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Martes 24 de octubre, 2006 |
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Bailando alto y lejos de casa Hasta la fecha, casi una decena de jóvenes talentos del Conservatorio El Barco han tenido una experiencia en el extranjero con compañías de danza profesionalMaría Montero mmontero@nacion.com Los aviones no nos dejan mentir, porque el tráfico de bailarines ha sido aéreo. Desde Air Madrid hasta Air Túnez (que con toda seguridad se llama de otra forma), las aerolíneas que circulan por Europa y África habrán visto cómo últimamente crecía, dentro de su tripulación, la cantidad de bailarines ticos. Exagero un poco, pero lo cierto es que la danza local podría contener un nuevo producto de exportación. Hasta el momento, son ocho los bailarines costarricenses que han aprovechado oportunidades artísticas profesionales fuera de los escenarios locales, todos ellos provenientes del Conservatorio El Barco (del Taller Nacional de Danza), institución adscrita al Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes. El bailarín Diego Álvarez, de 23 años, hizo su debut internacional días atrás con la Compañía española Fernando Hurtado, en Málaga y Extremadura. Su aventura abarcó dos estrenos con la misma compañía en tan solo dos meses: desde julio hasta setiembre de este año. Además, casi sin proponérselo, participó en el estreno de una pieza en Alemania, con la Compañía de Sasha Waltz & Guests. Diego es parte de la primera promoción de bailarines-intérpretes graduados del Conservatorio, el año pasado, tras estudiar por tres años. “Allá descubrí que hablábamos entre profesionales”, explica, tras su paseo por Europa. “Lo que pasa es que en Europa, a diferencia de aquí, los bailarines tienen muchas facilidades y oportunidades. Sin embargo, en ningún momento me sentí aplastado: para nada. Más bien ellos se quedaban con cara de ¿de dónde salió éste?”. El próximo 30 de noviembre, Diego saldrá en vuelo directo hacia Berlín, donde lo está esperando la coreógrafa Sasha Waltz para sacarle de nuevo el jugo. Por ahora, el joven bailarín viajará con una invitación de seis meses. Epidemia.El caso de Diego no es un hecho aislado. Volando junto a él también están su hermano José Andrés, de 27 años, quien, junto a Mario Blanco (también de 27) y Allan Cascante (de 30) integran el grupo Las hijas de otro. El trío acaba de llegar de España, tras disfrutar de una Residencia Coreográfica en el Centro Coreográfico de Teatres de la Generalitát Valenciana. “Estuvimos seis semanas como compañía residente, creando y ensayando”, cuenta José Andrés, director del grupo. “Esto es parte de los premios del año pasado”, recuerda, “cuando Las hijas de otro se llevó el Primer Premio de Coreografía de la X edición del Festival Internacional de Danza Contemporánea, 10Masdanza, en Islas Canarias, con el trabajo 10 minutos después de yo”. “Lo más importante para nosotros fue darnos cuenta del potencial y la capacidad que tenemos para crear nuestros propios trabajos y no cerrarnos a la mentalidad del bailarín que solo sale al extranjero a buscar compañías y hacer audiciones”, reflexiona José Andrés. “Tenemos nuestras propias herramientas para promocionarnos. No necesariamente tenemos que esperar que nos contraten”. En la lista siguen Felipe Salazar, de 23 años, quien actualmente está en Barcelona (España) realizando trabajos coreográficos independientes con diferentes artistas. Liza Alpízar (de 22), por su parte, permanece en Alemania tras ganar la audición de la compañía de Sasha Waltz, con la que ya estrenó la pieza Dialogue06-Radiale Systeme. Natalia Montero, de 22, también ganó una audición: la del Centro Mediterráneo de la Danza, espacio Ness el Fen, en Túnez, África. Y la bailarina Milena Rodríguez, de 21, se fue a Austria, donde ganó la audición para adquirir el Grado Superior en Danza de la Academia Experimental de Danza de Salzburgo. El éxito que muchos de los intérpretes graduados de El Barco están alcanzando en el extranjero es tan reciente como la fundación de este proyecto, hace apenas cuatro años. “Esta proyección es fruto de un programa de estudios articulado de acuerdo con las últimas corrientes pedagógicas, en el sentido de que es interdisciplinario y abierto”, explica el bailarín y coreógrafo Jimmy Ortíz, director general y pedagógico de la institución. “Los bailarines-intérpretes aprenden de todo, desde canto hasta gimnasia, ballet, yoga y mimo. Abierto significa que está en constante revisión, de acuerdo con las características de los estudiantes”, agrega Ortiz. Aunque El Barco ha luchado por darle a sus alumnos la mejor formación –logro que parece alcanzado–, la institución no cuenta con el reconocimiento académico suficiente. Entonces, ¿gradúa El Barco bailarines profesionales? “Claro que sí”, dice Ortiz. “ No es un problema no tener título de bailarín aunque sería muy bueno tener el apoyo del Ministerio de Cultura para lograr la equiparación de estudios con alguna universidad”. Hasta ahora, una parte significativa de este entrenamiento profesional ha sido posible gracias a su programa Contacto Internacional, que cuenta con apoyo de las embajadas de Francia, Alemania y España que, según describe Ortiz, ha sido vital e incondicional.
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