Película fue anunciada como terror al uso, pero con su suspenso, es algo mucho mejor.

Por: William Venegas 29 mayo, 2016
Visión crítica sobre el fundamentalismo religioso cercano al mejor suspenso. Cortesía de Romaly
Visión crítica sobre el fundamentalismo religioso cercano al mejor suspenso. Cortesía de Romaly

No me cabe duda de que, con respecto a la película La bruja (2015), dirigida por el debutante estadounidense Robert Eggers, estuvimos ante un pésimo mercadeo (venga de donde venga).

La bruja es película interesante que transita por el suspenso psicológico conductista, en tanto hace del misterio un paradigma para la reflexión sobre el dogmatismo religioso, de estilo calvinista. Luis Buñuel lo decía: “El misterio es el elemento clave de toda obra de arte”.

Pues bien, La bruja fue anunciada y llevada a la publicidad como filme de terror al uso, ese de sobresaltos, con empujones de música y efectos visuales para asustar al público de manera fácil. Esto trajo a las salas público equivocado a ver esta película: asistieron quienes no debían y no asistieron quienes mejor la habrían valorado.

Por eso fue fácil oír, al final de la exhibición, de que la película era una trastada, o ver al tipo aquel que se puso de pie, viendo hacia la caseta de proyección, para gritar que por qué cobraban por esa cochinada (así).

Ni trastada ni cochinada. La bruja es película que maneja muy bien su trama, lo hace con la densidad del enigma, con el sigilo del sacramento convertido en pecado según el devenir de su argumento. Sucede en Nueva Inglaterra, en 1630.

Un hombre está a punto de ser repudiado por la iglesia a la cual pertenece. Se trata de un granjero inglés con una lectura desequilibrada, esquemática y rígida de los libros sagrados de su cristianismo dogmático, ortodoxo por adicción y cuyo mundo se divide de manera enfermiza entre su dios y su demonio.

El granjero abandona el pueblo con su familia (esposa y cinco hijos) y se refugia en la montaña, frente a un bosque inexplorado. El sujeto pronto define al bosque como rostro del mal y prohíbe que su familia se adentre en él.

No está de más contarles que su esposa es de religiosidad idéntica con su maniqueísmo sobre la salvación eterna. Por alguna razón, suceden de pronto cosas que la pareja no se explica, por lo que la paranoia religiosa se incrementa y las contradicciones adentro de la familia desbordan lo razonable.

Aquí, el filme de Eggers comienza a jugar con esa división existente entre lo real y lo irreal, entre lo verdadero y lo hechicero, entre el bien y el mal, entre la calma y la tempestad y entre lo divino y lo diabólico.

Las citas bíblicas y el ardor religioso se sacuden en un mundo demencial que origina y sustenta el buen suspenso del filme.

La buena labor fílmica del director Robert Eggers (también guionista) deviene en cine turbador o inquietante, desde el buen manejo de la voz en off , desde la música y desde una muy cuidada puesta en imágenes (puesta en escena), donde las viejas historias de hadas-brujas y sus aquelarres son referencias obligadas.

El desenlace es lo que se siente más forzado dentro de la narración, especie de corte que desentona con todo el planteo anterior: parece recurrir a otro trazo.

Pese a esto, La bruja es muy buena película que, en lo conceptual, discute sobre cómo el exceso religioso nos lleva exactamente a lo contrario: al paganismo.

Título original: The Witch

Estados Unidos, 2015

Género: Fantástico.

Dirección y guion: Robert Eggers.

Elenco: Anya Taylor-Joy, Ralph Ineson, Kate Dickie.

Duración: 92 minutos.

Calificación: Cuatro estrellas de cinco posibles.