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Lunes 10 de septiembre, 2007 |
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Ausencia de calidad Al viento. Amor sin sal ni especiasWilliam Venegas wvenegas@nacion.com Con la película Pregúntale al viento (2006), dirigida por Robert Towne, piensa uno en el retrato de una boca abierta, anchuroso y pretenciosa, en cuyo centro hay un diente, uno solo, de exquisita presencia y tenue textura. El resto de la boca es negritud, ausencia de todo, hasta de palabras inteligentes, donde más bien abunda el mal aliento. En Pregúntale al viento solo hay una cosa para destacar: la atmósfera lograda con argucia fotográfica, más cerca de una cinta de gánsteres, sugerente y melancólica. Nada más. La historia es cursi y poco original: la de un escritor que busca en su propia vida la inspiración que no le llega. Sucede en Los Ángeles, años 30, en un barrio marginal de la gran ciudad. El escritor sin musa se llama Arturo Bandini, y es la peor actuación que le hayamos visto al histrión Colin Farrell. En un café y bar, Bandini conoce a una camarera con quien tendrá un encontronazo de opiniones. De ahí en adelante, será una relación de pleitillos entre ambos, de groserías en ramilletes de flores con abejas venenosas. Tanto pelean que uno, sentadito en la butaca, solo puede imaginarse el amor como desenlace. ¡Y se enamoran! Ella se llama Camila López, encarnada de manera desastrosa por Salma Hayek, en el peor papel de su vida. Como pueden ver, al actor Farrell y a la actriz Hayek los une lo peor de sus capacidades histriónicas: al borde del ridículo cada cual. Incluso vemos una secuencia erótica que da más lástima que sugerencias, totalmente desaprovechada por el director Robert Towne. ¿Desnudarse para eso? ¡Qué desperdicio visual! Dicen que a quien nace barrigón es inútil que lo fajen. Así pasa con este largometraje: germinó fallido por culpa de todo el mundo, y más del guionista, quien es el propio director. Ahora sí nos queda claro a quién debemos “crucificar” en esta crítica, a Robert Towne, funesto director de actores, además. En esa onda, la trama del filme viene a ser una copia espuria, sin sal ni especias, del conocido melodrama La dama de las camelias, escrito por Alejandra Dumas hijo y luego llevado a la música por Verdi, en su ópera titulada La Traviata. El filme también incluye la tuberculosis que mata a la joven enamorada e incomprendida. En la función que estuvimos presentes, oímos cuando una joven espectadora dijo: “Voy a ir al baño, no creo que me pierda nada importante”. Exactamente. En esta película, aparte de la recreación de época, no hay nada importante, es la palabra. Se afirma que la novela de John Fante, que da lugar al guion, no es tan mala. Entonces, la película es como puñalada traicionera para el libro. Se dice que quien cree en la astrología se amarga cada día. Así nos pasa: como nos gusta el buen cine, un filme como este solo genera pesadumbres: esperábamos más, pero solo quien no anda no se tropieza. No cometan ustedes igual error, por lo menos al crítico le pagan por ir al cine y escribir.
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