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Lunes 11 de junio, 2007 |
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Violinista superó al violín Divergencia. Sublime para unos, tedioso para otrosAndrés Sáenz asaenz@nacion.com Sendas obras del romanticismo y posromanticismo en la tradición austro-germana formaron el programa del cuarto concierto de la temporada oficial de la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN), celebrado el viernes último, en el Teatro Nacional. Dirigió el titular, Chosei Komatsu, y como solista actuó José Aurelio Castillo, concertino de la OSN, quien modeló una interpretación cuidada y sentida del Concierto en mi menor para violín y orquesta , opus 64, de Felix Mendelssohn (1809-1847), figura esencial del romanticismo alemán. La obra se estrenó en Leipzig en 1845 y desde entonces su equilibrio formal, encanto melódico y proporcionado virtuosismo la han mantenido como una de las favoritas del repertorio, por igual para intérpretes y público. Castillo produjo un tono dulce de su violín, bien que algo atenuado en proyección, sin duda a causa de la condición de su instrumento, que estaba muy por debajo de la capacidad interpretativa y técnica del concertino. Este hecho también refleja cierta indiferencia en el medio hacia las necesidades de los artistas musicales. En otros países, es corriente que algún mecenas o fundación proporcione un instrumento digno de su talento a los instrumentistas de cuerdas que se destacan, a menudo en calidad de préstamo. En esos casos, los benefactores ven el instrumento como una inversión que adquiere plusvalía con el tiempo. Quizá no sería ilusorio pensar que bien pudiera algún banco estatal o entidad privada establecer un fondo similar para la adquisición de instrumentos de cuerda de calidad, que se pondrían a disposición de músicos meritorios. De vuelta a la interpretación del Concierto en mi menor de Mendelssohn, Castillo salió airoso de las dificultades técnicas de la pieza, como trinos, arpegios y armónicos dobles, y el director y la orquesta acompañaron de manera suficientemente prolija. La segunda mitad de la función se dedicó a la Sinfonía N° 4, en mi bemol mayor , conocida como la Romántica , de Anton Bruckner (1824-1896), representante distinguido del posromanticismo austriaco. Komatsu y la OSN interpretaron la cuarta versión de la obra, que data de 1882, en la edición preparada por el musicólogo Leopold Nowak, que es la que se escucha con mayor frecuencia. Según las notas de Jacques Sagot en el programa de mano, la Romántica es la única sinfonía de Bruckner que se ha interpretado en el país desde 1966, algo que no he podido confirmar. Yo recuerdo una ejecución muy lograda de la Cuarta por Irwin Hoffman cuando era titular de la OSN y tengo una vaga reminiscencia de que también interpretó la Novena , pero no estoy seguro. Después de tantos años, la administración de la OSN todavía no ha levantado una lista de obras e intérpretes con sus respectivas fechas. En lo personal, no soy muy adepto a las diez sinfonías de Bruckner (y no ocho, como indica Sagot), aunque tampoco me encuentro entre sus detractores, para quienes en sus obras sinfónicas el compositor “tiene poco que decir, lo vocifera y se prolonga en decirlo”. No obstante, la interpretación de Komatsu no logró persuadirme en absoluto de la trascendencia que los admiradores de Bruckner perciben en su música sinfónica. Encontré pedestre y rutinaria la lectura del titular, la oí fragmentada en su concepción, carente de fluidez y con un sonido orquestal falto de equilibrio, cuando no grosero, sobre todo en los fortísimos del conjunto y en el tosco fragor de los metales. Pero el público fue de toda otra opinión, a juzgar por la aclamación entusiasta con que premió a los ejecutantes al final de la obra. Si la cantidad es criterio definitorio en las artes musicales, varios centenares de oyentes le ganan a uno solo. Aún así, no estoy convencido.
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