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Jueves 16 de agosto, 2007


Notas Espectáculos:

Foto Principal: 1692935

Sencillo.Cuando a mitad del show Caetano Veloso se quitó su chaqueta de mezclilla recibió silbidos de los asistentes, como en actitud de compinches. Hizo un concierto desprovisto de cosméticos, pero artísticamente pensado. Eddy Rojas.
Caetano Veloso:

Un hombre que hace lo que le place

Los que fueron al show pensando que en el Country les saldrían bailarines de carnaval se sorprendieron. Caetano fue denso y bueno.

Ana María Parra A.
aparra@nacion.com

Si alguien hace lo que se le pega la reverenda gana, ese es Caetano Veloso. A sus 65 años de edad –algo más de la mitad haciendo música–, más de 40 discos encima, pilar cultural, casi que ídolo de muchos compositores contemporáneos... el brasileño tiene todos los elementos para hacer lo que quiera y no ser lo que los demás quieren. ¡Así de fácil!

¿Qué prueba más clara que el concierto del martes 14, en las canchas techadas del Costa Rica Country Club? Muchos se “apingüinaron” (muy elegantes) so argumento de que Caetano es un artista de alto nivel –obvio que lo es, pero también es sencillo–. Por él pagaron más de $100 de entrada, pero él salió a cantar bien forrado en mezclilla. Lo suyo no es el lujo. Y la lógica dice: si el cantante fue en jeans , ah diay, uno también podía.

Quizás buena parte de quienes asistieron pensaron que aquello tendría una buena dosis de jazz , alguito de sabor a samba. Cuidado y no más de uno pensó que quizás se podría mover la cadera y salir lleno de un sabor a los carnavales de Río de Janeiro –fijo que nadie esperaba plumas, bikinis y lentejuelas– pero menuda sorpresa se llevaron porque don Caetano, como era lógico, se amparó en su .

Estética “Dylan”. Siempre queda la esperanza de que cuando es un debut en un país –no importa cuan tarde suceda– el debutante repase lo más colorido de su discografía, pero con Veloso el cuento es otro. No lo necesita, porque ya lo ha hecho muchas veces y si es su presente, es lo que receta.

Buena parte del repertorio fue eso: . Tan vertebral es su disco ahora, que todo tenía el minimalismo de ese álbum. Nada de candilejas; muy por el contrario, un escenario desprovisto de “chuncherismos” (ni pantallas, ni gradas, ni mamparas, ni cubos ni nada). Apenas unas “culebras” de luces de neón que vienen jalando por toda la gira, nada de abuso de las luces inteligentes y mucho menos encandilantes strokes ni humo excesivo, ni relucientes efectos.

es un álbum que muestra la otra estética de Caetano, esa nutrición suya de distintas fuentes que van desde Los Beatles y Lou Reed hasta los dadaístas franceses y los poetas modernistas brasileños. es un disco compuesto y grabado en trío con un feeling del rock seco pero profundo. Si de alguna forma Veloso permite una comparación, hay que arriesgarse a afirmar que con el concierto en Escazú, a Caetano se le puede ver como un Bob Dylan de Brasil. No por nada el es una respuesta a su anterior trabajo, A Foreign Sound , que tenía canciones en su mayoría en inglés y pertenecientes al cancionero norteamericano. En , Caetano se apropia de aquel sabor, porque lo hace en portugués y se deja llevar. En el escenario su atención estaba en la guitarra, su expresión en las piernas flexionadas para darle al pedal, sus manos se iban no antes ni después, sino en el tiempo adecuado, a la cabeza. Y se extendían no demasiadas veces, solo las veces que eran suficientes.

es puntual y hasta un tanto oscuro. tiene ese sonido suave pero de repente estridente a contrapuntos y de alma funky . Más claro no lo pudieron dejar canciones como la que titula el disco, , que fue la cuarta en tocar.

¡Qué disco de sonido extrañísimo pero descarnado a la vez! Caetano lo llevó de forma sencilla y pasó de temas como Outro y Minhas Lagrimas –dos primeras intervenciones– a cosas más moviditas como Odeio . Tejió el repertorio de forma particular, que un tema amoroso o suave, que otro más eléctrico y funky, pero no hubo carnaval.

Igual se llevaba las palmas de quienes, demasiado sentados, lo llenaban de silbidos y aplausos al final de cada canción. Pero absoluto silencio hubo cuando, en un muy buen español, Caetano se dirigió al público. “Gracias por venir esta noche, que es mi primera vez en Costa Rica” y hubo lluvia de aplausos.

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Simpático.Hubo momentos en los que Caetano Veloso contó anécdotas de su vida, que cerraba con comentarios irónicos que sacaban risas. Eddy Rojas LN.

“Es una gran felicidad para mí y quiero darles las gracias por tener un país tan bello”. Eso fue a los primeros 20 minutos del show . Y ya con eso, Caetano tenía el corazón de cerca de 750 personas que llegaron, entre ellos muchos músicos (casi todos los Malpaíses, toditos los Gandhis, gente de LePop, uno que otro de Los Acetatos, bateristas de rock como Gerardo Mora, de jazz como Kin Rivera padre, cantantes de las buenazas como Gabriela Zamora, de Jazz Garbo, y otros...)

Es que Caetano es uno de esos músicos que hay que ver. Y oír.

Verlo es como estar ante un felino, se mueve despacito y preciso; oírlo es enfrentar a una voz extraña que parece que se va quebrar de lo alto que va, pero luego se devuelve y aterriza redonda, gorda.

¡Paloma! El repertorio daba una especie de gráfico monótono: suave, fuerte; de fuerte a suave y por ahí un contrapunto denso como un sueño profundo, donde hasta el escenario se azulaba.

Sin embargo, la canción que quizás más conversadera arrancó entre el público, y varios “¡ah, ah, ah!” fue un clásico de la canción latinoamericana Cucurrucucú Paloma . Su versión la escucharon en silencio y al terminar el público le dio una aguacero de bien merecidos aplausos. ¿Qué mas sencillo que eso? Era Caetano solo en el escenario, con su guitarra y sentado en un banco alto, mostrando sus evidentes zapatos tennis rojos.

Luego de haber cumplido con unas 22 canciones, entre ellas Rocks y Musa Hibrida , Caetano Veloso se despidió.

Había cumplido tan bien su tarea que el público le pidió aquello que ya es obligatorio: “¡otra, otra!”

Generoso, regresó al escenario cuando ya eran las 10:27 de la noche y complació con dos canciones.

Hizo la reverencia correspondiente con la guitarra en mano y alzada, y se volvió a despedir. El público se puso de pie y en sonoro aplauso y muchos silbidos le indicaban que aún seguían rendidos antes sus pies –coloraditos– y ante esa voz alta y dulcemente extraña.

Caetano volvió y dio un tema más. Luego, diciendo adiós con sus dos manos, desapareció del escenario de un lugar que no fue precisamente el mejor para escuchar a un músico de tanto peso, y tan liviano en cuestión de lo cosmético.



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