![]() |
| • Portada • Espectáculos • Además | ||
|
|
Domingo 15 de julio, 2007 |
|
||||||||||||||||||||||||||
Miedo a los sortilegios Potteriano: Deleite y horror en sí mismos.Wílliam Venegas wvenegas@nacion.com Las historias crecen con los personajes. Este es el caso de la película Harry Potter y la Orden del Fénix (2007), dirigida por el británico David Yates. Si a alguien hay que darle las gracias de que este nuevo filme con Harry Potter no sea un relato desvanecido, es precisamente a nuestro ilustre señor Yates. El eje narrativo de este nuevo largometraje potteriano descansa en el regreso del malvado Lord Voldemort y de cómo este logra enlazarse con el cerebro (la mente) de Harry. Sucede así un encuentro dialéctico: la contradicción está en la unión de los contrarios. Es un juego argumental y nada despreciable. El problema es que el filme se toma demasiado tiempo para evidenciar las rencillas que esto genera en Hogwarts, el famoso colegio de magia y hechicería, a donde también asistimos los críticos de cine. Luego, logra un estupendo clímax, cuando la lucha de los contrarios busca tener significación dominante en cada sujeto. Lo importante no es la unidad de los contrarios, Harry y Voldemort, enlazados por energías mentales, sino la lucha entre ellos. La película da gusto mostrándonos ese clímax con gran creatividad visual: atrapante, sugerente y fascinante. Sin embargo, es injusto decir que solamente el último tercio de este filme sea bueno en composición visual. El director David Yates opta por una puesta en escena cuya fotografía se carga de filtros: es su manera de exponer lo laberíntico del relato y las angustias de los personajes. Solo por eso, el filme se convierte en deleite por sí mismo. Lo ignoto se roza con la locura. Las obsesiones se acercan a la magia. Las fobias pueden ser hechiceras. Lo mágico se confunde con lo enfermizo. El miedo domina sobre la alegría de los sortilegios. La prepotencia y el ruido se imponen sobre la dulzura dominante de las varitas mágicas. Pero hay más: la infancia y la adolescencia están tan cerca del mal como del bien. El gozo y el beso del primer amor pueden ser el paso iniciático a la traición. La educación formal puede convertirse en tortura. En los claroscuros de la hechicería, la niebla tiene un poder fascinante. Lo azul, color de la locura, se confunde con lo gris, color del miedo, con lo negro, color del terror, y con lo rojo, color indiscutible de rebelión. No solo es envolvente la puesta en imágenes. Igual, David Yates demuestra ser un extraordinario director de actores. Nadie trabaja mal ahí. Los personajes de fantasía nos resultan imperturbablemente creíbles. Por sombría, la película es más enérgica. Es cine con enjundia o miga. Su tono es inquietante, pese a las debilidades del relato. Hay que ver esta cinta con ojos afinados: no es cine del montón, aunque así sea publicitado.
|
||||||||||||||||||||||||||||
|
© 2007. LA NACION S.A. El contenido de nacion.com no puede ser reproducido, transmitido ni distribuido total o parcialmente sin la autorización previa y por escrito del Grupo Nación GN S.A. Si usted necesita mayor información o brindar recomendaciones, escriba a webmaster@nacion.com |