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Jueves 12 de abril, 2007 |
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Lugares comunes Pruebas. Suspenso decrecienteWílliam Venegas wvenegas@nacion.com De nuevo, el tema de las plagas bíblicas vuelve al cine para intentar una película de terror. El problema es que el filme no pasa de eso, de las plagas, y se convierte en desastre cada vez más calamitoso. Hablamos del largometraje Prueba de fe (2007), dirigido por Stephen Hopkins, nacido en Jamaica, en 1958, quien se crió en Inglaterra antes de marchar a Australia y a los Estados Unidos. La trama es simple y luego se complica un poco, pero nunca intenta ser compleja, ni puede. Narra la historia de una mujer protestante, pastora y misionera, quien vive una situación traumática en Sudán, con el asesinato de su familia, por lo que pierde su fe religiosa. Luego, ella se convierte en profesora universitaria y se dedica a refutar experiencias religiosas o paranormales, una y otra vez, mediante respuestas que pasan por el método científico. Esta mujer se llama Katherine Winter, con sopesada y aceptable actuación de Hilary Swank. Así, tenemos el primer lugar común de un suspenso nutrido en lo sobrenatural, cercano al terror, con el enfrentamiento entre ciencia y religión y con un personaje que pierde su fe religiosa. Luego, ella tendrá que ir a un pueblito a buscar explicaciones para una serie de fenómenos enlazados por la gente con el propio demonio. Como dice el refrán: pueblo pequeño, infierno grande. Allí, el diablo es enviado de Dios para castigar a quienes se olvidan de él, de Dios. ¿No les parece muy manoseado el tema? Lo otro es que el leviatán se apodera del cuerpo de una niña para cumplir su cruel faena. Es otro lugar común. Por esa ruta, al poblado tocan las plagas que llovieron injustamente sobre los egipcios, tal y como se describen en el Antiguo Testamento , donde hasta primogénitos inocentes fueron víctimas de la intromisión divina en la historia de un pueblo: ¡vaya crueldad que los creadores de los mitos les endosan generalmente a sus dioses! El problema de la película Prueba de fe es que, en sus cortos 96 minutos, no logra encender mayor suspenso, no logra prender credibilidad alguna y se agota, más bien, en sustotes, sustitos, sustillos y “sustonteras”: el efectismo como tabla de salvación ante las debilidades e incoherencias del guion y ante los estragos de efectos especiales sumamente rudimentarios. Seguramente por eso, la cinta prefiere los planos cerrados, como si fuera un telefilme, sin lucimiento visual. ¿Aún así se puede disfrutar de esta película? Es posible, lo que demuestra, por enésima vez, que “el me gusta” ante una película nada tiene que ver con la calidad de esta. He aquí una mala película que sirve para pasar el rato.
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