Si no sabemos a dónde ir, he aquí un filme comprometido que nos señala a dónde nunca debiéramos ir

Por: William Venegas 13 agosto

Acostumbrados, como estamos, a que casi todos los dramas de Hollywood suceden en ambientes urbanos o de familias acomodadas en lo económico, de pronto la presencia de un filme como El castillo de cristal (2017) viene a romper esa imagen con un drama de realismo duro, del naturalismo literario más bien.

El filme se convierte en ocasión propicia para mostrar que la calidad el actor Woody Harrelson es de nunca acabar, dueño de los más distintos registros, lo que bien aprovecha el director Destin Daniel Cretton, venido del cine independiente y a quien se le debe un filme tan premiado como lo es Short Term 12 (2013).

“El castillo de cristal” es filme sobre la pobreza vivida por una familia marginal. Como padre de familia, esta película encuentra en el mentado actor la fuerza dramática suficiente para que la trama se nos haga creíble y, así, nos muestre que no todo el mundo vive en un lecho de rosas, ni siquiera en Estados Unidos.

El castillo de cristal se basa en el libro homónimo y biográfico escrito por la periodista y columnista Jeannette Walls, donde ella revela las difíciles condiciones que le tocó vivir en su infancia, junto con sus hermanos, con un padre alcohólico, casi siempre sin trabajo, y una madre que no sabía asumir la responsabilidad del caso.

El guion es de Marti Noxon, quien recoge bien el clima de suma pobreza de una familia más bien nómada en búsqueda de algo mejor, en un país que se declara ser la primera potencia del mundo. Es una familia disfuncional y también inconformista, donde el padre sabe cuestionar la situación política de su país.

Así, la película se las trae con diálogos interesantes, según las condiciones en las que se dan dichos parlamentos: funcionan como la expresión material de la conciencia marginada por discriminación económica. Creo que el filme habría mejorado bastante con menos metraje: por secuencias insiste en lo que ya está claro para el espectador.

Lo real es que este filme no funciona como mono amaestrado con aquello de que uno cambia si quiere (según los libros de autoayuda). El castillo de cristal propone que quienes no viven en el mejor de los mundos, porque apenas subsisten, para cambiar ellos es necesario –por igual– que el mundo cambie.

Mientras tanto, el padre les hace creer a sus hijos que tendrán un castillo de cristal (especie de utopía). Ello les sirve para olvidar el hambre que padecen. Es cuando el filme ahonda su conciencia crítica sin sobrepasar la denuncia social, porque, como decía Glauber Rocha, la trama no es la base del filme, sino la dirección de lo que nos quiere decir.

Lástima que la película no encuentre con la actriz Brie Larson la sintonía exacta para el papel que ella desempeña como Jeannette Walls. Con ese personaje, se expresa mejor la niña Ella Anderson para mostrar la infancia de Jeannette. Naomi Watts, como la madre, cumple bien lo que le corresponde.

Buen trabajo de la música, pero la fotografía pudo abrirse mejor dentro del concepto de arte naturalista y hasta mostrar cierta poética sobre las duras condiciones de vida de los personajes. El castillo de cristal es buen filme y no da ninguna receta final: nunca muestra a dónde debemos ir, pero sí nos muestra a donde nunca debiéramos ir. Cine solidario, muchísimo para los tiempos que corren.

Ficha técnica

Título original: The Glass Castle

Estados Unidos, 2017

Género: Drama

Dirección: Destin Daniel Cretton

Elenco : Brie Larson, Woody Harrelson, Naomi Watts

Duración: 127 minutos

Cines: Nova, Cinemark, CCM, Cinépolis

Calificación: Tres estrellas de cinco posibles