Con más presencia mediática que propia calidad, llega este filme de acción al uso para su desuso

Por: William Venegas 6 abril, 2015

Por más que la mencionen en la película Rápidos y furiosos 7 (2015), lo cierto es que la ley de la calle ya se perdió del todo en dicha saga, ya no están las peleas callejeras, no se ven los “piques” pandilleros con rugidos de motores, las carreras de autos quedaron al abandono y la sugerencia erótica se fue a gas pegado.

Lo que queda ahora, con esta sétima y alargada versión de una serie exitosa, es pura aventura en pila con más hormonas que talento en el guion. Aceptemos que el director del caso, el malayo James Wan, demuestra que puede meterse con cine de acción y no solo de terror.

Este joven director (tiene 38 años, por ahí) muestra gusto y elegancia en el movimiento de cámaras (sobre todo en las peleas cuerpo a cuerpo, lo menos frenético). Igual, James Wan se deleita con el diseño coreográfico de los combates en grupo. Y ya. Paremos de contar.

Lo que queda de la película Rápidos y furiosos 7 es al estilo, por ejemplo, de las viejas películas del agente 007, pero sin la elegancia de un James Bond y, lo peor, todo llevado a la exageración, a ese grado hiperbólico que puede gustar a los adultos con alma de adolescentes y a aquellos adolescentes sin salir de la infancia.

Bien lo expresaba el público en la función que compartimos, al decir: “¡qué jeta!”; lo peor de ello es que la “jetonada” no tiene ningún asidero argumental macizo. El filme es solo el empalme defectuoso de distintas circunstancias muy débiles, al punto que uno se siente ante cuatro cortos en un solo metraje.

Es cierto eso. Por ejemplo, los conocidos y acartonados héroes van por algo llamado “El ojo de Dios”. Cuando encuentran a la muchacha que lo creó, después de arduo esfuerzo y algunas secuencias llenas de trucaje (la del bus es en especial muy buena), resulta que ella envió el bendito Ojo a un primo.

Luego, cuando localizan al primo, este le dio el Ojo a un ricachón árabe. Allí hay que ir: a traer el Ojo ese, con más mecos, truénganos y fusínganos, explosiones y con un auto que casi va a la Luna y vuelve. De ahí a otra aventura.

Así va Rápidos y furiosos 7 , como pega de trabalenguas llenos de adrenalina, donde la coherencia interna del relato es un lujo que nunca se da el guion: es filme que intenta deleitarnos desde sus propias tonteras y desde sus diálogos cajoneros, peores que una conversación por tuiter (la frase no es mía, lo aclaro).

No solo eso, hay que ver lo descaradamente cursi que se pone esta película cuando le entra al melodrama familiar, con un final entre el morbo y la complacencia mediática, enterados como estamos de la muerte real del actor Paul Walker.

A propósito de actores, aquí nadie actúa bien: los histriones (ellos y ellas) son aún más esquemáticos que el diseño de sus personajes, se pasan saltando (tantos saltos como los del guion) y, así, ni modo, lo rocambolesco o inverosímil del filme los hunde en la nada: ¡a todos!

Con una banda sonora que aturde y sin precisiones de la fotografía, lo cierto es que esta película es de esas que le tiran al cura, pero se apean al sacristán. No creo que Rápidos y furiosos 7 ni Dominic Torretto, su personaje, merezcan una película más, pero no sería nada extraño.