La historia de Jimmy Whitey Bulger se narra en excelente filme con grandes actores

Por: William Venegas 21 septiembre, 2015

Con esmerado equilibrio entre lo frenético con lo mesurado y entre lo sentimental con lo violento, amén de una actuación extraordinaria de Johnny Depp, el género llamado “cine negro” ( film-noir ) se luce con la película titulada Pacto criminal (2015), dirigida por Scott Cooper.

El llamado “cine negro” no es otra cosa que el cine policial o gansteril, arte expresado por medio de dos tendencias: una en la que los protagonistas son mafiosos o delincuentes en general ( crook-story ) y otra en la que, todo lo contrario, los policías y detectives son sus personajes principales ( hard-boiled ).

Pacto criminal sabe agarrar ambas directrices dentro de un solo estilo fiel a sí mismo durante toda la película. La trama le ayuda. Narra la historia verídica del mafioso de origen irlandés Jimmy Whitey Bulger (Johnny Depp), quien en un momento dado hace un pacto con el FBI para entregar a mafiosos italianos.

Ambos bandos tratan de sacar provecho de la situación; empero, quien queda en medio, con momentos privilegiados y otros de calvario, es el agente del FBI John Connolly (el actor Joel Edgerton). Connolly es el contacto entre las partes.

Así, el filme camina muy bien de los espacios policiales a los de la mafia y viceversa, que se conectan de manera oportuna y aceleran el meollo dramático del relato. Digamos que la mano del director Scott Cooper deviene prodigiosa al narrarlo.

Cooper entiende que la temática sobre el crimen organizado y violento, en una sociedad concreta y en una época definida, exige estructurar un talante estético e ideológico. No es solo mostrar el accionar del delito: hay más.

El pulso de las imágenes, el diseño de personajes, la iluminación, música y fotografía implican y logran, con Pacto criminal , ser honda crítica social sobre los rostros de la corrupción. Aquí, la relación entre forma y contenido es algo más que ejercicio retórico o estético: es la suma intrínseca de ambos.

Por eso, el director Cooper hace hincapié en las posibilidades sígnicas de las imágenes y del estilo narrativo (muy bueno, en este caso). Este filme comporta un texto abierto y otro elíptico: los hechos en sí y, de manera elíptica, la denuncia de que la corrupción ha sido accionar político en Estados Unidos.

Por eso, Pacto criminal no rehúye el realismo social con el asunto de la marginalidad en Estados Unidos y recurre a diálogos en esencia narrativos (¡qué bueno!). Para ello, el filme cuenta con un gran elenco y los actores se dan el lujo de ser histriones de lujo: formidable dirección actoral.

En esta película, el drama es una historia profana con fidelidades de corte religioso entre criminales. De ahí, la siempre vitalidad del filme, no importa si se trata del FBI, de la mafia o de ambos a la vez. Lo hace sin tonos de documental, pese a que el relato es una historia cierta. Con el uso de distintos narradores, obtiene su veracidad.

Hay quienes ven en Pacto criminal cine con la influencia de Martin Scorsese, pero se siente más la habilidad a lo Jacques Torneur con su apelada “forma total”, vista en su filme Traidora y mortal (1944), aunque sin la mirada amarga de este director.