La idea de retar a la Naturaleza es pasión vivida por algunos y la refleja el cine

Por: William Venegas 29 septiembre, 2015

He aquí una película que mezcla drama, aventura y acción más la intensidad de los siniestros naturales, tal vez mucho para un solo filme, tal el caso de Everest (2015), con la dirección del islandés Baltasar Kormákur, hijo del pintor catalán Baltasar Samper, residente en Islandia.

El problema de esta película es que no siempre acomoda bien los disímiles ramales de su argumento: la aventura de un par de expediciones decididas a subir y bajar el monte Everest que son atrapadas por una tormenta. Al filme, le sucede lo bien sabido: quien mucho abarca, poco aprieta.

En su dispersión narrativa, por contar más de la cuenta, tanto en la subida del Everest como en la bajada del mismo por parte de dos expediciones de montañistas, a la película le pasa lo de aquella carreta con bueyes díscolos: mientras cada uno jale para su lado, la carreta no anda.

Antes de seguir, hemos de señalar que Everest (la película) se basa en hechos reales, cuando dos excursiones tuvieron que unir esfuerzos para enfrentarse no solo a la idea casi religiosa de dominar la cumbre del Everest, sino también a una violentísima tormenta de nieve con la que les respondió la Naturaleza.

Eso ocurrió en mayo de 1966. Con ese antecedente, tal peripecia resulta asunto atractivo para el cine, tanto como el monte Everest mismo. De ahí la mezcla bien dosificada que el director Baltasar Kormákur hace entre tomas cerradas (para la tragedia humana) y gustosas tomas abiertas –en movimiento– de esa imponente geografía montañera (con aporte imprescindible de la computación).

Everest . La aventura de dos expediciones montañistas da lugar a cine como drama con espectáculo visual. ROMALY PARA LN
Everest . La aventura de dos expediciones montañistas da lugar a cine como drama con espectáculo visual. ROMALY PARA LN

Está claro que el diseño de personajes no es tan importante y las propias actuaciones pierden identidad. Para el filme Everest lo que vale es la espectacularidad de la tragedia y no tanto algún dilema ético sobre la vida, tampoco el análisis de la relación de lo humano con la Naturaleza.

Por esa ruta, el filme deviene en calculada grandilocuencia y mientras más trepa el mono –dice el refrán– más se le mira el trasero. En efecto, al rato, la película lo único que hace es repetirse a sí misma, tanto en el estilo asumido por su director, como en la narración propiamente dicha.

Lo comercial comienza a salirle a la película de manera cada vez más evidente, aquello es de mucha música y nada de ópera, propio dentro de la gran industria; aunque, en este caso, con excepcionales logros visuales y con inteligente apoyo de su banda sonora. ¿Para qué negarlo?

De hecho, con esta película se puede hablar de perfección técnica: ¡asombra! Cualquier tensión o emoción que Everest (el filme) sea capaz de producir viene de esa condición: ¡espectáculo!, y esto no lo decimos de manera peyorativa, para nada, que aquí no somos de los que no dan sal ni para un huevo.

Ello la convierte en película recomendable, por voluble que sea en lo conceptual. A este relato sobre el frío montañero (¡curioso!) le falta calor. Eso sí, muestra que hoy subir al Everest es solo un negocio más ¡de miles de dólares!: nada de heroísmo, nada necesario, nada ecológico, ganas de importunar la paciencia de la Pachamama.

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