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Miércoles 6 de septiembre, 2006 |
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Crítica de música: El placer de lo acústico Julliard: sinónimo del mejor jazzAlberto Zúñiga betofono65@gmail.com La Escuela de Música de Julliard, en Nueva York, sorprende porque siempre confirma su excelso nivel musical en materia de jazz. En cada uno de los conciertos que esta academia ha protagonizado en nuestro país, gracias al programa de Promising Artists del Centro Cultural Costarricense Norteamericano, la satisfacción de los amantes y conocedores del jazz ha sido plena y, en algunos casos, sobresaliente. No me atrevo a definir la más reciente sesión, ofrecida por jóvenes músicos de esta escuela en el Teatro Eugene O’Neill, en barrio Dent, la noche del jueves pasado, dentro de esos parámetros de “eclipsamiento” insólito, pero sí reconozco que ha sido uno de los conciertos más agradables y armoniosos que he escuchado en lo que va del año. Oasis. Aparte del talento inherente a la pasión mostrada por estos músicos, un detalle convirtió esta sesión en algo único, extraordinario y distinguido: no hubo amplificación eléctrica aplicada en algún instrumento; es decir, fue una sesión absolutamente acústica. Tenemos años de no saborear el jazz en esta textura. Fue un regalo a los oídos, un preciado obsequio a nuestros martillados espíritus, un oasis en el desenfreno tecnológico. -Fue, también, un instante de interioridad absoluta destrozado implacablemente por un grupo de inapropiadas adolescentes que más bien tendrían que haber estado en una presentación del grupo RBD y no en un concierto de jazz de la Escuela Julliard. ¿Puede haber algo peor que una manada de jóvenes adolescentes, saltando de un asiento al otro, prendiendo las pequeñas e insolentes pantallas azules de sus celulares, cuchicheando o elevando la voz para decir cualquier babosada en medio de un concierto jazzístico de suma calidad? Sí, claro. Que la manada se vuelva realidad. En fin, estos son los gajes del oficio. Volviendo al oasis, respirando profundo y olvidando a las adolescentes, que yo también lo fui aunque mejor ubicado en materia de conciertos, debo advertir que también me sorprendió no sentir la presencia del acento be-bop en el repertorio de la noche. La mayoría de los conciertos con la Julliard nos ha deparado exquisitos encuentros con el lenguaje frenético y acelerado del be- bop, pero en esta ocasión sentí un giro inusitado hacia cadencias más cercanas al jazz simple y melódico. Lo anterior no significa, pero ni por un segundo, que había jazz trivial. Todo lo contrario. Más cercano a las texturas del cool, el repertorio presentado sirvió además para admirar el excelente nivel mostrado por el joven trompetista Tatum Greenblatt y el pianista Drew Pierson. Del quinteto, ellos fueron los que más me conmovieron aunque, como grupo, el quinteto se mostró como una sólida amalgama que salió a defender la gran tradición de calidad a la que Julliard nos tiene acostumbrados. Como ya lo manifesté, este fue uno de los conciertos más agradables que he escuchado en el año, lo que afianza más aún el gran nivel adquirido por los espectáculos del Teatro Eugene O’Neill.
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