La noche es eterna Lo lírico, nada más

Por: William Venegas 11 agosto, 2014

He aquí un título poético y, por ello, sugerente. Se trata del documental La eterna noche de las doce lunas (2013), pensado, producido, escrito y realizado por Priscila Padilla, colombiana estudiada en el Conservatoire Libre du Cinemá Francaise, en París, Francia.

Al verlo, pronto nos damos cuenta de la valía poética del documental, expresada a lo largo de sus consecutivas imágenes, donde siempre lo lírico domina sobre cualquier otro rasgo presente en este documento, lleno de plasticidad visual y solidaridad, pero confuso en su propuesta.

Incluso, su misma elegancia visual no siempre va en relación directa con lo que se expone, por lo que las imágenes juegan hacia un lado, pero lo que se dice va por otro.

De manera llana: hay imágenes elegantes, pero con actitud pretenciosa, o sea, sin correspondencia con el texto verbal.

Tradición. Con la presencia de la niña Filia Rosa, tenemos un documental sobre viejas costumbres indígenas entre Colombia y Venezuela, pero la investigación queda debiendo. Romaly para LN
Tradición. Con la presencia de la niña Filia Rosa, tenemos un documental sobre viejas costumbres indígenas entre Colombia y Venezuela, pero la investigación queda debiendo. Romaly para LN

Por esa ruta, sin menoscabar dicha presencia poética de lo visual, lo cierto es que, en La eterna noche de las doce lunas , algo se pierde: o la estética o el argumento: algo cae en lo que los abogados llaman “óbiter díctum” (argumento empleado en una decisión judicial sin relevancia para el fallo).

Con este documental, lo bueyes no jalan parejo, y cuando una parte o componente se sobrepone a la tesis primera, entonces se produce una especie de desfase: solo una de las partes parece tener importancia real.

Así, a la realizadora Priscila Padilla, el documental se le escapa de las manos en lo básico, esto es, en lo que pretende demostrar, por lo que su discurso resulta disperso y hasta ambivalente, incluso innecesariamente polisémico. Peor, sin querer queriendo, termina por ser blandamente informativo.

La eterna noche de las doce lunas muestra, como en especie de estampa costumbrista (esto va en su contra), el encierro ritual en una casita de barro, durante doce lunas, un año, de una niña en su tiempo de menstruación, cuando de muchachita pasa a mujer, esto en la comunidad wayúu, en la frontera colombo-venezolana.

La directora dijo en su oportunidad: “Yo quería narrar a través de una niña cómo se daba ese proceso, y mostrarle al mundo cómo esta práctica cultural, que la gente piensa que no existe, es herramienta de reflexión, donde la mujer empieza a conocer su cuerpo y a asumir el papel que la mujer wayúu representa en su comunidad.”

Eso, precisamente es lo que no logra la referida cineasta. Además, de lo dicho entre imagen y texto, este documental peca por evidentes contradicciones; un ejemplo no más: la niña no debe mirar a nadie ni ser mirada, pero ahí prácticamente hasta actúa (y mal) ante cámaras y mira hacia afuera cuando quiere (recuérdese la parte de la misa católica).

Fuera de su tratamiento lírico, La eterna noche de las doce lunas no tiene mayores logros cinematográficos: semeja ser pariente pobre del cine (¿es esto el documental?). No discrimina cuando filma y hasta pierde la continuidad lógica al disipar su sentido dramático.

Este documental ni siquiera logra mostrar si estamos ante una sociedad matriarcal o una matrilineal, donde el linaje lo da la madre, pero las decisiones las toman los hombres.

En fin, solo es documental bien intencionado. Punto.