Romance animado Bien vale un monstruo

Por: William Venegas 19 agosto, 2013

Se dice que “París bien vale una misa”, frase adjudicada al rey Enrique IV cuando tuvo que ocultar su condición de calvinista y pasar por católico con tal de reinar en Francia. ¡París, cuántas cosas no se han dicho en tu nombre!

Aunque con monstruos, las voces de quienes cantan son dulces en la película animada que tiene a París como referente. Foto: Cine Magaly para LN
Aunque con monstruos, las voces de quienes cantan son dulces en la película animada que tiene a París como referente. Foto: Cine Magaly para LN

Como al cine nada le es ajeno, París lo ilumina. Basta recordar aquella frase que el actor Humphrey Bogart dice en la inolvidable película Casablanca (1942): “Siempre nos quedará París”. Ahora el cine animado francés se luce con una refrescante historia de amor y terror, cuyos personajes se mueven en la más pictórica expresión del París del siglo pasado.

El filme se titula Un monstruo en París (2011), dirigida por el galo Bibo Bergeron. La trama es elegante mezcla de historias como las de King Kong o Godzilla, y se rememora el aura del conocido fantasma de la ópera.

Un monstruo en París es también guiño cariñoso para la naciente industria del cine. Su trama sucede en 1910, o sea, cuando el cine es dominado por la creatividad mágica del gran cineasta Georges Méliès. De hecho, la historia comienza en una sala de cine de entonces y pasa por su cuarto de proyección.

De ahí en adelante vamos conociendo personajes bien diseñados, tanto en sus rasgos comunes como en los diferenciadores, parisinos todos. Luego, el filme escarba en el avance de la investigación científica, de donde saldrá el monstruo que ha de aterrorizar a París, pero que cautivará a la noble Lucille, cantante en Montmartre.

Es cuando la trama pasa por los más distintos sucesos, los que le dan unidad al relato, cuya fábula nos enseña a amar a las personas por encima de sus distintos rasgos físicos y a discernir de manera más objetiva entre el bien y el mal.

El monstruo es llamado por sus amigos, ¡los tiene!, como Francoeur. ¿Por qué este bicho enorme es amado por unos y perseguido por otros? Esa disensión es la que le va a dar su toque humoroso a la película: humor fino, presente –incluso– en secuencias de presunto horror generadas por el monstruo parisino.

El célebre Jean Cocteau dijo alguna vez lo siguiente: “En París, todo el mundo quiere ser un actor; nadie se contenta con ser un espectador”. Exactamente, esto es lo que sucede con los personajes de la película, incluido el monstruo, por lo que el filme asume tonos musicales de profuso agrado.

El diseño artístico (lo visual) es lo mejor de la película, por su plástica expresión del contexto parisiense, arte del dibujo y del color legado desde la animación digital. Su ritmo es justo, sin premuras innecesarias. Los personajes están tan bien logrados que los podríamos analizar en sus actuaciones como si fueran de carne y hueso.

Si el escritor Guy de Maupassant habló, en algún momento, de “la indefinible angustia” que le producía París, habría cambiado de criterio si hubiese conocido al monstruo de marras y a los personajes que lo rodean. Ya no le es posible a Maupassant; pero ahí está la oportunidad para ustedes. Cuestión de ir al cine.

Un monstruo en París no solo es buen entretenimiento animado (con la ventaja de no estar en 3D), sino que, como decía el escritor noruego Knut Hamsum, “se posee París”. O sea, ¡París bien vale un monstruo!