Dinero para mentir. La codicia tiene su crisis

Por: William Venegas 4 abril, 2013

El escritor Nicholas Jarecki aprovecha bien la ocasión de pasarse al cine para contarnos una historia. El cine es narración y representación, y Nicholas Jarecki articula bien tales conceptos con su película Mentiras mortales (2012).

Se trata de un relato meticuloso y puntual con la definición de sus personajes y con su desarrollo dramático, para ahondar en la vida fraudulenta que impone el capitalismo parasitario en su estructura financiera. Se trata de mostrar la vida como un fraude en esos círculos de millones de dólares.

Así, se muestra la vida floreciente de estos nuevos millonarios que pululan en Nueva York como símbolos del capitalismo actual: especie de tiburones y tiburoneros a la vez. El filme no escatima imágenes ni diálogos para subrayar la función crítica del guion puesto en imágenes.

No se trata solo de esa vorágine irresponsable de dólares, estimulante de la codicia y sostén del capitalismo brutal. Se trata por igual de mostrar los pliegues emocionales de estos sujetos obsesionados por las ganancias millonarias, el consumismo y el excesivo buen vivir.

El filme se adentra en los conflictos familiares. Para eso, comienza con una fiesta de cumpleaños (familiar) del personaje principal. De ahí, se “destapa” a mostrar el proceso de degradación del cumpleañero, para quien predomina el cinismo, el fraude y la doble cara.

Mentiras mortales bebe de la punzante denuncia de un clásico en este estilo como lo es el filme Wall Street (1987), de Oliver Stone, sobre ese mundo de dinero procaz y lujoso con pies de barro, montado sobre una base sin ética alguna, sin solidaridad humana y con mucha avaricia.

Otro buen antecedente de Mentiras mortales lo es una muy buena película de J. C. Chandor, titulado El precio de la codicia (2011), sin estrenarse en Costa Rica (se dice que llegará pronto a algunas salas; ojalá), sobre los activos tóxicos en la crisis financiera que padece el capitalismo.

Mentiras mortales cuenta con la muy buena recuperación del actor Richard Gere como Robert Miller, magnate inescrupuloso. Miller está desesperado  por vender su imperio económico antes de que se sepa el descarado fraude que ha  cometido, lo que el filme desarrolla con bien lograda tensión.

Para complicar más las cosas,  Robert es un hombre infiel con doble vida. Justo cuando viene la venta de sus empresas, sucede un accidente con su amante, error que le dará fogoso punto de giro a lo que sucede: los hechos rebasan cualquier ética y el filme lo muestra con crudeza y suspenso.

Estamos ante una película bien lograda en términos narrativos, con buenas actuaciones (ojo a Tim Roth como el policía honrado vencido por tanta corrupción), con música oportuna y un buen manejo del ritmo ( timing , cálculo de los tiempos dramáticos). Es cine que da más de lo que parecía, bien acabado, por lo que vale la pena recomendarlo.

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