En una de las últimas escenas de Canto de ballenas , pieza de la dramaturga y actriz uruguaya-costarricense María Silva, uno de los personajes exclama: “Puede ser que esto que nos está pasando tiene algún sentido, pero yo no lo encuentro”. Yo tampoco.
Como espectador, a lo largo de los 80 minutos que duró la obra compartí la desorientación de la protagonista, Sara (Alejandra Portillo), internada en una clínica psiquiátrica después de sufrir un accidente automovilístico.
Al parecer, Sara padecía de amnesia y ahí es tratada por la Doctora (Roxana Campos), quien le diagnostica una crisis disociativa, o algo por el estilo; no entendí muy bien porque, idiay, no soy psiquiatra, como tampoco lo es Silva, algo que se hizo evidente, hasta para un indocto como este crítico, conforme avanzaba la pieza y la conducta de la internada y el protocolo de la psiquiatra se volvían cada vez más confusos y menos creíbles.
En todo caso, sospecho haber entendido que Sara reemplazaba los recuerdos olvidados con otros de fantasía, o tal vez reales, sepa el diablo, entre los que se encontraban las relaciones con el marido, Ernesto (Rubén Darío Arena), y, ah, sí, casi me olvido, también la vez que fue con él a una playa donde se apareaban las ballenas y Sara se enteró del canto de la ballena macho para atraer a la hembra.
Bueno, eso sí que no lo olvidó, porque lo recordaba todo el tiempo y casi no hablaba de otra cosa, solo que el marido evadía el tema porque tal vez no le gustaba hacer de cetáceo en celo.
Canto de ballenas ganó el premio de dramaturgia inédita del Teatro Nacional y se estrenó en la sala Vargas Calvo el jueves 15 de octubre. La puesta en escena estuvo dirigida por un señor llamado Víctor Reyna, desconocido en el ambiente teatral, quien, según rumores, tuvo serias diferencias de criterio con la autora tocantes al montaje.
Como no dispongo del texto, no sé si atribuirle responsabilidad a la señora Silva o al señor Reyna por los símbolos impenetrables desperdigados en la escenificación, como la cortina de tul que cubría el fondo del escenario, detrás de la que en ocasiones se apostaban la paciente o la psiquiatra; o los movimientos estilizados cuando esta hablaba con Ernesto por el teléfono celular; o cuando la psiquiatra se sentó en el suelo para llevar a cabo la terapia con Sara.
Todas estas guisas y otras me parecieron pretenciosas mixtificaciones que buscaban encubrir la falta de un argumento coherente y la ausencia de significación comprensible de la obra.
El cenit o, más bien, el nadir de la pieza ocurrió hacia el final, cuando Sara recitó a Ernesto un “poema” pseudo erótico que merece un sitial en la antología de lo cursi y me provocó un agudo episodio de vergüenza ajena.
Creo que a Ernesto también porque después dejó de visitar a Sara por un tiempo.
Con una acción estática, parlamentos insulsos y situaciones repetitivas (si alguien hubiera llegado a la mitad por igual habría visto la pieza entera), las figuras de la obra no alcanzaron mayor desarrollo ni despertaron mucho interés.
Sin embargo, el elenco se entregó con sinceridad y profesionalismo a la tarea imposible de darles alguna semblanza de credibilidad a los personajes y esta vez se justifica alabar el esfuerzo histriónico pese al escaso resultado dramático.
FOTOS

Duda. La obra Canto de ballenas, de la dramaturga y actriz María Silva, se muestra ambigua acerca de si Sara (Alejandra Portillo) se imagina algunos de los encuentros con Ernesto (Rubén Darío Arena). Ana Laura Araya para LN
CANTO DE BALLENAS.
Pieza teatral en un acto y diez escenas.
Autora: María Silva.
Presentación: Teatro Nacional.
Elenco: William Solano, Rubén Darío Arena, Alejandra Portillo, Roxana Campos.
Vestuario: Ena Aguilar.
Música: Carlos Escalante.
Iluminación y escenografía: Emilio Aguilar.
Dirección: Víctor Reyna.
Lugar: Teatro Vargas Calvo.
Fecha: Domingo 18 de octubre.
Hora: 5 p. m.
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