El poeta, prosista y dramaturgo angloirlandés Oscar Wilde (1854-1900) escribió el drama Salomé originalmente en francés. La obra se estrenó en el parisino Théâtre de l’Oeuvre en 1896. Debido a la censura, la traducción al inglés tuvo un estreno privado en Londres en 1905, pero el estreno público recién se llevó a cabo en 1931.
Las fuentes del drama en el Nuevo Testamento no mencionan el nombre que lleva la protagonista epónima. Fue el historiador judío Flavio Josefo quien la identificó como Salomé. En épocas posteriores, el personaje se tornó un ícono cristiano de perversidad y lujuria.
La obra está escrita en un lenguaje afectadamente poético, sobrecargado de metáforas artificiosas, en malograda imitación de los Simbolistas franceses; Salomé rara vez se escenifica en el teatro dramático y la supervivencia de la obra se debe más que nada a la musicalización como ópera hecha por el compositor alemán Richard Strauss (1864-1949).
La ópera de Strauss, estrenada en Dresde en 1905, se considera entre las grandes obras maestras del siglo XX y su éxito se debe no solo a la música sino también al libreto de Hedwig Lachmann, basado en su traducción al alemán del original francés de Wilde. El libreto de Lachmann simplificó el argumento, redujo la duración y moderó excesos verbales de la pieza teatral.
El montaje. Por supuesto, nadie espera que Luis Carlos Vásquez sea capaz de moderar excesos y, en su versión libre de Salomé , estrenada el miércoles en el Teatro Nacional, agregó los suyos propios a la exuberancia del texto de Wilde y a la necrofilia y erotomanía del argumento.
Sin tener en cuenta los méritos o falta de ellos de la coreografía de Humberto Canessa y del desempeño de los bailarines, en el montaje de Vásquez la participación de miembros de la Compañía Nacional de Danza restó singularidad a la notoria Danza de los siete velos .
Es el momento cuando Salomé baila para su padrastro, Herodes Antipas, y uno a uno se quita los velos que le cubren el cuerpo hasta quedar desnuda. Como premio, pide y obtiene la cabeza del profeta Iokanán (Juan el Bautista).
Sin embargo, en la puesta, Salomé no bailó sola sino que su danza estuvo acompañada por el revoloteo importuno de una comparsa de bailarines y, así, la escena emblemática del personaje de Salomé quedó reducida en su importe único.
El predominio del color rojo en la escenografía de Salomé fue un irritante para mis ojos y estorbó el empleo dramáticamente significativo de la iluminación. El vestuario me dejó la impresión de un desfile de carrozas parecido al josefino Festival de la Luz.
El Bautista no fue confinado en una mazmorra, en cambio colgaba de una jaula al fondo del escenario, cual ave de mal agüero. La figura de Jesucristo, inexistente en el original de Wilde, hubiera tenido mayor presencia si se hubiera dejado a la imaginación del espectador.
La música de Carlos Escalante me trajo reminiscencias de ritmos tribales africanos y la coreografía de Canessa privilegió aspectos ceremoniales que evocaban cultos arcaicos. El rendimiento del elenco de bailarines me pareció dinámico, fluido y expresivo, y las cambiantes combinaciones grupales se vieron coordinadas con precisión.
Actores. En la personificación de Rocío Carranza, Salomé era más chiquilla consentida que femme fatale ; por lo demás, la apariencia grata de la actriz compensó en gran medida la voz chillona, quizá corolario de los esfuerzos por proyectarla al auditorio.
Voces moduladas y de alcance amplio destacaron en las actuaciones de Rodrigo Durán Bunster, en el papel de Herodes, y de Roxana Campos en el de Herodías, esposa de este y madre de Salomé. En los pleitos matrimoniales ambos encontraron el humor de los personajes, pero el lado oscuro y cruel permaneció atenuado.
En el papel de Iokanán, el cuerpo de Pablo Rodríguez mostró el atractivo físico necesario para hacer creíble la obsesión carnal de Salomé; sin embargo, el fraseo defectuoso y la dicción indistinta redujeron el impacto de los parlamentos proféticos.
El público del estreno, en su mayoría invitados y gente del oficio, aplaudió con entusiasmo y por largo rato a los intérpretes y demás artistas responsables de la escenificación, por la Compañía Nacional de Teatro, de Salomé , drama de Oscar Wilde, en versión libre de Luis Carlos Vásquez.
FOTOS

Engañosa. La apariencia inocente de la princesa Salomé (Rocío Carranza) al inicio de la obra no da indicio de sus descarriados apetitos sexuales. Eyleen Vargas

Imaginario. Los atuendos son producto de un eclecticismo de fantasía más que de la autenticidad histórica. Aquí, los actores Fabián Sales y David Calderón. E. Vargas

SALOMÉ .
Drama en un acto.
Autor: Oscar Wilde.
Traducción: Anónimo.
Presentación: Compañía Nacional de Teatro, Compañía Nacional de Danza y Teatro Nacional.
Elenco principal: Rocío Carranza, Rodrigo Durán Bunster, Roxana Campos, Pablo Rodríguez, Fabián Sales, Luis Roldán, Miguel Rojas. Bailarines: Mimí González, Miriam Lobo, Roxana Coto, Sylvia Montero.
Luces: Telémaco Martínez.
Música: Carlos Escalante.
Coreografía: Humberto Canessa.
Escenografía, vestuario y dirección: Luis Carlos Vásquez.
Lugar: Teatro Nacional.
Estreno: Miércoles 4 de marzo.
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