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Sábado 22 de septiembre, 2007 |
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A precios altos, mayor obligación Falto. El aspecto escénico no alcanzó un nivel profesional.Andrés Sáenz asaenz@nacion.com Las producciones operísticas en Costa Rica oscilan entre la ostentación de una Compañía Lírica Nacional (CLN) que derrocha ingentes sumas del erario en montajes espectaculares, pero de réditos artísticos reducidos, como la reciente escenificación de Stefano Poda del Falstaff , de Verdi, y las pretensiones de algunas compañías de ópera privadas, como Ópera de Cámara de Costa Rica, que insisten en llevar al escenario títulos que requieren recursos que no tienen, en la ocasión, la famosa opereta La viuda alegre , del compositor austro-húngaro Franz Lehár (1870-1948). La viuda alegre se estrenó en Viena, en 1905, y se ha mantenido entre las operetas más gustadas y representadas en el mundo entero. Cuando el público paga precios altos, el nivel de exigencia aumenta proporcionalmente y el crítico está en la obligación de no hacer concesiones, por más que quisiera, como en este caso, favorecer una iniciativa privada que busca la difusión del arte lírico en el país. Cualquier escenificación profesional de La viuda alegre exige la apariencia de boato en el decorado, y de lujo y distinción en el vestuario, sobre todo si, como la estrenada el fin de semana anterior en el teatro Melico Salazar, se propone recrear el ambiente de Paris de la belle époque . Sin embargo, en la puesta en escena de Ópera de Cámara de Costa Rica, la escenografía lució tosca; la vestimenta, nada distinguida, y de un revoltijo cromático irritante; además, a veces hasta ridícula: los personajes uniformados parecían botones de hotel en vez de militares; los invitados a las fiestas, vestidos de frac, pero con corbatín negro (en vez de corbatín blanco), tenían aspecto de camareros, un oficio muy respetable, claro está. El desempeño de los cantantes principales me pareció más profesional. Las voces de las sopranos Anayanci Quirós (la Viuda) e Ivette Rojas (Valencienne) se oyeron despejadas y ambas encarnaron los personajes con suficiente aplomo y convencimiento. También los barítonos José Arturo Chacón (el Barón) y Andrés del Pino (el Conde), y el tenor Ernesto Rodríguez (el Teniente), se mostraron entonados de voz y bastante creíbles en sus papeles, aunque me molestó cierta dureza en el timbre de Pino. El actor Euclides Hernández (N’jegus) sacó provecho de un papel hablado. El programa de mano omitió identificar a los autores de la versión en español empleada. En todo caso, si los diálogos eran entendibles, no así la letra de las canciones, dada la deficiente dicción de los cantantes. Apenas aceptables la dirección escénica, la coreografía y el trabajo de las bailarinas. Afinadas las voces del coro, pero lo mejor de la puesta fue el rendimiento de la orquesta profesional de 23 maestros, constituida por atriles principales de la Orquesta Sinfónica Nacional, con la dirección atinada de Juan Francisco Sans. Los asistentes llenaron alrededor de la cuarta parte del teatro, aplaudieron a menudo durante la función y largo rato al final.
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