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Lunes 15 de enero, 2007 |
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Gallito de la pasión Bien jalado fue el “chivo” de Pedro Fernández, Él, un showman que no pierde lo bravío. Se notan sus 28 años de carrera en los que aún se cuelga La mochila azul.Ana María Parra A. aparra@nacion.com Doce señores entraron primero. En soberano negro, literalmente, se apoderaron del escenario. Lo llenaron por todos sus costados y eran bravíos... los violinistas tocaban y tanto a tanto levantaban los arcos que hacían chocar en el aire. Apenas unas notas después el plato fuerte entraba a la mesa. De sombrero, pantalón, camisa y botas más blancas que la nieve iba Pedro Fernández que con un poncho, blanquísimo con el dibujo de una herradura en negro en la espalda, parecía que llevaba capa.
Sonoro grito el de la muchedumbre. El tablado se puso de pie y en la luneta el estar a dos patitas duró un poco más de media canción hasta que la seguridad, nada amable para variar, mandó a todo el mundo a tomar asiento. Flor en el ojal, y bien blanca, fue la que se puso el Festival Ranchero con el Fernández. Por donde se le pusiera el ojo el concierto internacional del sábado superaba la edición del año anterior. Esta vez el redondel cumplía lo que le tocaba: cobijar a los casi 4.500 espectadores –en el 2006 a falta de techo todo mundo se fue bien mojado gracias a un azotador aguacero. El año pasado el desempeño de Pablo Montero fue apenas para cumplir, aunque las damas sí que lo gozaron –el hombre es de buen ver–. Pero cuando Fernández entró con paso largo y seguro; altivo porque tiene un kilometraje en escenario difícil de alcanzar para alguien de apenas 37 años el recuerdo de lo bonitillo del Montero pesaba lo de una pluma: nada. Pedro tenía el porte de un gallito de pelea.
Rájese, compadrePedro que se quita el sombrero, y lo pone en un pedestal. La verdolaga fue lo primero que dejó salir. Los hombres, Quién será y Escúchame –título de su nuevo disco– sonaron. Los Arrieros de México –su mariachi– le daban con todo. De repente toda la sección de violines rodeaba a Pedro mientras trompeta, teclados y guitarrones quedaban atrás. Los mariachis saltaban, otras bailaban siempre haciendo de telón de fondo para un Pedro Fernández que no pasó por alto a nadie: muchas canciones las hizo mirando a la porción del público que por la ubicación de la tarima solo le veían la espalda o un costado. Pedro cantaba y atrapa pañuelos rojos y hasta sombreros que le lanzaban. Hubo toques felinos: sin apartar la mirada del público cerraba el puño y entre los dedos le quedaba un pañuelo que venia en actitud voladora. Besaba aquellos trapos y los devolvía a sus dueñas que se desgalillaban en coros o en “Pedro” o en varios “te amo”. Cuando sale la luna, Aventurero, Cómo quieres que te olvide, Cómo te extraño , Despacito y La mujer que quiero fueron poniéndole al concierto corazón y romance. Pedro le sacó punta hasta a esa necedad insulsa del público de pedir “vuelta, vuelta”. Él aprovechó la palabra para hacer los versos de algunas canciones que la tienen y en tono juguetón hizo chiste fino de eso. En él lo vulgar no es necesario. El colmillo en 28 años de carrera, y de un andar en el pop y la balada quedó. Algunos movimientos corporales, suyos y del mariachi, eran como adaptaciones finas de un manejo pop de escenario. Quién arrancó coros intensos, El Sinaloense hizo saltar y bailar a los mariachis y Mi forma de sentir puso a cantar hasta a quienes no conocían mucho de rancheras, pero Yo no fui hizo que todo el redondel se levantara y bailara. Unos lo hacían desde las sillas, otros, con mejor suerte, se emparejaban.
Mochila y final. ¿Cómo no pedirle otra? Después de semejante descarga y todo mundo ya de pie con un torrente de gritos estorbando en la garganta era lógico el “¡más, más!” Pues Pedrito, Pedro, Pedrote regresó como lo hace todo un caballero: sin tardar demasiado, solo lo suficiente. Se plantó como lo había hecho desde las dos horas y pico que entró en el escenario: al frente, al centro...¡y adentro! Empezó a jugar con un largo “queeeee” en el cual sostenía la nota por largo y tendido. Nadie se sentaba porque Yo no fui había provocado un incendio de ánimos y una amnesia del reloj.. y Pedro siguió jugando dos, tres veces más con su “queee” hasta que arrancó el mariachi y esta vez si que el redondel se rajó: que te pasa chiquillo que te pasa, me dicen en la escuela y me pregunta en mi...”¡casaaaa!” lo coreaba el redondel. Desde veinteañeros hasta cuarentones le daban a La mochila azul prueba fiel de que aquella canción que Pedro hacía cuando le llamaban Pedrito en 1978 está vivita y coleando a pesar del andante paso de todos los tiempos. Media Mochila azul y otra media de México Lindo así fue el último tema que Fernández entregó aquella noche en el redondel. Había cantado más de dos horas seguidas; había saltado –a pesar de ese “entallamiento” en el se enfundan los charros–, había movido la cadera, los hombros, la tibia y el peroné y no le faltaba el aire. Había sacado adelante 26 canciones seguidas y no se escuchaba ni un asomo de cansancio en su voz. ¡Pedro , el grande! por conquistador; Pedro, el grande porque cómo creció. Con razón en el escenario el marichi bien serio le responde con ganas “sí, ¡señor!” |
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