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Lunes 28 de mayo, 2007 |
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Pagar y pasar el rato Piratas: El Caribe es bucaneroWilliam Venegas wvenegas@nacion.com Escribir un comentario de Piratas del Caribe: En el fin del mundo (2007) es tan fácil como sacudirse las manos, como quien se quita paja de entre ellas. Primero, es película dirigida por un buen operario, director que hace cine por encargo y no se quema las pestañas para intentar –siquiera– valoraciones artísticas. Se llama Gore Verbinski y ya nos olvidamos de él. Lo segundo es aceptar que se trata de una cinta de entretenimiento, solo eso, distracción efímera, tanta como darse una vuelta por el Parque de Diversiones. Estamos ante una franquicia para pasar el rato en una sala oscura, mientras muchos leen mensajes en sus celulares, otros comen montones de palomitas y ellas (no todas) van por ver y desear a Johnny Depp. Este filme, a lo sumo, quedará como anécdota. Aceptamos la popularidad del filme. Aceptamos que el filme entretiene a muchos. Aceptamos ciertos pasajes de humor bien ácido. Luego, con exigencia, como se debe, señalamos que es cine de calidad mediocre, aunque esto no le preocupe a nadie, mucho menos a la propia película. Se trata de una superproducción larga en su totalidad y larga por secuencias: ejercicio megalómano de efectos especiales. Su historia pierde la coherencia interna porque no hay lógica en la estructuración del mundo narrado, por eso el relato se llena de asuntos arbitrarios, solo para seguir adelante. Es filme de ocurrencias para un argumento enrevesado. Alguien diría que esa maraña de sucesos es adrede, ¡uy!, propio de esta época en que a los jóvenes les dicen que el buen cine es el de estupendos efectos especiales o la megaproducción con humor sulfuroso. Nada que ver. Lo cierto es que este filme pirata ha sido rodado y se muestra sin convicción alguna. Ni los histriones se creen lo que dicen y hacen sus personajes, por eso sus actuaciones son baladíes: ni talento ni poesía, ni rigor ni pasión, ni concentración ni persuasión. Les vale un carajo lo que encarnan. La fotografía es apelotada; la atmósfera es imprecisa; los encuadres, planos y secuencias se aglomeran; el guion se desarticula y la banda sonora es bulliciosa en exceso. La partitura de Hans Zimmer suena y suena sin correspondencia alguna con las imágenes: lo visual no pasa por el pentagrama. El principio del filme es bueno y, por esto, engañoso. Ojo: no olviden quedarse hasta después de los créditos últimos, porque es cuando se ve el final/final. No salgan antes: es un castigo por recrearse con películas entretenidas, pero mediocres.
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