara en lo visual y pierde esencia en lo narrativo

Por: William Venegas 13 agosto

Luego de ver una película como Valerian y la Ciudad de los Mil Planetas (2017), realizada por un director que parece venir a menos, como lo es el francés Luc Besson, uno tiene el efecto de que se perdió una valiosa oportunidad para hacer no solo un buen filme, sino, además, un filme elegante.

Con jerga de locutor deportivo, diría que Luc Besson llegó frente al marco y botó la pelota cuando lo más fácil era hacer el gol. ¿Cómo diantres se le ocurrió llenar lo visual al grado del cansancio para la mirada de uno? Aquello es un molote de “invenciones” para la huella del ojo que aporta muy poco a la calidad del filme.

Hay tantos objetos y sujetos en pantalla, en desorden y tan diferentes, que el propio contenido de la historia narrada se disminuye a cada rato, o sea, pierde su intensidad dramática. El filme se descascara en lo visual y pierde esencia en lo narrativo, culpa del exceso.

Uno se queda esperando el momento en que haya reposo visual en Valerian y la Ciudad de los Mil Planetas , pero esto nunca sucede: la película se olvida de que, al fin y al cabo, el reposo es también una forma de movimiento, por lo que aquello es peor que un pleito de gatos en celo. El filme se desvía de su idea pacifista para caer en lo especulativo de cómo será el futuro de abigarrado.

Hasta la música de alguien que hemos elogiado en otras ocasiones cae en la trampa y resulta destemplada. El responsable es Alexandre Desplat. ¡Cuesta aceptarlo!

Si el director Luc Besson quiso establecer un “sistema del exceso” como clave para significar algo, la verdad es que esa oferta resultó malograda.

Esa oleada continua de imágenes sin mayor sentido resulta más bien confusa y, en medio de ese flujo, sucede la acción principal de una historia bastante débil (al estilo de las que vemos en las películas de miniespías de Robert Rodríguez).

Así, entre cortes abruptos y contrastes nunca se logra lo que el etnólogo francés Claude Lévi-Strauss llama “las condiciones formales de un mensaje significante”; esto se empeora con las pésimas actuaciones de todo el elenco y se agudiza con la pareja principal, sin ninguna química entre ellos (Dane DeHaan y Cara Delevingne).

En fin, no veo razón alguna para recomendar este nuevo desacierto de Luc Besson, también guionista, basado en un cómic de Pierre Christin y Jean-Claude Mézières (para quienes gustan de las historietas ilustradas). Valerian y la Ciudad de los Mil Planetas no da para una calificación más alta, por más que algunos críticos digan que el filme tiene la bondad de un discurso progresista.