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Martes 27 de marzo, 2007 |
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Política tangencial En Uganda. Último rey de EscociaWílliam Venegas wvenegas@nacion.com África es tema vivo para el cine. En África se materializan las grandes contradicciones del desarrollo económico de un mundo globalizado. La situación de Kenia es contexto en la película El jardinero fiel . Vimos el referente de Mozambique en Diamantes de sangre . Sudáfrica lo es en Tsotsi . Ruanda y su martirio se ven en Hotel Ruanda. Son estrenos recientes. Ahora es Uganda y su pasado de genocidio con el gobierno de Idi Amin, puesto ahí por la intromisión inglesa al derrocar, en 1971, al presidente Milton Obote. El filme se titula El último rey de Escocia (2006), dirigido por el realizador escocés Kevin Macdonald. No es exactamente un largometraje biográfico, aunque procura mencionar algunas de las circunstancias históricas alrededor de la locura “aminiana”, y para que entendamos el porqué del título de la película. Sin embargo, este filme más bien se concentra en situaciones periféricas a la realidad política de entonces. Más que la historia de Idi Amin, es la del médico Nicholas Garrigan, quien desea darle un sentido menos rutinario a su vocación por la medicina. Por tal razón, se marcha de su Escocia natal a trabajar en Uganda. Por un fenómeno de esos, donde se confunde la causalidad con la casualidad, un día Garrigan conoce a Idi Amin y se convierte en su médico personal. De ahí pasa a ser su consejero e, incluso, llega a tener un peligroso romance con una de las esposas del dictador ugandés, quien fue derrocado en 1979, tras una fallida guerra con Tanzania. Murió en Arabia Saudí, exiliado. Marginalmente nos enteramos del carácter veleidoso de la dictadura de Amin, de su falso africanismo. Al concentrarse en la figura del doctor Garrigan, esta película más bien resulta anécdota superficial ante un tema que exigía más hondura, merecía más intensidad dramática y menos liviandad narrativa. Tampoco es cine trivial, de ninguna manera, porque el director apuesta a lograr un buen trabajo con sus cámaras y lo logra en el resultado visual. También se evidencia el trabajo en la sala de montaje, para dar buen ritmo al filme. Es en la dirección de actores donde la película resulta superlativa, con Forest Whitaker verdaderamente excepcional como Idi Amin, capaz de llenar cada plano: la intensidad del relato está en proporción o correlación directa con la soberbia y sentida actuación de Whitaker. Tampoco podemos pasar por alto el buen trabajo del actor James McAvoy como el doctor Garrigan, quien es el interlocutor principal, no lo es Idi Amin. No hay duda de que estamos ante lo que se llama una obra de personajes y, como tal, queda recomendada.
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