Toro es el héroe: ¡Arroz con mango!

Por: William Venegas 26 julio, 2013

wvenegas@nacion.com

Los malos resultados de taquilla y crítica que ha tenido la película El Llanero Solitario (2013), dirigida por Gore Verbinski, nos recuerda los de otro filme de vaqueros que, por la ruta de la televisión, llegó al cine: Las aventuras de Jim West (1999), dirigida por Barry Sonnenfeld.

Ambos son filmes que abarcan mucho, pero que no aprietan en nada y uno se queda, más bien, extrañando la serie de televisión; en este caso, aquella donde el Llanero Solitario azuzaba a su caballo Plata (“ Hi-yo, Silver, away !”) mientras escuchábamos los sones épicos de la ópera Guillermo Tell , de Rossini.

Al Llanero lo acompañaba siempre un indígena mesurado y de consejos oportunos, llamado Toro. De ese vaquero enmascarado y epónimo, es de quien se hizo seguidor incondicional Felipe, sí, Felipe, el amiguito de Mafalda, capaz de verse a sí mismo como especie de Llanero Solitario.

Vaqueros. La figura de Toro acompañada de la de un vaquero domina El Llanero Solitario . ROMALY PARA LA NACIÓN
Vaqueros. La figura de Toro acompañada de la de un vaquero domina El Llanero Solitario . ROMALY PARA LA NACIÓN

Es muy probable que si Felipe saltara de la ficción de las viñetas al mundo real, se sentiría muy solitario al ver lo que los industriales estudios Disney han hecho con su ranger . ¡Lo desbarataron, simplemente!

Por otra parte, por alguna brujería comercial, el indígena potawatomi llamado en inglés Tonto (Toro en castellano) pasó a ser el personaje principal de la película. Ese hechizo puede darse porque el actor que lo encarna es Johnny Depp y, sobre todo, porque Depp es uno de los productores del filme.

Es una de las peores actuaciones del señor Depp, a quien pusieron a actuar como si se tratara de Jack Sparrow en áridas tierras vaqueras. Todo el filme es absurda y pésima paráfrasis de la famosa saga Piratas del Caribe , con absoluta escasez de ideas, con un relato del todo fragmentado, sin coherencia interna alguna, sin fluidez armoniosa del relato y con pérdida total del cálculo de los tiempos (ritmo y compás).

El guion se enreda con sus propios hilos narrativos, se estanca, de pronto explota y se estanca de nuevo. Ese Llanero (el actor Armie Hammer) no tiene “duende” alguno como vaquero: solo es parte de un metraje muy largo que transcurre sin encanto ni fervor. La verdad, su historia es verdaderamente arroz con mango.

El trucaje digital es excesivo y rompe la credibilidad de su propio mundo imaginario; algo así: con esta película se cumple aquello de que “entre más aspirina le dan, más le sube la calentura”, en detrimento de la buena salud (calidad) del largometraje (por ejemplo: las exageradas secuencias con trenes).

Uno no sabe en qué condiciones estaban los guionistas al escribir ciertos pasajes, como ese del niño que llega a un museo, donde una figura de cera toma vida para contarle su historia con el vaquero a quien llamaba “kemosabe”. ¿Qué necesidad narrativa hay de esto?

Igual, ¿qué necesidad había de entorpecer el argumento vaquero con tonos de comedia? ¡De mala comedia, para peores! ¿Para qué presentar a los malos así tan remalos? ¿Para qué las retrospecciones? ¿Por qué presentar al Llanero Solitario como un abogado más bien simplón si no se muestra un proceso significativo del personaje? ¿Para qué esa anodina historia de amor ahí metida?

En fin, no hay por dónde. Ni siquiera con la música. Por solidaridad con Felipe, el amigo de Mafalda, no debiéramos ir al cine a ver El Llanero Solitario , si es que de verdad nos sentimos camaradas del bueno de Felipe.

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