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Lunes 12 de febrero, 2007 |
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Mundo sombrío Destacado. Pesadillas de siempreWilliam Venegas wvenegas@nacion.com En la película Habitantes de la oscuridad (2002), dirigida por Robert Harmon, nos encontramos ante una exhibición continua de guiños usuales en el actual cine de terror. No hay mayor ingenio ni creatividad en la puesta en imágenes ni en la trama, pero sí hay buen uso de esos ardides rutinarios. En dos platos, este largometraje se parece a otros, pero con mejor artesanía. Es mérito, eso más la buenísima actuación de la joven Laura Regan como Julia. Esta actriz domina la expresión del suspenso que produce una situación potencialmente horrorosa y maneja con exactitud el clímax del pavor. La historia se estructura alrededor de una premisa interesante: las pesadillas sufridas en la niñez, porque aún no entendemos aquello que conocemos solo por los sentidos, son sujetos materiales que nos marcan. Luego, en algún momento, las desazones de los sueños infantiles regresan para llevarnos a algún lugar. Ese sitio es la oscuridad. Todas las explicaciones de los psiquiatras se caen ante un solo hecho evidente: el retorno de las pesadillas solo nos llevan a un mundo aislado y es el de las sombras, y no son precisamente de las que hablaba nuestro viejo amigo Platón, cuando diferenciaba las ideas de la materia. Julia, Sam, Terry y Billy son algunos de esos personajes marcados en la infancia, quienes deben enfrentarse a “ellos”, sombras y pesadillas que, no en vano, son descritos con un pronombre masculino plural. Julia es quien resiste, pero solo resiste, así que no esperen ustedes a que esta cinta les dé un final feliz, aunque tampoco cae en el jueguito de los finales abiertos para abrir la posibilidad de una secuela. Los efectos especiales tampoco caen en la trampa de crear personajes bestiales, no son esos monstruos fabulosos llamados endriagos: los de la película tienen alguna sutileza. Lo demás es conocido: puertas que se abren y cierran solas, repentinos timbrazos telefónicos, laberintos, luces que se apagan sin razón alguna, aguaceros diluvianos con tormentas estruendosas, rostros que pasan de la belleza a lo demacrado, psiquiatras y un poquito de sexo. En fin, estamos ante una cinta modesta, pero disfrutable en su género. Tenemos reservas ante la calidad de la película, pero ello no evita que la recomendemos como un pasatiempo.
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