Lobos que estafan Scorsese viene a menos

Por: William Venegas 5 marzo, 2014

La pregunta es: ¿acaso para representar una vida excéntrica, irresponsable, histérica, desordenada y bulliciosa la película debe tener iguales características con falso halo de cine irreverente? Creo que no y pienso que esa es la debilidad del filme El lobo de Wall Street (2013), dirigido por el afamado Martin Scorsese.

Scorsese de pronto sale con películas intensas, orgánicas y valiosas; pero, de repente, nos asombra por sus bajonazos, como en el caso de El lobo de Wall Street, película de inútil larga duración que, por eso mismo, de pronto, ofrece secuencias que la salvan del desastre.

Pasados los momentos de genialidad narrativa (como la conversación del corredor de bolsa, en su yate, con los detectives a los que él busca sobornar), otras secuencias de la trama son reiterativas, aquellas son más lentas que el paso de un buey y algunas sufren de excitación innecesaria.

Hay repetida sobreexposición de algunos acontecimientos secundarios que disminuyen el dinamismo dramático del argumento. Por ejemplo: para indicar que hay una orgía de drogas y sexo, podrían bastar pocos minutos para entender por dónde anda la procesión. Pero no es así.

Scorsese alarga esos momentos con criterio de mirón, con falsa posición de irreverente o contracultural, con más lujuria que arte y todo ello en detrimento de lo sustancial del contenido del filme, por lo que solo logra excitar la epidermis de los sucesos mismos y la del espectador.

Dentro de esa especie de huracán que se le imprime al desarrollo de los hechos, por el puro gusto de hacerlo, la vorágine se le contagia a los actores, sobre todo a Leonardo DiCaprio, quien no pasa de sobreactuar escena a escena, con un personaje mal diseñado, que traga droga de manera ilógica y, así, el filme pierde coherencia interna.

La trama sí destaca bien el tratamiento dado a la relación del matrimonio principal. Se parte de una condición de mejoramiento obtenido por la pareja, que lleva luego a un proceso de degradación absoluta. También se logra un buen reflejo de la codicia: ese afán por tener dinero a toda costa y de lucirse con él.

El elogiar algunas partes del filme y el cuestionar otras, es solo respuesta a la mentada irregularidad del filme, a su falta de organicidad narrativa y al desequilibrio histriónico (están mejor el actor Jonah Hill y la actriz Margot Robbie que DiCaprio).

La opción de un narrador protagonista es válida, pero ello acarrea aquí mal manejadas apelaciones directas al espectador. Esto es una intromisión narrativamente inaceptable.

El lobo de Wall Street es exceso épico sobre la vida de un corredor de bolsa que hace su capital con estafas y donde aflora la codicia.

La película es volcán que retumba, pero que no hace erupción. Incluso, puede aburrir.

Muestra desenfrenos, pero no se limita con los suyos. Es filme de mucho blablá, pero que no ahonda en riqueza conceptual. Tal vez sea buen cine, pero pudo ser mucho mejor.

Su moraleja podría restringirse a lo que se señala al comienzo del filme: Wall Street es ídolo con pies de barro, es expresión del capitalismo salvaje y falsa imagen del “sueño americano”, porque ahí la vida es fraude ejercido por quienes venden chatarra como si fueran diamantes.